Cuando en un barrio de cualquier ciudad del mundo occidental una tal doña María va a comprar a la panadería de su barrio y la atiende don José, se entabla un diálogo cuyos actores son, el uno para el otro, biografías conocidas. El contenido de lo que se expresa está cargado de significaciones pre-supuestas, es decir, no explicitadas, porque para ambas partes no son necesarias mayores aclaraciones. Tal vez, para un oyente circunstancial, gran parte de lo que se diga no será comprensible.
Si trasladamos la comunicación al sistema público, por ejemplo especialmente en la comunicación radial, hay un emisor del que se conoce algo: su voz, su modo de decir las cosas, los temas que trata; todo ello lo convierte en un personaje − el personaje es una construcción mental elaborada mediante el lenguaje y la imagen de la comunicación − que se presenta cotidianamente y que pasa a ser alguien conocido, aunque de él sólo se sepa lo que permite ese modo comunicacional. Pero el receptor, el oyente, es una persona anónima para ese emisor del que sólo supone un perfil medio que cultiva cuidadosamente como su “capital” más preciado − muchas veces no tanto−. Para el comunicador es un modo de estandarización de un perfil de personas anónimas a las que va evaluando sobre la base de las respuestas que le pueden llegar, que va confirmando o replanteando ese perfil.
Si pasamos a la comunicación escrita, esta relación adquiere perfiles más abstractos − según la Academia Española de la Lengua: «abstraer: Separar por medio de una operación intelectual las cualidades de un objeto para considerarlas aisladamente o para considerar el mismo objeto en su pura esencia o noción. Prescindir, hacer caso omiso»−. El emisor, el que escribe, es, en el mejor de los casos, una pequeña biografía o currículo profesional, y el receptor es un amplio abanico de personas difícilmente definibles. La relación se establece mediante el medio utilizado que, en el mundo de los “mass-media” , convierte la relación en un anonimato difuso.
En ese escenario, que presentan los medios de comunicación, es donde se ha ido deteriorando el valor de las palabras. La necesidad la impone el logro de la más amplia cobertura posible, puesto que de ello depende el negocio periodístico. A mayor cantidad de lectores, más caro es el espacio publicitario, el centimetraje (es un cálculo, centímetro por columna, de las informaciones y su valor en términos de dinero, según las tarifas publicitarias de los distintos medios de comunicación). Esa ambición va reduciendo el léxico utilizado, que se achica en cantidad de palabras que supone y, a su vez, se difumina por una operación que amplía y elastiza sus significados hasta un punto en el que se pierde la riqueza de su contenido por falta de precisión. Es que se intenta decir muchas más cosas con los mismos vocablos. El ejemplo más brutal lo expuso el Doctor Pedro Luis Barcia (1939), cuando habló irónicamente de la polisemia del vocablo boludo, que ha conseguido tener tantos significados, que logró casi no tener ninguno.
En este juego, dentro del mercado de la palabra, se permite decir prácticamente cualquier cosa a partir de la utilización desaprensiva de la rica y maltratada lengua castellana. Este procedimiento está lejos de ser ingenuo.
