Mirando al mundo XXV – Las torres gemelas- columna Nº 74 – 21-9-16

Para abundar en pruebas de lo inconcebible e inaceptable de lo que se informó como explicación del Atentado a la Torres Gemelas, agrego ahora lo dicho por un importante miembro del establishment estadounidense, persona de muy conocida trayectoria académica y política: Paul Craig Roberts (1939) economista, escritor y periodista conservador estadounidense. Doctorado por la Universidad de Virginia, diplomado por el Instituto de Tecnología de Georgia, por la Universidad de California (Berkeley) y por la Universidad de Oxford. A estos antecedentes, nada despreciables, agrega su actividad política y de funcionario público: Ocupó el cargo de subsecretario del Tesoro en la administración Reagan y es considerado uno de los fundadores de la Reaganomía[1]. Fue Asistente de la Secretaria del Tesoro durante la presidencia Reagan. Fue editor asociado de la página editorial del Wall Street Journal, el periódico en circulación más grande de Estados Unidos. Es coautor del libro “La tiranía de las buenas intenciones”.

El título del artículo publicado en Information Clearing House (2-9-2006) anuncia las dudas que se desprenden del Informe Oficial: Lo que sabemos y lo que no sabemos sobre el 11 de septiembre de 2001. Comienza ofreciendo una especie de justificación respecto de volver sobre el tema cinco años después. Dice:

Recibí numerosas e inteligentes cartas de los lectores de mi columna del 14 de agosto titulada “Gullible Americans”. Esas cartas ameritan una respuesta. Por otra parte, varias de ellas contienen señalamientos que correspondería compartirlos con una audiencia más vasta. Queda comprobado que presuntos eruditos como yo no somos los únicos que tenemos cosas interesantes para decir. Considerando el número de las cartas recibidas y el importante tiempo que requeriría responderlas individualmente, responderé a todas desde esta columna.

Ante posibles sospechas y/o acusaciones respecto de sus intenciones de escribir sobre un tema tan delicado para los EEUU, ofrece una reflexión, que demuestra su inteligencia, para sentirse autorizado para opinar sobre aquel suceso luctuoso que ocasionó más de 3.000 muertos y 6.000 heridos. Ofrece, entonces, un trascendente discernimiento con relación a lo que se podría poner en duda respecto de un sentimiento muy arraigado en el pueblo de ese país: el patriotismo. Propone una distinción entre lo que es la lealtad a un país y la lealtad a un gobierno. Argumenta:

Los lectores entienden que apoyar a un partido político o a un gobierno que está destrozando la Constitución de Usamérica y la reputación de Usamérica en el mundo es, de hecho, un acto de traición. Por consiguiente no tuve que leer las tonterías habituales de que quién duda de la honorabilidad de “nuestro gobierno” es un “anti-usamericano”.

Agrego para una mayor claridad que el presidente en ese tiempo era George W. Bush que ejerció la presidencia de los Estados Unidos, desde 2001 al 2009, y pertenece al mismo partido, el Republicano, que el autor de la nota de referencia.

Comenzaré estableciendo que es lo que hoy conocemos como un científicamente sólido e incontrovertible hecho.

*.- Lo que sabemos es que es completamente imposible para cualquier edificio, mucho menos para uno construido con columnas de acero, desplomarse a velocidad de caída libre. Por consiguiente, sabiendo eso, pasa a ser un hecho sin discusión que la explicación oficial de la caída de las torres gemelas del Wold Trade Center es falsa.

*.- Lo que también conocemos es que es inexplicable la falla de la fuerza aérea en interceptar a los supuestos secuestradores siendo que la Fuerza Aérea, si se lo propone, puede colocar aviones caza interceptores a 29000 pies de altura en menos de 2.5 minutos. También sabemos que los dos co-presidentes de la Comisión del 11-D acaban de escribir un libro que revela que los militares de USA mintieron a la Comisión sobre el hecho de que no interceptaron a los aviones secuestrados.

Esto nos deja con el indiscutible hecho de que los edificios no pueden desplomarse sobre sí mismos a velocidad de caída libre. La única explicación conocida por la ciencia de colapsos de edificios a velocidad de caída libre, especialmente cuando se derrumban sobre sus propios pies, es lo que en ingeniería se conoce como procesos de “demolición controlada”, los cuáles consisten en remover los soportes de cada uno de los pisos cada tanta fracción de segundo de modo tal que los escombros no encuentren ninguna resistencia a su caída.

Es poco lo que se puede agregar, sólo la convicción de que es mucho lo que se ha ocultado y que sólo puede comprenderse es que se ha ocultado por razones muy graves.

[1] El término Reaganomía es un contracción de las palabras Reagan y economía que se usa para describir la política económica del gobierno de Estados Unidos presidido por Ronald Reagan durante los años ochenta, basada en las teorías propugnada entre otros por el Nobel de Economía, Milton Friedman,

Mirando al mundo XXIV – Las torres gemelas – columna Nº 73 – 14-9-16

Voy a hacer un alto en la huella porque algunas fechas son demasiado significativas como para dejarlas pasar por alto. El aniversario del 11 de setiembre, atentado contra las Torres Gemelas, produjo, entre otras de sus muchas consecuencias, un viraje en el proceso de la globalización. Hacerlo hoy es acompañar al nuevo reclamo del Movimiento internacional por la verdad del 11-S, nombre adoptado por organizaciones de profesionales de la construcción que cuestionan la versión oficial sobre aquellos atentados. La versión que se conoció como el Informe de la Casa Blanca fue elaborado por el Instituto Nacional de Normas y Tecnología (NIST), especializado en la investigación sobre fallas estructurales graves que dan lugar a catástrofes.

Durante los años que siguieron al atentado se publicaron varias investigaciones realizadas por Centros de investigaciones y universidades muy prestigiosas de los EEUU que desmintieron, con abundantes y muy fundadas razones, las causas ofrecidas acerca de las caídas de las tres torres, ya que una más se desmoronó a pesar de que contra ella no impactó ningún avión.

 Algunas de las objeciones al Informe oficial:

En las semanas y meses que siguieron a los atentados surgieron varias cuestiones sobre las incongruencias de la versión oficial, tales como: 1.- ¿Por qué el Mando Norteamericano de Defensa Aeroespacial (NORAD por sus siglas en inglés) falló en interceptar los aviones secuestrados que impactaron contra las Torres Gemelas y el Pentágono? 2.- ¿Por qué los servicios de inteligencia y de seguridad fracasaron en prevenir los atentados a pesar de haber recibido numerosas advertencias? 3.- ¿Por qué se permitió que el presidente Bush permaneciese en una escuela de Florida por más de 10 minutos después de haber sido advertido de que EEUU estaba bajo ataque? 4.- Anteriormente, ningún rascacielos de acero había colapsado totalmente, excepto en casos de demolición controlada. ¿Por qué ocurrió tres veces el 11-S? Muchos de los videos sobre este atentado fueron borrados de internet (1), sobreviven algunos (2).

Como una prueba más de las desconfianzas a que dieron lugar la pobreza y las contradicciones del Informe oficial voy a citar una conferencia pronunciada en abril de 2002, meses después del atentado, por Thierry Meyssan, intelectual e investigador francés, presidente-fundador de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Sus análisis sobre política exterior se publican en la prensa árabe, latinoamericana y rusa; la última obra publicada en español: La gran impostura II. Manipulación y desinformación en los medios de comunicación (Monte Ávila Editores, 2008). El acto se desarrolló en el centro Zayed de Abu Dabi (Emiratos Árabes Unidos), cuyo título fue ¿Quién ha perpetrado los atentados del 11 de septiembre? Versión completa en [http://www.voltairenet.org/article120001.html], convocado y auspiciado por la Liga Árabe, en presencia del Cuerpo Diplomático y de la prensa internacional. La invitación, el lugar y el público asistente le otorgan un valor documental muy importante.

Sus primeras palabras anunciaban una serie de irregularidades y de contradicciones que convertían el Informe en un documento inaceptable:

Desde los primeros minutos que siguieron al primer atentado contra el World Trade Center, algunos funcionarios sugirieron a la prensa que el responsable de aquello era Osama Ben Laden, paradigma del fanatismo oriental. Poco después, el recién nombrado director del FBI, Robert Mueller III, acusó a 19 kamikazes y requirió todos los medios de su agencia y de los servicios de inteligencia para atrapar a sus  cómplices. El FBI nunca abrió ninguna investigación, sino que coordinó una “caza al hombre” que tiene, a los ojos del público americano, el aspecto de una “caza al moro”. Tanto es así que algunos exaltados han agredido y en algunos casos han dado muerte a árabes que consideraban sin más como responsables colectivos de los atentados. No ha habido tampoco ninguna investigación del Congreso. Este ha renunciado a ejercer su función  constitucional a petición de la Casa Blanca, supuestamente para no dañar la seguridad nacional. No ha habido tampoco ninguna investigación de la prensa. Esta fue convocada a la Casa Blanca y conminada a abstenerse de toda investigación para no perjudicar la seguridad nacional.

……………………

(1) Fueron borrados de internet entre otros:

“AE911Truth is Now a 501c3 Tax-Exempt Non-Profit” –

https://911allthetruth.wordpress.com/2008/11/06/911-mysteries-subtitulado-espanol/

(2) Se pueden consultar todavía en

https://911allthetruth.wordpress.com/about;

también:  https://911allthetruth.wordpress.com/2008/11/08/115-mentiras-sobre-los-atentados-del-11-septiembre/; también: https://www.youtube.com/watch?v=TGQ9BEekA50;

también: https://www.youtube.com/watch?v=k2xIbXHhVSs].

Mirando al mundo XXIII – Política y marketing – columna Nº 72 –  7-9-16

Establecer una relación entre la Crisis del petróleo de 1973 y la deuda que contrajeron los países periféricos, con bancos e inversores externos, aunque esto pueda parecer una arbitrariedad, o no se pueda comprender fácilmente, abre una brecha dentro de una maraña neblinosa. Quiero decir que las dificultades que aparecen se deben a los ocultamientos que intentaron los poderosos internacionales que se han beneficiado con todo ello. Dicho esto, creo poder afirmar que vamos a encaminarnos hacia una comprensión más abarcadora de lo que sucedió, en una década-bisagra de las relaciones entre los poderosos del centro y los pobres de la periferia. Esta relación ha quedado oculta en la mayor parte de los análisis de los investigadores que se amparan en decir sólo lo políticamente correcto.

Analicemos los componentes de este proceso. La década de los setenta fue el escenario de la crisis que produjo la suba de los valores del barril de petróleo. Las causas se fueron acumulando desde  las primeras décadas del siglo XX. El petróleo bajo tierra era y es propiedad de los países respectivos, en cambio, por capacidad técnica, para extraerlo era necesario negociar con las empresas petroleras más importantes del mundo. Éstas que eran conocidas como las “siete hermanas”, lo cual ya estaba mostrando el entramado de intereses que las unía. Ellas habían acordado con los países del Medio Oriente, los dueños del petróleo, un  valor de u$s 9.- el barril;  este precio se mantuvo durante más de setenta años, a pesar de la devaluación del esa moneda estadounidense.

En 1960 se organizó la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) con la participación de los países que tuvieran reserva petrolífera para comenzar a discutir el precio del barril. Ello implicaba la definición de políticas de defensa del petróleo crudo y volver a fijar un precio básico para el barril de ese combustible. La causa de esta situación debe adjudicarse a la pretensión de las grandes compañías de querer reducir los precios que, para entonces era absurdamente bajos, los u$s 9.- ya mencionados.

La OPEP era un grupo de catorce países, incluyendo siete naciones árabes, pero también otros grandes exportadores de petróleo del mundo. Inicialmente funcionaba como una unidad de comercio informal encargada de la venta del petróleo a los países desarrollados. Limitaba sus actividades a intentar incrementar los beneficios de la venta del crudo a las compañías de Occidente y mejorar el control sobre los niveles de producción. Sin embargo, a principios de los 70 empezó a mostrar su fortaleza.

Tal vez, la ambición desmedida de ganancias de parte de las grandes petroleras estiró demasiado la tensión que terminó irritando a los jeques del petróleo que venían analizando y debatiendo entre ellos lo que era evidente: las ganancias exorbitantes que obtenían en ese negocio pagando un insumo esencial a precios muy bajos. Debo agregar a ello que el valor del dólar, a comienzos del siglo XX, era mucho mayor que lo representaba en los setenta. Esto exige una explicación un tanto técnica.

El valor de la moneda estadounidense comenzó, a fines del siglo XIX, a cotizarse en relación con el valor del oro: esto se denominó el patrón oro. Ello permite decir que existía una moneda única mundial, que era el oro. Por ejemplo, en los inicios del siglo XX un dólar valía el 5% de una onza de oro que se cotizaba a u$s20.-. En el año 1944 se firma el tratado de Bretton Woods, mediante el cual se fija el precio del oro en $35 la onza, lo cual impone la devaluación del dólar en un 70%. En 1972 se vuelve a devaluar el dólar en un 10% más llevando la onza a u$s 38.-

Entonces, los u$s 9.- de 1905 equivalían a casi un 50% menos. Esto permite comprender lo que se denominó la Crisis de petróleo, que había producido un alza de su valor a u$s 40.- en 1973.

Mirando al mundo XXII – Política y marketing columna Nº 71 – 31-8-16

La deuda externa acumulada en los países de la periferia del mundo central jugó un papel determinante en los acontecimientos internacionales, con graves repercusiones en el interior de los países sub o semi-desarrollados. Por ello se impone hacer un poco más de historia para ubicar los orígenes de estos serios inconvenientes.

Vamos a concentrarnos en el proceso que se fue desplegando en Latinoamericana cuyas consecuencias dio lugar a hablar de la “década perdida de América Latina”. Las manifestaciones de los diversos finales en los países de este subcontinente adquirieron una dimensión que no pudo ser soportada por muchos de ellos. La crisis financiera en la que se precipitaron a inicios de los años 1980, evidenció qué era lo que se venía produciendo como consecuencia de una acumulación de deudas contraídas y manejadas al servicio del capital financiero internacional. Su estallido se hizo público cuando los países latinoamericanos alcanzaron un punto en donde su deuda externa excedió su capacidad pago y no estuvieron en condiciones de hacer frente a los compromisos contraídos.

Voy a verme obligado a mostrar algunas cifras que hagan más claro lo que sucedía. Durante las décadas anteriores, 1960 y 1970, muchos países latinoamericanos, especialmente Brasil y México asumieron deudas importantes. Todo ello aparecía justificado con el propósito de llevar adelante planes de industrialización, especialmente para programas de infraestructura. En el caso de Argentina el proceso que se abrió a partir del golpe cívico-militar, precipitó esa situación por los pedidos de grandes sumas de dinero a bancos y a inversores internacionales cuyos destinos no fueron claros. Estos países tenían economías crecientes, en aquel tiempo, por lo que los acreedores estaban dispuestos a seguir concediendo préstamos:

Entre 1975 y 1982, la deuda latinoamericana con los bancos comerciales aumentó a una tasa anual acumulativa del 20%. Como consecuencia de haber asumido esos compromisos Latinoamérica multiplicó por cuatro su deuda externa en menos de diez años: de 75 mil millones en 1975 a 315 mil millones de dólares en 1983. Esa cifra representaba el 50% del producto interno bruto (PIB) de la región. El servicio de la deuda (pago de intereses más la devolución del capital) creció aún más rápido, alcanzando 66 mil millones en 1982, frente a los 12 mil millones de dólares en 1975. El crecimiento económico de los años anteriores había permitido situar a los países latinoamericanos en un lugar intermedio entre las economías más industrializadas y el resto del mundo, en vías de desarrollo.

Cuando la economía mundial entró en recesión en los años 1970 y continuó en los primeros años de 1980 por el incremento de los precios del petróleo que se dispararon debido a lo que se conoció como la Crisis del petróleo de 1973. Esta combinación de factores creó una especie de punto muerto para la mayoría de los países de la región. Los países en vías de desarrollo se encontraron en una desesperada crisis de liquidez. Los países exportadores de petróleo -abundantes en dinero, por el alza en el precio de dicha materia prima en 1973 y 1974- invirtieron su dinero en bancos internacionales. Estos “reciclaron” la mayor parte del capital en forma de préstamos a los gobiernos latinoamericanos. Dado que las tasas de interés aumentaron en Estados Unidos y en Europa en 1979, los pagos de las deudas también aumentaron, por lo que fue más difícil para los países pagar sus deudas contraídas.

Mirando al mundo XXI – Política y marketing Nº 70 – 24-8-16

 Los “años dorados” encontraron un límite en la ofensiva que comenzaron a delinear y ejecutar los sectores neoconservadores. La crisis del petróleo (1973 que se extendió hasta 1981) favoreció el ascenso de los sectores más reaccionarios, en un clima de conflictos cuya culminación se dio en las elecciones en el Reino Unido, con el triunfo de Margaret Tatcher (1979-1990), y en los Estados Unidos donde es elegido presidente Ronald Reagan (1981-1989). A partir de allí una onda neoliberal comenzó a hacerse sentir en la política del mundo occidental que va a marcar muy fuertemente la década siguiente. El Consenso de Washington fue el punto culminante de ese proceso, que Wikipedia define como:

El término Consenso de Washington fue acuñado en 1989 por el economista John Williamson para describir un conjunto de diez fórmulas relativamente específicas que constituyeron un paquete de reformas «estándar» para los países en desarrollo azotados por la crisis, según las instituciones bajo la órbita de los Estados Unidos como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. Las fórmulas abarcaban políticas que propugnaban la estabilización macroeconómica, la liberalización económica con respecto tanto al comercio como a la inversión, la reducción del Estado, y la expansión de las fuerzas del mercado dentro de las economías de cada país.

Este conjunto de medidas significaron el “certificado de defunción” de los “treinta años dorados”, por la desaparición o extinción de todas aquellas políticas que habían sostenido la   presencia de un Estado fuerte, participativo, interventor dentro del funcionamiento de los mercados. Ese modelo político que aseguró un mejor reparto de las riquezas, manteniendo un equilibrio entre el capital y el trabajo, se sostuvo por la recaudación de impuestos a las rentas de los grandes capitales. Esas políticas posibilitaron acercar la distancia entre los más ricos y los más pobres. Esto nos permite comprender las expectativas que levantaron respecto de un capitalismo de rostro humano o un capitalismo distribuidor.

No parece casual que la imposición de ese decálogo de medidas ─ uso esta palabra que define la verdad de lo que se disfrazó de Consenso─ comenzara a aplicarse inmediatamente después de la Caída del Muro de Berlín el  9 de noviembre de 1989. La presencia de la Unión Soviética fue un freno para los avances del capital sobre los derechos del trabajo. No porque se creyera que tenía algún poder para impedirlo, sino porque representaba, aunque no fuera totalmente cierto, un modelo distributivo de riquezas, y los partidos comunistas europeos podían ser una amenaza al dominio irrestricto del capital.

El otro factor concurrente era la reducción de la tasa de beneficio ─renta o lucro─ tras la crisis económica de los setenta, de los capitales industriales invertidos en la en los países del Norte. Se le sumaba la situación extrema en que se encontraban los países de la periferia del mundo central por el estallido de la crisis de la deuda externa. Ésta era el resultado de la imposibilidad de pagar la pesada carga de una deuda contraída por imposiciones de los organismos financieros internacionales, esa deuda se hizo muy pesada, impagable, cuando esos países se vieron en la obligación de refinanciar los saldos adeudados.

Mirando al mundo XX – Política y marketing Columna Nº 69– 17-8-16

Un poco de historia, para comprender mejor y encontrar algunas respuestas a esa pregunta dramática que quedó formulada: ¿Cómo es posible que hayamos llegado a este estado de cosas?

El sistema de producción de bienes sufrió una profunda transformación a partir de la llamada Revolución industrial, que se desarrolló en la segunda mitad del siglo XVIII en Inglaterra. Fue la respuesta técnica a un mercado en expansión mundial por la incorporación del sistema colonial, por lo cual la demanda creció en una medida tal que la producción artesanal no estaba en condiciones de satisfacer. La aparición primero de los talleres de producción, que abrirían el camino a las grandes fábricas, fueron la respuesta a la expansión capitalista. El mundo de comienzos del siglo XIX mostraba una profunda renovación que afectaría a la economía, a las relaciones sociales y a la política.

La conversión de gran cantidad de trabajadores rurales en operarios de las fábricas incorporó un nuevo actor social al panorama europeo: los proletarios ─ los que carecían de bienes─ palabra que caracterizaba a los obreros industriales de las ciudades. Las condiciones laborales fueron empeorando, el horario de trabajo de más de 14 horas diarias, seis días a la semana; los bajos salarios que se verificaban en las miserables condiciones de vida; todo ello fue creando un clima explosivo. La Europa del siglo XIX, como así también la de América del Norte ─recordar lo visto en columnas anteriores─ fue escenario de conflictos sociales como respuestas de las organizaciones sindicales en reclamo de mejoras.

Para tener una visión clara de esta época recomiendo ver la película italiana Los compañeros (1963) [disponible en /www.youtube.com/watch?v=IEQMadi-aIA].

Como resultado de estas luchas, y de las nuevas formas institucionales que se construían, los trabajadores fueron formando parte de nuevos partidos políticos: laboristas o socialdemócratas  disputarían bancas en los congresos. Las luchas en las calles se trasladaron a los Parlamentos, cuyos resultados se plasmaron en una nueva concepción del derecho: el laboral. Las leyes sociales se interpusieron entre el capital y el trabajo reglamentando cantidad de horas de trabajo, las remuneraciones y las condiciones de seguridad de las fábricas, etc. La Iglesia de Roma acompañó estos movimientos con la publicación de una Encíclica, la Rerum novarum (1891), que analizaba lo que allí se denominó: la cuestión social.

El panorama social y político del mundo desarrollado había cambiado bastante, estos cambios se percibían en las condiciones sociales y políticas que comenzaban a conformar otro mundo, hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

Paralelamente a este proceso la explotación del trabajo se había trasladado también a las colonias y al resto de la periferia. Padeciendo allí, las enormes mayorías, la pobreza extrema, la miseria, el hambre, etc. Al terminar la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), aprovechando las condiciones en que habían quedado algunas de las potencias mundiales, como resultado de las guerras, territorios de América, África y Asia emprendieron lo que se llamó el proceso de la descolonización y la emancipación.

En algunos de los países centrales de Occidente, ante el riesgo del avance del comunismo, se centralizó la intervención de la actividad económica por parte de los estados, implementando leyes de control de la rapacidad capitalista. Esto se conoció como el Estado Benefactor o Estado de Bienestar, cuya actividad reconstruyó la redistribución de las utilidades a través de impuestos al capital que se volcó en la protección social del trabajador. Este período fue conocido, según definición de los franceses, como los treinta años dorados (1945-1975).

Después de los años terribles de explotación despiadada del trabajo, tanto en las ciudades como en los campos, desde los comienzos del siglo XIX hasta finales de éste, la posguerra de 1945 ofreció un panorama social que llevó a muchos estudiosos a hablar de un capitalismo distribuidor de riquezas. La Iglesia de Roma se entusiasmó definiéndolo como un capitalismo con  rostro humano.

Mirando al mundo XX – Política y marketing Columna Nº 68 – 10-8-16

 Terminaba la columna anterior con una serie de preguntas de difícil respuestas, dado que dependiendo desde qué óptica de pensamiento sean pensadas éstas serán todas disímiles. Sin embargo eso no debe convertirse en un obstáculo, por el contrario debemos asumirlo como una desafío mayor y más atrayente. El saber de que de todas esas variables, o de combinaciones de ellas, pueden salir propuestas, necesarias y urgentes, para millones de personas marginalizadas, nos debe imponer el deber de ponernos a pensar. Esa es la propuesta que hemos iniciado.

Para darle a esta problemática un encuadre que nos ofrezca un horizonte hacia dónde mirar, para evitar viejos errores de gran parte de las izquierdas ─ y no sólo de ellas─ recuperemos una parte de la Historia que ya en la columna anterior definí como punto de partida de la investigación: la segunda mitad del siglo XIX, fundamentalmente en Europa. La etapa posterior al desarrollo de la primera Revolución Industrial mostró un panorama altamente conflictivo que fue estallando en diversas huelgas y enfrentamientos con las “fuerzas del orden”. Este orden suponía el acatamiento de una legislación que protegía los intereses del gran capital.

Ya hemos analizado en columnas anteriores las condiciones sociales de los trabajadores en los Estados Unidos. En Europa entre 1850 y 1880, en países industrializados ─ Reino Unido, Alemania, Francia e Italia ─ se producen las más importantes corrientes de ideas del siglo: en  primer lugar surgen los socialismos que dan fundamento teórico necesario para trasladar las luchas a los Parlamentos. La formación de partidos políticos de clase con el nombre de las socialdemocracias enfrentará a los partidos de la burguesía. Se abre, entonces el período de las primeras legislaciones sociales.

El concepto de “izquierda” y “derecha” tiene su origen en el marco de la Revolución Francesa. Tras la toma de la Bastilla (14-7-1789), se conforma en Francia la Asamblea Nacional Constituyente, la cual tiene como objetivo la redacción de una Constitución en la se debía definir el futuro político del país.

En ella se reúnen diputados divididos en tres zonas en función de su ideología. El primer día a la derecha del Presidente se situó el grupo de los Girondinos, que proponían una monarquía parlamentaria y sufragio exclusivo para los propietarios, tenían el apoyo de la nobleza; y a la izquierda el grupo de los Jacobinos que eran partidarios de una república con sufragio universal, tenían el apoyo de las clases populares. En el centro se mantuvieron las personas indecisas o no partidistas aún, llamándose a ese grupo el Llano. A partir de allí se conservaron estas definiciones: el que tuviera ideas moderadas se lo considera de derecha, y el de ideas progresistas se lo considera de izquierda. El resto, tanto ayer como hoy, conforman una masa de indecisos, indefinidos, que oscilan en sus preferencias.

Una definición clara la ofrece Profesor José Gómez Barata, investigador y periodista cubano, autor de numerosos estudios sobre política internacional:

El uso de los términos “derecha” e “izquierda” es un magnifico recurso para identificar y ubicar convenientemente a los actores del proceso político. Esos conceptos, forman parte de una metodología extraordinariamente popular que tiene el mérito de convertir a la política en un espacio físico, un fenómeno geográfico, un tablero en el cual colocar a las más disímiles corrientes en un esquema que, de ninguna manera, constituye un dogma.

Mirando al mundo XIX – Política y marketing – columna Nº 67 – 3-8-16

Iniciamos, con esta columna, una nueva serie en la que vamos a incursionar en un terreno bastante desconocido para el ciudadano de a pie. La conciencia ciudadana conserva todavía conceptos, hábitos, creencias, ideologías, utopías, etc., que corresponden a una concepción de la política que nació en el siglo XIX y que, con sus variantes, siguió teniendo vigencia hasta finales de la década de los setenta. El mundo occidental y, en alguna medida el resto, sufrió a partir de entonces una especie de cataclismo socio-político sin que se percibieran con claridad las rajaduras profundas que sufrieron sus bases de sustentación.  La democracia sostenida por la forma partido político se fue vaciando de contenido.

Este ciudadano de a pie padeció estas transformaciones sin clara conciencia de cuales terminarían siendo sus consecuencias. Se puede decir, sin riesgos de exagerar, que esa década representó una bisagra en la historia política de la sociedad moderna. Terminaba un período de posguerra en el que el Estado había asumido un papel de protección y servicio en beneficio de las clases medias y bajas, y comenzaba otro en el que las clases dominantes iniciaban el asalto a ese Estado para  terminar con los beneficios conquistados. Ello se verificaría en una pausada pero brutal redistribución de los bienes producidos en beneficio de las clases pudientes.

Una frase comenzó a aparecer en informes, en investigaciones, en ponencias a Congresos  académicos: “Cada vez hay más que tienen menos y menos que tienen más”. Esta frase llegó a sacudir a los Estados Unidos en una síntesis escalofriante que expresaba una población dividida entre un 1% que enfrentaba al 99% restante. No se trataba de un estudio estadístico sino en un modo político de llamar la atención sobre lo que estaba sucediendo allí. Mostraba una polarización de  la sociedad globalizada como resultado del predominio del capital financiero. Un título aparecido en los medios internacionales Desigualdad aumenta a pasos agigantados debería haber estremecido a la mayoría de los habitantes del planeta y, sin embargo, sólo logró algunos comentarios. Era el anuncio de la investigación que había llevado a cabo Oxfam.org, ─una confederación internacional formada por 17 organizaciones nacionales no gubernamentales que realizan labores humanitarias en 90 países ─:

La desigualdad extrema en el mundo está alcanzando cotas insoportables. Actualmente, el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el 99% restante de las personas del planeta. El poder y los privilegios se están utilizando para manipular el sistema económico y así ampliar la brecha, dejando sin esperanza a cientos de millones de personas pobres. El entramado mundial de paraísos fiscales permite que una minoría privilegiada oculte en ellos 7,6 billones de dólares. Para combatir con éxito la pobreza, es ineludible hacer frente a la crisis de desigualdad.

Es difícil evitar algunas preguntas que, a pesar de ello, aparecen muy poco: ¿cómo fue posible que sucediera esto? ¿cómo se paso, en el transcurso de una década, de un mundo con una distribución aceptable, aunque no había desaparecido la pobreza y la miseria, en el que dos terceras partes de él vivían de medianamente bien hacia muy bien? ¿qué mecanismos inhumanos llevaron adelante la tarea de semejantes despojos? ¿quiénes fueron los culpables de haber llegado a este estado de cosas? ¿por qué razón los despojados de sus derechos no reaccionaron?

Debo confesar que no creo poder responder, con cierta solvencia, a todos estos interrogantes pero me consideraría relativamente satisfecho si ellos lograran conmover a más personas, dado que la indiferencia es el mejor cómplice de este estado de cosas. De todos modos esta nueva serie de columnas intentarán arrojar alguna luz sobre esta terrible problemática.

Mirando al mundo XVIII (bis)– Pensarlo y comprenderlo Nº 66

Tal vez el lector de estas columnas recuerde que comenzamos el tema analizando las investigaciones de Max Weber. Comenzamos citando la pregunta con la cual encabeza su trabajo sobre la relación entre el capitalismo y la ética protestante:

¿Qué serie de circunstancias ha determinado que sólo sea en Occidente donde hayan surgido ciertos sorprendentes hechos culturales (ésta es, por lo menos, la impresión que nos producen con frecuencia), los cuales parecen señalar un rumbo evolutivo de validez y alcance universal?

Ahora, después de nuestro recorrido anterior, estamos en condiciones de comenzar a proponer una respuesta. Debemos tomar en cuenta algunos conceptos básicos que se desprenden de la ética protestante y su posterior evolución en la “Nuevas Tierras”. Veamos. Por ello hemos leído a Benjamín Franklin quien resume al menos cuatro elementos característicos del capitalismo moderno:

a) Una posición consciente del hombre de negocios frente al interés y el capital; b) una determinada obligación de actuar siguiendo patrones de diligencia, decoro, prudencia y moderación; c) el deber de ganar dinero y d) una conducta de raíz ética que se depuraba en el seguimiento manifiesto metódico e impostergable del trabajo.

Sobre estas condiciones exigibles al hombre moderno, estadounidense y protestante, se va  construyendo el modo occidental moderno del espíritu del capitalismo, sostenido por la ética del   trabajo que deja atrás los valores medievales. Esta ética consideraba la primacía de ciertos elementos predominantes de esa fuerza religiosa: a) el  racionalismo, b) la vocación ascética y c) el ahorro.

Detengámonos en la diferencia central entre esas formas capitalistas correspondientes a la etapa de la producción artesanal y el capitalismo moderno. Éste recibirá una fuerza que le otorga la Revolución Industrial inglesa. La nueva etapa se sostiene en la organización racional de la industria. En este proceso surgen dos elementos determinantes de su evolución: 1.- la separación de la economía doméstica de la industria (finales de la Edad Media) y 2.- la consiguiente contabilidad racional.

El modo tradicional de vida, como conducta, y el tipo de producción, representaron los primeros escollos que tuvo que superar el “espíritu” del capitalismo:  el cambio de mentalidad que lleva, de ganar lo necesario para seguir viviendo pasa a tener que ganar más y más dinero, y para ello no detenerse ante la necesidad de rebajar los salarios, bajar costos e incrementar la producción. Todo ello tenía un objetivo que aparece implícito en su primera etapa pero que se va tornando evidente en la medida en que las empresas van creciendo en capacidad de producir.

Esta nueva etapa del capitalismo requiere de grandes masas de trabajadores a las que deberá contratar por el más bajo precio posible. La exigencia religiosa de trabajar, como un fin en sí mismo, la encuentra en personas con una educación religiosa, con más capacidad de concentración y actitud de sentirse obligado.

Es necesario afirmar que el dato histórico que Max Weber detecta, y le sirve de base a su tesis, es la doctrina y la prédica de uno de los padres del protestantismo, el teólogo francés Juan Calvino (1509–1564). Cuando se establece en Ginebra funda su prédica en que “todo trabajo es servicio de Dios”. No sólo era importante lograr la gracia divina sino también traducir esa gracia, para verificarla en una realidad física y exterior: el éxito en los negocios. Erich Fromm advierte que en el calvinismo no sólo tiene importancia la vida virtuosa sino también el esfuerzo incesante, de tal modo que el éxito en la vida terrena, que resulta de tales esfuerzos, sea un signo de salvación.

Mirando al mundo XVIII– Pensarlo y comprenderlo Columna Nº 65 –  20-7-16

En este recorrido investigativo, en el cual Max Weber nos iluminó el camino, hemos podido llegar a definir algunas líneas generales del contenido de lo que conforma una parte substancial del espíritu de la globalización. Esta definición, que se apoya en las conclusiones de Weber, me permite ofrecer un modo de pensar la cultura dominante en este siglo XXI tomando como base el concepto: espíritu del capitalismo. Entonces, es necesario decir algo más sobre qué entiende este investigador sobre este tema. Voy a plantearlo como un análisis en tres etapas:

 Primera etapa: La superación de la vida tradicional.- El espíritu capitalista es un concepto con el cual permite identificar un nuevo estilo de vida, subordinado a ciertas normas y sometido a una ética determinada. Todo ello es el resultado de una modificación de los modos dentro de los cuales se desenvolvía la actividad comercial como una esfera específica de la actividad social. Este espíritu comienza a invadir mundos de la actividad humana con un atrevimiento y una convicción de estar revolucionando la herencia cultural recibida. Lo que va a caracterizar este nuevo espíritu es el sometimiento de la vieja ética subordinando todo al logro de una eficacia en los negocios. Dicho en otras palabras: la escala de valores de la sociedad tradicional aparece contaminada con los valores que definen el éxito  empresarial.

El paulatino abandono de los cuidados con los cuales un caballero inglés entraba al mundo de los negocios, cuidando siempre su buen nombre y honor, con el cual se había guiado en su conducta, comenzó a ser suplantado por los laureles que ofrecía el éxito proporcionado por los buenos negocios. Aquí aparece, según Weber, una mutación que introduce nuevas reglas que ya no respetarán  los viejos valores de la ética puritana. Aunque ésta mantenga las formalidades heredadas el éxito se impondrá como un valor superior.

 La segunda etapa: La herencia recibida.- El protestantismo originario no buscaba las riquezas por ellas mismas ni gozar de los bienes hasta justificar el sobre-consumo; no era bien visto el gastar inútilmente y ostentar al hacerlo. Lo que definía la conducta tradicional puritana era invertir en fines productivos y hacerlo con eficiencia. El dinero acumulado como resultado de las ganancias obtenidas o del ahorro, lo que entonces en una empresa sería el capital tenía un propósito definido: generar más trabajo. Weber considera esta ideología del ascetismo como la mayor aportación para el desarrollo y propagación de este concepto, considerado entonces “Espíritu del Capitalismo”.

Tercera etapa: El capitalismo estadounidense.- Sin embargo, desembarcar en tierras del Nuevo Mundo produjo una mutación. Si volvemos a Benjamín Franklin podemos leer en su “autobiografía” que hace:

Un llamado a la “conversión” a dichas virtudes; también sostiene “los beneficios que proporciona la estricta observancia de una modestia aparente y el hecho de disponerse a ocultar los propios méritos a fin de captarse la estimación unánime, todo ello proporciona al lector la seguridad que todas y cada una de esas virtudes lo son realmente en tanto que favorecen, en concreto, al hombre, y que la apariencia de la virtud es suficiente cuando de ella se deriva el mismo efecto que con la práctica de la propia virtud: inherente consecuencia del utilitarismo más riguroso.

Es notable el giro que da su pensamiento desde el cumplimiento riguroso de la norma hacia el relajamiento que supone mantener la apariencia de su cumplimiento como un método necesario y suficiente para el logro de una buena imagen para los negocios.