Ricardo Vicente López -15-4-15
Vamos a seguir analizando el importante discurso del General Dwight D. Eisenhower (1961) por las sorprendentes afirmaciones y definiciones políticas que hizo públicas. Debemos tener presente que parecen contener algo que se podría pensar como consejos o advertencias, según se lo interprete. También es necesario subrayar que el presidente que lo sucedía, John F. Kennedy, era un joven político demócrata de 43 años, perteneciente a una familia tradicional adinerada y de poca experiencia en los temas militares. El asesinato posterior, a dos meses y medio de haber asumido, se presenta como el cumplimiento de una profecía. Ello les otorga un valor innegable a las palabras del discurso:
Similar, y en gran medida responsable por los profundos cambios de nuestra situación industrial y militar, ha sido la revolución tecnológica durante las décadas recientes. En esta revolución, la investigación ha tenido un papel central; también se vuelve más formalizada, compleja, y cara. Una proporción creciente de la misma se lleva a cabo bajo la dirección, o para los fines, del Gobierno Federal… De la misma manera, la universidad libre, la fuente histórica de las ideas libres y del descubrimiento científico, ha experimentado una revolución en la manera de llevar a cabo la investigación. En parte por las enormes cantidades que conlleva, un contrato con el gobierno se vuelve virtualmente el sustituto de la curiosidad intelectual… La perspectiva de que los académicos de la Nación puedan llegar a estar dominados por el Gobierno federal, por la concesión de proyectos y por el poder del dinero, está más que nunca ante nosotros, y es un riesgo que debe considerarse muy seriamente… debemos estar alerta ante el peligro contrario e igualmente serio de que la política que ha de velar por el interés público se vuelva cautiva de una élite científico-tecnológica.
Prestemos atención a la afirmación siguiente que sorprende por el momento en que fue lanzada. En esa época la cuestión ecológica no figuraba en ninguna agenda política:
Al atisbar el futuro de nuestra sociedad, debemos — vosotros y yo, y nuestro gobierno– evitar la tendencia a vivir únicamente para el día de hoy, saqueando por comodidad y facilidad los preciados recursos del mañana. No podemos hipotecar los bienes materiales de nuestros nietos sin arriesgarnos a que se pierda además la herencia política y espiritual que les dejamos. Queremos que la democracia sobreviva para todas las generaciones por venir, no que se transforme en el fantasma insolvente del mañana.
Se puede sospechar, sobre todo ante las consecuencias posteriores del desarrollo de la política de los gobiernos sucesivos, de la honestidad de ciertos modos de plantear algunos temas. Se puede, tal vez, suponer cierta ingenuidad en la expresión de sus deseos. Lo que tenemos ante nosotros son sus palabras y las interpretaciones corren por cuenta de quienes las leen. Yo me hago cargo de mi inocencia:
Por el largo camino de la historia que aún se ha de escribir, Norteamérica sabe que este mundo nuestro, que cada vez se vuelve más pequeño, debe evitar convertirse en una comunidad de horribles temores y odio, y ser, en cambio, una orgullosa alianza de confianza y respeto mutuo. Una alianza tal ha de ser entre iguales. Los más débiles deben venir a la mesa de conferencias con la misma confianza que nosotros, protegidos como estamos por nuestra fuerza moral, económica, y militar. Esa mesa, aunque marcada por las cicatrices de muchas frustraciones pasadas, no puede abandonarse en favor de la agonía segura del campo de batalla.
Un aspecto insoslayable que debe considerarse, como marco político internacional, es la conciencia de que la aparición de las armas nucleares tornaba prácticamente imposible una Tercera Guerra Mundial. Debemos recordar las palabras de entonces de Albert Einstein: «No sé cómo será la Tercera Guerra Mundial, sólo sé que la Cuarta será con piedras y lanzas», con las que expresaba las terribles consecuencias de una guerra con armas nucleares. Dentro de ese marco cultural y político dijo:
El desarme, con honor y confianza mutuos, sigue siendo un imperativo. Juntos debemos aprender cómo solucionar nuestras diferencias no con las armas sino con el intelecto y las intenciones decentes. Precisamente porque esta necesidad es tan vital y evidente, confieso que abandono mis responsabilidades oficiales en este campo con un claro sentimiento de decepción. Como alguien que ha sido testigo del horror y la tristeza que deja la guerra — como alguien que sabe que otra guerra podría destruir totalmente esta civilización que se ha construido tan lentamente y con tantos sacrificios a lo largo de miles de años — desearía poder decir esta noche que hay una paz duradera a la vista.
Y se despidió con estas últimas palabras como presidente de los Estados Unidos:
Felizmente, puedo decir que se ha evitado la guerra. Se ha llevado a cabo un progreso continuado hacia nuestra meta última. Pero queda tanto por hacer. En tanto que ciudadano particular, nunca dejaré de hacer lo poco que pueda para ayudar al mundo a avanzar por ese camino.
