Ricardo Vicente López – 13-5-15
A partir de la sorpresa que produjo la facilidad con que se podía manipular la opinión pública, el grupo de investigadores se sintió motivado a seguir adelante. Estaba formado por teóricos liberales y figuras destacadas de los medios de comunicación que avanzó con entusiasmo por esos éxitos. Quienes sobresalían fueron dos muy agudos y creativos personajes: Walter Lippmann (1889-1974) y Edward Bernays (1892-1995); el primero fue un importante analista político y un extraordinario teórico de la democracia liberal, el segundo un publicista, periodista e inventor de la teoría de relaciones públicas. Organizaron las “comisiones de propaganda”, sobre cuya experiencia se elaboró una tesis de lo que se denominó “la revolución en el arte de la democracia”. Consistía en las técnicas de propaganda que «podían utilizarse para fabricar consenso, es decir, para producir en la población, mediante las nuevas técnicas, la aceptación de algo inicialmente no deseado».
Lo que puede sorprendernos es que pudieran afirmar, sin “ruborizarse”, lo que hoy se hace pero no se dice respecto a las manipulaciones de la información pública. Afirma Chomsky:
Pensaban que ello era no solo una buena idea sino también necesaria, debido a que, tal como se pudo confirmar, los intereses comunes no son comprendidos por la opinión pública. Solo una clase especializada de hombres responsables, lo bastante inteligentes, puede comprenderlos y resolver los problemas que de ellos se derivan.
La presencia de esos temores se convirtió en tradición en la clase dirigente y fundó la teoría de la necesidad de una elite ilustrada que se hiciera cargo de la República, la “cosa pública”, lejos de ser democrática como se entendió en Francia.
Esta teoría, sostenida también por John Dewey (1859-1942), afirma que solo una élite reducida —la comunidad intelectual — puede entender cuáles son aquellos intereses comunes, qué es lo que nos conviene a todos, así como el hecho de que estas cosas escapan a la gente en general.
La fina ironía de Chomsky, rayana en lo burlesco, lo lleva a hacer una comparación muy inteligente pero chocante para quien esté desprevenido:
En realidad, este enfoque que se remonta a cientos de años atrás, es también un planteamiento típicamente leninista, de modo que existe una gran semejanza con la idea de que una vanguardia de intelectuales revolucionarios toma el poder mediante revoluciones populares que les proporcionan la fuerza necesaria para ello, para conducir después a las masas estúpidas a un futuro en el que estas son demasiado ineptas e incompetentes para imaginar y prever nada por sí mismas.
Agrega más adelante:
Es así que la teoría democrática liberal y el marxismo-leninismo se encuentran muy cerca en sus supuestos ideológicos. En mi opinión, esta es una de las razones por las que los individuos, a lo largo del tiempo, han observado que era realmente fácil pasar de una posición a otra sin experimentar ninguna sensación específica de cambio. Solo es cuestión de ver dónde está el poder. Hay incluso un principio moral del todo convincente: la gente es simplemente demasiado estúpida para comprender las cosas.
La conclusión inmediata a semejante afirmación, expresada sin escrúpulos, es que dada la distancia entre una elite dirigente: preparada, entrenada e inteligente respecto de la masa ignorante obligaba a adoptar algunas medidas para hacer viable la gobernabilidad:
Por ello, necesitamos algo que sirva para domesticar al rebaño perplejo; algo que viene a ser la nueva revolución en el arte de la democracia: la fabricación del consenso. Los medios de comunicación, las escuelas y la cultura popular tienen que estar divididos. La clase política y los responsables de tomar decisiones tienen que brindar algún sentido tolerable de realidad, aunque también tienen que inculcar las opiniones adecuadas. Aquí la premisa no declarada de forma explícita tiene que ver con la cuestión de cómo se llega a obtener la autoridad para tomar decisiones. Los individuos capaces de fabricar consenso son los que tienen los recursos y el poder de hacerlo −la comunidad financiera y empresarial− y para ellos trabajamos.
