En esta serie de notas, en las que estamos intentando sumarnos al juego que menciona su título, con una intensión que quiere ser crítica. Equivale a decir, como en el arte del mago que nos muestra una parte de sus destrezas sin develar cómo las logra, la propuesta apunta a desentrañar en ese juego las significaciones que se escurren ante la comprensión del ciudadano de a pie. El uso perverso de expresiones que ofrecen aclarar lo que se dice cuando el objetivo que no se dice es pasar gato por liebre. Lo triste es la eficacia con la cual se logra que el discurso oculte la realidad.
Llegados hasta aquí vamos a incorporar a un personaje sorprendente que, desde una formación académica aparentemente alejada de los análisis del lenguaje –es un Doctor en Física de la Universidad de Granada− nos sorprende al afirmar lo que sugiere el título de una nota publicada en Rebelión.org: La palabra como arma de destrucción masiva. Mikael Rodríguez Chala – de él se trata− se aventura en una reflexión sobre los significados manifiestos y el uso en cierta medida metafórico, con que las palabras circulan por el espacio público:
Suele decirse que el lenguaje es caprichoso, que las palabras, incluso allá donde individualmente se las dota de su acepción deseada, y de ninguna otra, mutan para materializarse en significados adversos. «¿Cómo quieres que vaya a verte si el perro de tu padre sale a morderme?», como dice la canción popular a modo de equívoco. También se observa, sin embargo, el efecto contrario: políticos, medios de comunicación, y en general todos los secuaces del gran capital, recurren de forma ilegítima, pero a sabiendas, a vocablos sin los cuales la justificación de sus actitudes se tornaría dificultosa. El eufemismo −entendido de acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española: «Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante»− no es sino una más de las tantas formas de la mentira. Suave y decorosa, sí, pero de igual origen que la manipulación más violentamente armada.
Para ejemplificar esta aseveración continúa citando casos de utilización perversa de la palabra que no muestra, sino encubre, el verdadero significado que no se desea hacer explícito:
Ejemplos de eufemismo son de todos conocidos. Recuérdese la edulcorada retórica que el gobierno de Zapatero empleó al comienzo de una crisis (que, a todas luces, intentaba mostrar como de una pronta salida) a la que se la denominó Desaceleración económica y periodo de crecimiento negativo. También la insultante Reordenación del gasto público, que utilizó, entre otros, el Secretario General Josep Antoni Duran para referirse, entre otras muchas cosas, a una reiterada política de recortes en la Sanidad. Estos mismos términos han sido nuevamente empleados por el señor Rajoy. En el periódico ABC leíamos que «No hacemos recortes, sino reformas en los servicios públicos». Asimismo, el diputado de Izquierda Unida por Málaga, Alberto Garzón, afirmaba en su blog que «El gobierno del Partido Popular ha aprobado un plan de amnistía fiscal que el ministro de Hacienda ha llamado «Plan de regularización de activos ocultos».
Todos estos casos pecan de adulteración del lenguaje como, en nuestro país hemos visto en economistas y políticos que quisieron esconder el verdadero alcance de sus medidas y las consecuencias a las que conducirían. El Doctor en Física agrega más casos:
Otros usos semánticos que paulatinamente se han ido inculcando en nuestra sociedad son los de trabajadores sobre-cualificados y ayuda al desempleo. Estos dos hacen caer sobre la figura del trabajador todas sus miserias. Si en lugar del adjetivo sobre-cualificado se emplease el más adecuado concepto de subempleado, se harían ver las deficiencias de un sistema económico que expolia al trabajador hasta el último rincón de su dignidad. La ayuda al desempleo juega este mismo papel. Si se da a entender que el sistema nos echa una mano, soslayando que primero nos quebró las piernas, la mentira es manifiesta.
