23 – Los medios de comunicación – Historia de la Sociedad Interamericana de Prensa III

Ricardo Vicente López – 8-7-15

Cierro esta serie de columnas, en las que hemos analizado a la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) denunciando sus conductas perversas, persecutorias de la prensa libre, defensora de los negocios de los magnates −dueños de los medios que la integran− y difamadoras y desestabilizadoras de gobiernos democráticos, que expresa una correcta caracterización de ella. Esta sociedad debería modificar su sigla por Sociedad Estadounidense de Prensa (SEP), dado que registra como sede legal la ciudad de Dover, condado de Kent (Delaware – EEUU), como veremos más adelante.
Voy a reproducir algunos párrafos de la extensa nota que escribiera José Steinsleger- Periodista argentino residente en México, columnista de La Jornada de México. Es importante señalar que La Jornada es uno de los principales periódicos mexicanos de circulación nacional, publicado diariamente en la Ciudad de México. Desde su aparición, su página web se aloja; mediante contrato comercial, en la Universidad Nacional Autónoma de México. Esto está resaltando el aval que le otorga una de las más  importantes  universidades de América a esta publicación.

SIP – Mordaza de libre presión

Si la   Sociedad Interamericana  de Prensa (SIP) fuese una entidad realmente comprometida con la libertad, la independencia y la democracia, el edificio que en Miami alberga su sede debería llamarse  Gregorio Selser (1922-1991) en lugar de Jules Dubois, aquel sórdido oficial de la CIA que diseñó sus principios y doctrina, que ya hemos presentado en esta columna.

Selser y Dubois. Dos modos de entender el periodismo  y la información. Selser, rasgando los velos del poder, Dubois legitimando sus  infundios. Selser, al servicio de los pueblos, Dubois, al servicio del imperio. Con Selser, el periodismo honesto descubrió cómo se fabrican las noticias. Con Dubois, el periodismo canalla aprendió a encubrir la verdad a través de la  mentira. De la Cuba del tirano Fulgencio Batista (donde en 1943 nació la SIP) a nuestros días, no hubo déspota, golpe de Estado o  intervención militar de Estados Unidos que no recibiera apoyo de la SIP. Sesentaitres años de ignominia que los muros de América Latina supieron resumir una y otra vez: «Nos mean, y la prensa dice que llueve».
Destinada por estatutos a:

Servir  por igual a sus afiliados del norte, centro y sud de América, la SIP sólo adopta resoluciones atinentes a la preservación de la «libertad de prensa» al sur del río Bravo y en las Antillas. Sus declaraciones sintonizan con el Departamento de Estado, la OEA y el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca  (TIAR), y su «independencia» consiste en difamar cualquier esfuerzo grande o pequeño de nuestros pueblos cuando tratan de darse instituciones participativas, o surgen situaciones que cuestionan cualquier empresa adscripta  a su órbita.

Los magnates de la SIP compran, venden, difunden, editan, transmiten o publican la «información» según convenga a las «leyes del  mercado» y sus intereses de casta y clase. No obstante, en su Breve  historia de la SIP, Gregorio Selser registra las excepciones de rigor, tales como las del escritor y periodista venezolano Miguel Otero Silva, propietario de El Nacional de Caracas. En la reunión de Montevideo (1951), Otero  Silva observó que los estatutos de la SIP, aprobados un año antes en la Asamblea de Nueva York, violaban

«Sus normas más fundamentales y dándole el carácter que ahora tiene: una entidad exclusivamente  patronal de intercambio comercial, estrictamente controlada por los vendedores de papel, las agencias noticiosas y los buscadores de avisos que residen en Estados Unidos. Nada más inoportuno en ese ambiente que un periodista».

Selser recuerda que si bien Otero Silva se declaraba antiperonista y contrario a las medidas que el  gobierno argentino  había adoptado tras el cierre del diario La Prensa, se indignó por la conducta de sus colegas de la SIP, reacios a debatir con los delegados de Perón. El venezolano observó:

«La actitud de la mayoría de la Asamblea, rechazándolos sin oírlos, violando nuevamente los  estatutos para no reconocer sus credenciales, esquivando cobardemente la polémica con quienes no tenían razón, les sirvió para aparecer frente a muchos con una razón que no tenían… mientras se le dedicaba 80 o 90 por ciento de su contenido a relatar minuciosamente los atropellos cometidos por Perón contra la libertad de expresión, se tendía un piadoso y cómplice manto sobre las  dictaduras latinoamericanas».

En el informe que Otero Silva calificó de  «tendencioso», aparece el tirano Somoza:

«Como un ángel tutelar de la libertad de pensamiento; allí se ponen como arquetipos de la  democracia al chileno González Videla y a los dictadores bolivianos y, al  llegar a Santo Domingo, el informe emplea el monstruoso eufemismo siguiente: “Las condiciones no son propicias para la libertad de expresión”… Daba vergüenza ver en aquella asamblea de Montevideo a los esbirros intelectuales de  Rafael Leónidas Trujillo bramando en la tribuna para decir que Perón era un  tirano y que en su país, en cambio, se disfrutaba de una absoluta libertad de  pensar».

Otra actitud de gallardía empresarial, recogida  por Selser, es la renuncia presentada a la entidad en 1958 por uno de los ex  presidentes de la SIP, el mexicano Miguel Lanz Duret (1909-59), director de El Universal, cuando supo que la SIP había solicitado su inscripción como corporación, dando como sede la ciudad de Dover, condado de Kent (Delaware). Lanz Duret alegó que:

«La SIP iría a depender, a todos los efectos jurídicos y legales, de las leyes norteamericanas, desmintiendo así su supuesta independencia y desvirtuando en los hechos la recomendable extraterritorialidad que le confería, por ejemplo, una sede anual móvil, distinto de la norteamericana».

Pero la SIP experimentó la primera gran denuncia internacional el 23 de mayo de  1959, cuando en carta pública al director de la revista Bohemia el Che Guevara calificó de «miserable gángster» al encargado de la sección  internacional:

«Sucede -dijo el Che- que Jules Dubois, la United Fruit y otras compañías frutícolas, mineras, ganaderas, telefónicas o eléctricas, explotadoras del pueblo en una palabra, han ordenado desatar la clásica cortina de las mentiras asalariadas».

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