Ricardo Vicente López – 8-4-15
El final de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), mostró un panorama inesperado por el resultado de ella: el triunfo de los aliados (Gran Bretaña, Francia, Rusia, entre los principales, se agregó en 1917 los EEUU) y la gran derrotada fue Alemania. La novedad de ese cuadro político-militar fue la nueva presencia de un país muy grande con vertido al socialismo: Rusia. Esta situación fue, para muchos investigadores, una de las causas de la prolongación del conflicto en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Ésta terminó con el triunfo de los aliados (Gran Bretaña, Francia, EEUU y la URSS). Lo inaceptable para el mundo occidental era la existencia de la URSS fortalecida (el peligro rojo) lo cual dio lugar a un largo período que se denominó la Guerra Fría. Wikipedia dice sobre ella:
La Guerra Fría fue un enfrentamiento político, económico, social, militar, informativo e incluso deportivo iniciado al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuyo origen se suele situar en 1947, a partir de las tensiones con la Unión Soviética en la posguerra, que se prolongaron hasta la caída del Muro de Berlín y la posterior disolución de este país.
El General estadounidense Dwight D. Eisenhower (1890-1969), victorioso comandante supremo de las fuerzas aliadas, fue elegido presidente de los Estados Unidos (1953-1961). Lo significativo para nuestra investigación es lo siguiente: fue un hombre de derecha, miembro del Partido Republicano y en condición de tal accedió a la presidencia. Al terminar su segundo periodo, en el acto de entrega del mando al nuevo presidente John Kennedy (1917-1963), pronunció un discurso que quedó en el recuerdo por su definición de una nueva estructura del poder que se había desarrollado en los Estados Unidos de posguerra. Este nuevo poder estaba en manos del Complejo militar-industrial –expresión que él acuñó−. Leamos algunas de sus palabras:
Hasta el último de nuestros conflictos mundiales, los Estados Unidos no tenían industria armamentística. Los fabricantes norteamericanos de arados podían, con tiempo y según necesidad, fabricar también espadas. Pero ahora ya no nos podemos arriesgar a una improvisación de emergencia de la defensa nacional; nos hemos visto obligados a crear una industria de armamentos permanente, de grandes proporciones. Añadido a esto, tres millones y medio de hombres y mujeres están directamente implicados en el sistema de defensa. Gastamos anualmente en seguridad militar más que los ingresos netos de todas las empresas de Estados Unidos.
Esta conjunción de un inmenso sistema militar y una gran industria armamentística es algo nuevo para la experiencia norteamericana. Su influencia total (económica, política, incluso espiritual) es palpable en cada ciudad, cada parlamento estatal, cada departamento del gobierno federal. Reconocemos la necesidad imperativa de esta nueva evolución de las cosas. Pero debemos estar bien seguros de que comprendemos sus graves consecuencias. Nuestros esfuerzos, nuestros recursos y nuestros trabajos están implicados en ella; también la estructura misma de nuestra sociedad. En los consejos de gobierno, debemos estar alerta contra el desarrollo de influencias indebidas, sean buscadas o no, del complejo militar-industrial. Existe y existirán circunstancias que harán posible que surjan poderes en lugares indebidos, con efectos desastrosos. Nunca debemos permitir que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestras libertades ni nuestros procesos democráticos.
En la reunión en EEUU de la Conferencia Nacional sobre la Reforma de los Medios (NCMR), (2008) encuentros en los que se debate el tema de los medios y sus dificultades para expresarse con libertad, se realizó una encuesta entre los miles de participantes para estudiar las ideas que imperaban. Una de las preguntas de esa encuesta se refería sobre si creían en la existencia de un complejo militar-industrial-mediático que promueve la dominación militar mundial de EEUU: recibió una aprobación del 87%. Los participantes coincidieron sobre el crecimiento del poderoso grupo de dominación global que existe dentro del gobierno de EEUU, de los medios y en la estructura política nacional: un grupo neo-conservador de unos pocos cientos de miembros que comparten la meta de afirmar la potencia militar estadounidense en todo el mundo. Este Grupo Global de Dominación, se ha convertido en una poderosa fuerza a largo plazo en unilateralismo militar y procesos políticos de EEUU, en cooperación con los grandes contratistas militares, los medios corporativos y las fundaciones conservadoras.
El sociólogo estadounidense Charles Wright Mills (1916-1962), en su libro “La elite del poder”, documentó en 1956 cómo la Segunda Guerra Mundial solidificó una trinidad de poder en EEUU, en que las corporaciones, el aparato militar y el gobierno integraban una estructura centralizada que trabaja al unísono a través de los “más altos círculos” de contacto y decisiones. Este poder creció con la Guerra Fría y, después del 11 de septiembre, con la Guerra Global al Terrorismo.
Las conclusiones de la Conferencia Nacional sobre la Reforma de los Medios definieron:
La agenda de dominación global también incluye la penetración en los Directorios de los grandes medios corporativos en EEUU. En 2006 solamente 118 personas tenían la calidad de miembro de las juntas directivas de los diez megagrupos del “big media”. Estos mismos 118 individuos se sentaban al mismo tiempo en los Consejos Directivos de 288 corporaciones nacionales y transnacionales. Cuatro de las diez mayores corporaciones de medios tienen en sus juntas directivas a representantes de las mayores compañías contratistas del ministerio de Defensa: William Kennard: New York Times, Carlyle Group.- Douglas Warner III, GE (NBC), Bechtel.- John Bryson: Disney (ABC), Boeing.- Alwyn Lewis: Disney (ABC), Halliburton.- Douglas McCorkindale: Gannett, Lockheed-Martin.
