Agrego, para terminar esta serie de notas, algunos párrafos más que creo aportan a una comprensión más abarcadora y profunda. Quiero reiterar acá − para aquellos lectores que se sientan sorprendidos, o molestos o asombrados, por estas citas − que la palabra de Francisco ha desbordado el marco eclesial para convertirse en una voz que clama ante los poderosos en defensa de los excluidos. Por tal razón y para ofrecer una opinión sorprendente al respecto, insospechable de docilidad por su trayectoria, es la del escritor, ensayista y filósofo español, licenciado en Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, Santiago Alba Rico (1960). Su larga militancia marxista, su palabra de pensador crítico, tenaz, implacable sobre todo con las izquierdas, a las que acusa de haber bajado sus banderas, nos ofrece su opinión en la afirmación siguiente:
«El papa Francisco, ofrece un discurso bastante más radical y revolucionario que el de muchos marxistas que han perdido el contacto con la realidad».
Por ello propongo una especie de desprejuiciamiento, de desarme de nuestras prevenciones, para disponernos a una actitud receptiva, que no tiene que abandonar la crítica, pero que debe abrirse a una comprensión amplia.
La perversión de la libertad sin límites
«Su libertad se enferma cuando se entrega a las fuerzas ciegas del inconsciente, de las necesidades inmediatas, del egoísmo, de la violencia. En ese sentido, está desnudo y expuesto frente a su propio poder, que sigue creciendo, sin tener los elementos para controlarlo. Puede disponer de mecanismos superficiales, pero podemos sostener que le falta una ética sólida, una cultura y una espiritualidad que realmente lo limiten y lo contengan en una lúcida abnegación».
Economía y política
«El paradigma tecnocrático también tiende a ejercer su dominio sobre la economía y la política. La economía asume todo desarrollo tecnológico en función del rédito, sin prestar atención a eventuales consecuencias negativas para el ser humano… La política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. Hoy, pensando en el bien común, necesitamos imperiosamente que la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana.
El principio de maximización de la ganancia, que tiende a aislarse de toda otra consideración, es una distorsión conceptual de la economía: si aumenta la producción, interesa poco que se produzca a costa de los recursos futuros o de la salud del ambiente; si la tala de un bosque aumenta la producción, nadie mide en ese cálculo la pérdida que implica desertificar un territorio, dañar la biodiversidad o aumentar la contaminación. Es decir, las empresas obtienen ganancias calculando y pagando una parte ínfima de los costos.
Quisiera advertir que no suele haber conciencia clara de los problemas que afectan particularmente a los excluidos. Ellos son la mayor parte del planeta, miles de millones de personas. Hoy están presentes en los debates políticos y económicos internacionales, pero frecuentemente parece que sus problemas se plantean como un apéndice, como una cuestión que se añade casi por obligación o de manera periférica, si es que no se los considera un mero daño colateral».
La persona sin rumbo frente al panorama social
«La situación actual del mundo provoca una sensación de inestabilidad e inseguridad que a su vez favorece formas de egoísmo colectivo. Cuando las personas se vuelven autorreferenciales y se aíslan en su propia conciencia, acrecientan su voracidad. Mientras más vacío está el corazón de la persona, más necesita objetos para comprar, poseer y consumir. En este contexto, no parece posible que alguien acepte que la realidad le marque límites. Tampoco existe en ese horizonte un verdadero bien común. Si tal tipo de sujeto es el que tiende a predominar en una sociedad, las normas sólo serán respetadas en la medida en que no contradigan las propias necesidades. Por eso, no pensemos sólo en la posibilidad de terribles fenómenos climáticos o en grandes desastres naturales, sino también en catástrofes derivadas de crisis sociales, porque la obsesión por un estilo de vida consumista, sobre todo cuando sólo unos pocos puedan sostenerlo, sólo podrá provocar violencia y destrucción recíproca».
