Todo lo que hemos estado analizando hasta acá no debe ser causa de consideraciones pesimistas: pensar que todo el sistema de la investigación científica está corrupto. No se asuste amigo lector, la corrupción es un óxido que no repara en edades, clases sociales, formación intelectual, sea pobre o rico. La serpiente edénica de la tentación está vivita y coleando. Hoy más contenta que antes al comprobar que la globalización y su sostén ideológico, el neoliberalismo, han demostrado una enorme capacidad de captación de personas (aunque esté lejos de ser mayoría). Sin embargo, pareciera que los malos ejemplos atraen más que los buenos. Me viene a la memoria una cuarteta anónima que decía «Llegaron los sarracenos / y nos molieron a palos, / que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos». Hacernos cargo de esto debe ser un acicate para predicar una moral solidaria en todos los ámbitos.
Volvamos, ahora al investigador Hinkes-Jones, que nos ha ido guiando en este camino. Él tampoco es pesimista con el cuadro que describe en el terreno académico:
Aunque sin duda existe un núcleo de actividad científica respetable y reproducible, está rodeado de una nube de imprecisiones y argucias. Medios de comunicación hambrientos de contenido se tragan descubrimientos entusiastas sobre posibles remedios contra el cáncer y no pueden o no quieren destapar las deficiencias metodológicas y los errores estadísticos que han conducido a los resultados en cuestión. Confunden todavía más al público en relación con temas controvertidos como el de los organismos genéticamente modificados o los disruptores endocrinos, publicando estudios inexactos en apoyo de cada uno de los bandos enfrentados. Estas historias dan lugar seguidamente a dietas de moda pasajeras y supuestas amenazas para la salud como las que relacionan el autismo con las vacunas de los neonatos. Los resultados que se obtienen con rapidez y se publican a toda prisa tienen más probabilidades de ser inexactos. La ciencia bien hecha lleva su tiempo y la refutación de la ciencia tramposa puede requerir incluso más tiempo.
Esto nos está dando una información muy importante del entramado entre investigación de laboratorios y sus premuras comerciales. La necesidad de impactar en un público poco avisado de este estado de cosas, permeable a la publicidad que se envuelve con un halo científico, habla de los productos medicinales con términos técnicos de la química y la física, avalados por supuestos profesionales de la salud. Son los que los recomiendan con tono de seriedad, con lo cual aumentan la facturación de los laboratorios y agregan a sus negocios suculentas ganancias. Por cierto esto no se hace gratuitamente:
La privatización de la investigación académica no solo obstaculiza el proceso científico, sino que también hace que la corrupción directa tenga más posibilidades de seguir existiendo –el sector privado paga a científicos para que engañen al público sobre las toxinas en sus alimentos o la contaminación atmosférica–. Unos investigadores que buscan desesperadamente financiación para conservar sus puestos y proseguir con su labor son más propensos a aceptar financiación de empresas capaces de distorsionar la ciencia en su propio beneficio. No hace más que favorecer los incentivos perversos del mercado libre para sacar provecho de lo que antaño eran instituciones públicas. Cuando una empresa puede disimular los riesgos para la salud de los productos ignífugos cancerígenos porque le interesa que se extienda su uso y así poder hacer negocio, entonces la ciencia deja de obrar a favor del interés público. Al final, la investigación académica basada en el mercado deja de ser ciencia y se convierte en un instrumento para llamar la atención y atraer dinero bajo la apariencia del rigor científico.
Todo ello demuestra que el enfoque y las prácticas neoliberales en la investigación académica es un retorno a los orígenes del sistema universitario. Época en la cual la mayoría de las universidades de los EEUU eran financiadas por el sector privado, carente de personal fijo, y las facultades no eran más que laboratorios de investigación e instrumentos de promoción de empresas privadas, en vez de centros de conocimientos que impulsaban la ciencia en interés del público.
