Ricardo Vicente López – 25-3-15
Los puritanos que llegaron en el siglo XVII a tierras de América del Norte eran parte de una secta disidente de la Iglesia anglicana, que adoptaba formas de la moral más radicales que la de los calvinistas. El dogma central del puritanismo era la autoridad suprema de Dios interviniendo sobre los asuntos de la Tierra. Esa autoridad se expresaba en dos dogmas: el de la Predestinación y en el de la Doctrina de los Elegidos, enseñados por el teólogo francés Jean Calvino (1509-1564): sostenía que «desde el principio de la Creación Dios había predeterminado el destino de todos los humanos disponiendo quién se salvaría y quién sería condenado»; los primeros eran los elegidos.
Se embarcaron en 1620 en el buque Mayflower (Flor de mayo) que transportó a 102 pasajeros, los llamados Peregrinos, desde Inglaterra hasta tierras que serían luego los Estados Unidos de América. Sostenidos por una sólida fe ciega e inconmovible vivieron sosteniendo una gran rigidez moral. Esa convicción, fundada en el convencimiento de que ellos estaban elegidos por Dios y habían sido enviados a las tierras de América para construir una Nueva Jerusalén. Esa nueva ciudad celeste sería el centro de la purificación de la tierra y la construcción de un mundo santo.
Sobre la base de esa creencia los colonos se fueron convenciendo de que su destino era expandirse hacia el Oeste hasta alcanzar el Pacífico. Hollywood narró esa epopeya en muchísimas películas bajo el concepto de la Conquista del Oeste en las que se justificaban las matanzas de los blancos buenos a los indígenas malos. Se fue construyendo paralelamente una ideología justificatoria con graves consecuencias históricas. Entrado el siglo XIX se formuló la Doctrina del Destino manifiesto, que expresaba los fundamentos ideológicos de la misión que los Estados Unidos de América se habían asignado. La expansión desde las costas del Atlántico hasta las del Pacífico. Esta doctrina justificaba la conquista territorial definiendo la expansión: no sólo por buena sino también que estaba destinada (por una fuerza desconocida que obra sobre los hombres y los sucesos), y era manifiesta (descubierta, clara y patente); se sintetizó en la Doctrina Monroe: «América para los americanos».
El tema de esta columna tiene como base el estudio de Max Weber (1864-1920), filósofo, economista, historiador, politólogo y sociólogo alemán, que publicó La ética protestante y el «espíritu» del capitalismo (1905). Este libro es un estudio de la significación del modo de vida protestante para la cultura y en especial de cómo influyó en la constitución del espíritu capitalista. Esto facilita la comprensión de un tema nada sencillo.
El historiador estadounidense Frederick Merk (1887-1977), profesor de la Universidad de Harvard confirmó en sus investigaciones que el concepto Destino manifiesto había nacido de la tradición puritana:
Un sentido de la misión de redimir al Viejo Mundo con un alto ejemplo que desarrolla las potencialidades de una nueva tierra para la construcción de un nuevo cielo.
El origen del concepto Destino Manifiesto, que señala el profesor, se encuentra sustentado en la tesis de un ministro puritano de nombre John Cotton (1585-1652), quien escribió en 1630:
Ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas, a menos que los nativos obraran injustamente con ella. En este caso tendrán derecho a entablar, legalmente, una guerra con ellos así como a someterlos.
Basado en las palabras del Reverendo Cotton el periodista estadounidense John L. O’Sullivan (1813-1895) intervino en el debate sobre la apropiación territorial afirmando que es necesaria en cumplimiento del Destino manifiesto. Fue publicado en la revista Democratic Review de Nueva York, en julio de 1845, en el cual sostenía:
Todo el continente nos ha sido asignado por la Divina Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino. No es una opción para los norteamericanos, sino un destino al que éstos no pueden renunciar porque estarían rechazando la voluntad de Dios. Los norteamericanos tienen una misión que cumplir: extender la libertad y la democracia, y ayudar a las razas inferiores… La nación americana ha recibido de la Providencia divina el destino manifiesto de apoderarse de todo el continente americano a fin de iniciar y desarrollar la libertad y la democracia. Luego, debe llevar la luz del progreso al resto del mundo y garantizar su liderazgo, dado que es la única nación libre en la Tierra.
En cumplimiento de ese designio invaden Florida en 1818 y compran de ese territorio a España. Extienden la expansión por todo el Oeste, desde el Río Bravo hasta Canadá. Ocupan Hawái, intentan invadir Cuba en 1841 y aplican, desde 1823, la expuesta Doctrina Monroe, por medio de la cual «ningún territorio del continente americano podía ser ocupado por potencias europeas», aunque en la práctica no se aplicaba a las colonias francesas, inglesas, holandesas o danesas existentes.
