Algunas reflexiones finales. A lo largo del texto he mostrado diversos modos del pensar, centrándome en la dicotomía entre una ciencia social: la economía y una concepción humanista del hombre y el mundo. Para este modo último apelé al pensamiento del papa Francisco a través de sus discursos. Lo que propondré ahora es la lectura de algunos pocos párrafos de su última encíclica − la palabra proviene del latín Encyclia y del griego ekkyklios que significa «envolver en círculo». La encíclica fue originariamente una carta circular enviada a todas las iglesias de una zona en la antigua iglesia cristiana. Ahora la palabra es utilizada para referirse a una carta enviada por cualquier obispo a sus fieles −. Ésta lleva por título «Laudato si’, mi’ Signore» («Alabado seas, mi Señor») en la cual reflexiona sobre la situación ambiental, ecológica y social.
Su lectura no debe desentenderse de la amplitud de los temas tratados y de sus repercusiones en el mundo actual, en el cual parece que se ha dejado de lado la revisión de los temas estructurales. Ruego al lector poco acostumbrado al lenguaje eclesial saber superar el prejuicio que le puede presentar, y centrarse en el contenido político y cultural que el texto trasmite. En él parte de la unidad indisoluble entre dimensiones de la existencia: la cósmica, la naturaleza y la vida; dentro de ella, y de manera profunda, la humana. Es un llamado al reconocimiento de los errores cometidos y una propuesta para encontrar formas de interacción orientadas al bien común. Por lo tanto a un cambio del modelo de desarrollo global.
El cambio ambiental exige el cambio personal:
«Toda pretensión de cuidar y mejorar el mundo supone cambios profundos en «los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad… El auténtico desarrollo humano posee un carácter moral y supone el pleno respeto a la persona humana, pero también debe prestar atención al mundo natural y «tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un sistema ordenado». Por lo tanto, la capacidad de transformar la realidad que tiene el ser humano debe desarrollarse sobre la base de la donación originaria de las cosas por parte de Dios… Esta convicción no puede ser despreciada como un romanticismo irracional, porque tiene consecuencias en las opciones que determinan nuestro comportamiento. Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos.
El cuidado de los ecosistemas supone una mirada que vaya más allá de lo inmediato, porque cuando sólo se busca un rédito económico rápido y fácil, a nadie le interesa realmente su preservación. Pero el costo de los daños que se ocasionan por el descuido egoísta es muchísimo más alto que el beneficio económico que se pueda obtener… El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos, y no podremos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si no prestamos atención a causas que tienen que ver con la degradación humana y social… Pero hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres».
