En otros momentos críticos, como el hundimiento de los bancos islandeses en la crisis financiera en Islandia de 2008-2009: «S&P también les había otorgado la máxima calificación». Cualquier lector ingenuo se puede preguntar: ¿cómo es posible que esas gigantescas empresas globales, con miles de especialistas, puedan cometer tamaños errores?
«El 29 de septiembre de 2010, el FMI acusó de contribuir «involuntariamente» (¡¿?!) a la inestabilidad financiera por los usos y abusos de las agencias de calificación de riesgo como Fitch, Moody’s y Standard & Poor’s». El profesor José García Montalvo de la Universidad Pompeu Fabra aclara que «si la agencia pone una calificación baja a los activos de una multinacional –bancos, financieras, holdings− que es cliente de ella, la perjudica, por lo que corre el riesgo de no poder cobrar por sus servicios. Por ello les interesa poner AAA, para no perder el cliente». Y añade: «antes, estas agencias tenían como clientes a los inversores, y la agencia debía decirles la verdad. El problema ahora es que nadie sabe qué criterio utilizan para calcular la solvencia; cobran por hacerlo, pero no dicen cómo evalúan. Lo que sí sabemos es que en los últimos siete años con esos métodos han seguido cometiendo los mismos graves errores». Cabría preguntarle al autor de estas líneas: ¿Está seguro que son errores?
Ahora aparece algo sorprendente: en general, el hecho de que los calificados sean los mismos clientes que pagan por el servicio, ha llevado a muchos a sospechar sobre la tan publicitada objetividad. «Mientras a menudo se acusa a las agencias de estar demasiado relacionadas con la dirección de sus empresas clientes, se ha acusado también a las agencias de emprender burdas tácticas de chantaje para llegar a conquistar nuevos clientes, mediante la disminución de las calificaciones de esas firmas.
Por ejemplo, Moody’s publicó una calificación no pedida de la multinacional alemana de seguros Hannover Rück, posteriormente les envió una carta en la que comunicaba que «quedaba a la espera del día en que Hannover se sumara a su lista de clientes». Cuando la dirección de Hannover se negó, Moody continuó rebajando su calificación durante años sucesivos, y continuaba realizando peticiones de pago que la aseguradora siguió rechazando. En 2004, Moody’s bajó, una vez más, la calificación de la deuda al estatus de basura y, aunque las otras agencias de calificación le habían dado buenas calificaciones, sus accionistas quedaron conmocionados por la degradación y la firma perdió 175 millones de dólares por su desprestigio».
Las grandes y medianas agencias de calificación (incluidas Moody’s, S&P, Fitch, Japan Credit Ratings, R&I, A.M. Best y otras), hoy en día se basan en un modelo de negocio en el que la mayoría de los ingresos provienen de los pagos de los prestadores de créditos: las financieras. Cuando el riesgo define la tasa de interés se entiende cuál es el negocio: a mayor riesgo mayor interés. Queda claro, entonces, por qué un prestamista paga para que se califique como riesgosa la deuda del tomador del crédito: para cobrar más caro por su dinero.
Volvamos a mi propósito inicial, que a esta altura puede haber quedado olvidado. ¿Qué tiene que ver todo esto con la comunicación? ¿Qué relación hay entre las finanzas y el valor de las palabras? Veamos otro ejemplo: El señor Carlos Pagni. columnista del diario La Nación, publica, en la edición del 5-7-2010, lo siguiente:
«El jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, se quejó ayer ante los diputados de que los diarios presenten la economía como si estuviera peor que la de España. Tiene razón. Los números de la Argentina están, por lejos, mejor que los españoles. Sin embargo, el índice de riesgo de un default de España es de 486 puntos. El de la Argentina, de 1044. El Jefe de Gabinete debe suponer que los mercados están locos». Sr. Pagni: ¿No será que Abal Medina está denunciando los juegos que hemos visto?
El objetivo de estas notas es poner ante la consideración del ciudadano de a pie el juego de las palabras, las intenciones que manifiestan y las que ocultan. El uso y el abuso de los significados y los propósitos que se esconden detrás de las palabras. Las palabras no son inocentes creaturas, muchas veces son conceptos perversos.
