Para el logro de una concepción abarcadora y más explicativa del proceso mundial vamos a colocar como punto de inicio el siglo XVI, y colocar sobre su verdadero rumbo, a partir de ese momento, el proceso de la globalización. Plantearlo de este modo, además de ser más fiel a la historia, permite estudiarlo como dominación imperial. Definirla de este modo nos aclara que no es una novedad de la segunda mitad del siglo XX sino el comienzo de la conquista global por parte de la Europa moderna. Las diversas formas de conquista y sometimiento posteriores no han sido sino variaciones sobre un mismo tema.
Propongo que retrocedamos un poco más de unos 150 años para leer una obra de repercusión internacional que sigue siendo digna de tenerse presente. Me refiero al Manifiesto del Partido Comunista de 1848, escrito por Carlos Marx (1818-1883) y Federico Engels (1820-1895). Respecto del tema que estamos tratando dice, con palabras que parecen escritas ayer:
La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra. A su vez, estos, progresos redundaron considerablemente en provecho de la industria, y en la misma proporción… se desarrollaba la burguesía, crecían sus capitales, iba desplazando y esfumando a todas las viejas clases… La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, por lo tanto todo el sistema de la producción, y con él todo el régimen social. La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta u otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones… La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita.
El Doctor Immanuel Wallerstein, profesor de la Universidad de Binghamton (EEUU), había planteado, en una entrevista que le realizó Le Monde Diplomatique en octubre de 2008, una tesis similar. Ante la pregunta de por qué podía afirmar con tanta seguridad un final no lejano para el capitalismo, contestó:
El capitalismo es omnívoro, capta el beneficio donde es más importante en un momento dado; no se contenta con pequeños beneficios marginales; al contrario, los maximiza constituyendo monopolios –ha probado de hacerlo últimamente una vez más en las biotecnologías y en las tecnologías de la información. Pero pienso que las posibilidades de acumulación real del sistema han llegado a su límite.
De aquí podemos afirmar que el capitalismo nació expansivo y voraz por sus propias características y por el interés de su clase dominante: la burguesía europea. A esa naturaleza omnívora le corresponde un final de ciclo cuando llegue a agotar las fuerzas que lo impulsan. Veamos otra coincidencia entre estos dos grandes investigadores, ambos pronostican el final del capitalismo. Escribe Marx en el Manifiesto:
Y así, al desarrollarse la gran industria, la burguesía ve tambalearse bajo sus pies las bases sobre las que produce y se apropia lo producido. Y a la par que avanza, se cava su fosa y cría a sus propios enterradores. Su muerte y el triunfo del proletariado son igualmente inevitables. Ya el propio desarrollo de la burguesía, el librecambio, el mercado mundial, la uniformidad reinante en la producción industrial, con las condiciones de vida que engendra, se encargan de borrar más y más las diferencias y antagonismos nacionales. El triunfo del proletariado acabará por hacerlos desaparecer.
En este mismo sentido, sin ser marxista pero respetando el pensamiento del gran teórico alemán, el Doctor Wallerstein, partiendo de un análisis minucioso del proceso histórico, y su posterior desarrollo, le permite pronosticar los posibles finales y sus consecuencias:
No es previsible que este sistema sobreviva al cabo del próximo medio siglo XXI. Aun el fin de la URSS, visto como un triunfo del liberalismo, es síntoma de caída de un sistema geo-cultural. Sí hay algo nuevo en esta «globalización” es la agudización del problema fundamental del capitalismo, cuyas contradicciones, como todo sistema histórico, lo empujan en direcciones imposibles de continuar. Y hay tres problemas en la acumulación del capital de larga duración: los costos del trabajo, el problema de los insumos y enfrentar los impuestos. Desde hace cuatro siglos el costo de producción sube, bajan los salarios, se flexibilizan, pero la curva histórica es contundente. Todo ello afecta la renta del capital.
Para agregar más información que sostiene esa tesis, agrega:
El capitalismo, desde su nacimiento en la segunda mitad del Siglo XVI, se alimenta de la diferencia de riqueza entre un centro, en el que convergen los beneficios, y periferias cada vez más empobrecidas. Al respecto, la recuperación económica de Asia del Este, de India, de América Latina, constituye un desafío insalvable para la “economía-mundo” creada por Occidente, que ya no llega a controlar. El breve período neoliberal que está terminando a fines de los años noventa sólo ha invertido de modo provisorio la tendencia. De hecho, el último período de acumulación real – los “gloriosos treinta”- sólo fue posible porque los Estados keynesianos pusieron sus fuerzas al servicio del capital. ¡Pero en este caso también se llegó al límite!
Es de destacar la claridad con la cual el Doctor Wallerstein llega a la conclusión de que la globalización es un largo proceso que está llegando a su fin. Esto no significa que ese final esté cerca, pero, según sus investigaciones, los síntomas del agotamiento del sistema, más las variables que entran en crisis, permite avizorar un final previsible. Posiblemente para el lector no acostumbrado a este tipo de análisis histórico-estructural esto le pueda parecer inaceptable o, por lo menos, difícil de comprender. Es que los economistas nos tienen acostumbrados a pronósticos que no se cumplen. No debe olvidarse que no poco de ellos son mercenarios al servicio de las multinacionales, son agoreros de las crisis que benefician a los poderosos.
Continúa argumentando sobre las características del derrumbe, o de su posible transición a un nuevo sistema:
Una transición es por definición incierta, caótica. Ahora bien, creo que los poderosos del mundo no permitirán que la situación se agrave sin esforzarse por cambiarla en una dirección que les permita confluir en un nuevo sistema que preserve lo esencial: la jerarquía diferenciada entre unas clases y otras. Esa jerarquía no deriva necesaria y únicamente de un sistema capitalista, lo muestra la historia. Ese reacomodamiento lo está buscando el Foro de Davos, el FMI, la Organización Mundial de Comercio, son las fuerzas de la contraofensiva capitalista. En el caos aumenta el margen de acción pero es incierto. Debe avanzar en la construcción de un mundo diferente, que debe ser igualitario y democrático. Y en forma descentralizada construir un programa más sólido y equitativo. La historia no está de parte de nadie, se va construyendo, y no serán aguas calmas las que vengan. Nosotros somos más fuertes de lo que ellos piensan, pero todavía somos menos fuertes de lo que necesitamos.
Es un buen análisis que abona la esperanza en un mundo mejor, aunque no promete que vaya a ser sencillo. Puede convertirse en un buen modo de pensar el futuro, que si bien no garantiza que será mejor tampoco afirma que será peor. Depende de todos nosotros.
