La negación de todo ello permite, sostenido por un “análisis científico”, elaborado dentro del juego alquímico del laboratorio, llegar a conclusiones pretendidamente asépticas, que sentencian cómo debe ser el mundo económico. Allí se debe buscarse la raíz de lo que luego aparece como afirmaciones que se convierten en dogmas científicos incuestionables: la primacía del mercado como el ámbito privilegiado para la toma de decisiones. En esta sentencia académica ya está dicho cuál es el objeto fundamental de la ciencia económica: la absoluta libertad para el juego especulativo del mundo de los valores económicos. Otro modo de decirlo es: privilegia la libertad de los sujetos concurrentes al mercado para obtener el máximo de sus apetencias, las que en el mercado capitalista se traducen en el mayor lucro posible.
Esta definición tan esterilizada encubre que ese mecanismo funciona en detrimento de los valores humanos: la persona, en tanto tal, portadora de la mayor dignidad, respeto y atención. Ésta, por definición es ética y dogmática, razón por la cual queda fuera del mercado. Por lo tanto la ciencia económica no se ocupa de ella. Francisco, con toda claridad y compromiso, se coloca al margen del mercado y observa las terribles consecuencias de lo que aparece expuesto como un simple mecanismo técnico:
Es intolerable que todavía miles de personas mueran cada día de hambre, a pesar de las grandes cantidades de alimentos disponibles y, a menudo, simplemente desperdiciados. Del mismo modo, no pueden dejar de impresionarnos los innumerables refugiados que buscando condiciones de vida con un mínimo de dignidad, no sólo no consiguen encontrar hospitalidad, sino que a menudo mueren trágicamente mientras se desplazan de un lugar a otro.
Hemos hablado antes de externalidades, como aquello que la ciencia económica no se propone específicamente como objetivo, pero que, sin embargo, aparece como resultado directo de sus acciones. Eso es, precisamente, lo que está denunciando el papa Francisco.
Es muy importante leer a alguien que se rebela ante tanta dogmática ortodoxa. Ésta coloca ante los ojos del investigador unos lentes que colorean la realidad de modo tal que aparece como un mundo de imperfecciones. Sólo corregibles con la terapéutica que receta esa ortodoxia. A finales de los ’70 Margaret Thatcher (1925-2013), ya citada, accedió como Primera Ministra del Reino Unido. Tuvo la terrible virtud de haber acuñado una expresión que impedía el debate: «No hay alternativa» (en inglés se la conoció por su acrónimo TINA). El neoliberalismo difundió este dogma desde los ’80 y todavía hoy es la doctrina económica que se enseña en gran parte de las universidades de Occidente.
Salta de inmediato una pregunta ingenua, pero que se las trae: ¿Por qué la mayor parte de las facultades de economía, de las principales universidades de Occidente, forman a sus alumnos dentro de esos rígidos cánones? ¿Por qué las duras experiencias de altos costos sociales que han resultado de la aplicación de esos programas no alcanzan para repensar este problema? Dice el Profesor de Crecimiento Económico de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, Andrés Asiain:
El fracaso de las políticas económicas ortodoxas en nuestro país y el mundo no parece haber hecho mella en la continuidad de su enseñanza en las universidades. El hecho de que esas doctrinas no hayan podido prevenir el estallido de crisis, como la del año 2001 y 2002 en nuestro país, o la que estalló en 2008 en EE UU, cuya onda expansiva continúa hoy en la zona euro, son una clara evidencia de que las corrientes dominantes de la ciencia económica de las últimas décadas han fracasado. Sin embargo, en el plano académico el dominio ortodoxo continúa siendo arrollador. (subrayados RVL)
Supongamos, por ejemplo, un físico y/o un químico de prestigio académico, profesor de las mejores universidades, cuyas tesis ofrecidas en sus clases obtuvieran rotundos fracasos en las pruebas experimentales y que, a pesar de ello, continuara afirmando la validez de sus teorías: ¿cuánto duraría como profesor? Entonces: ¿qué diferencia la teoría de esas ciencias, que exigen la verificación empírica, de las teorías de la ciencia económica para las cuales la realidad empírica no interesa?
