Mirando al mundo XX – Política y marketing Columna Nº 69– 17-8-16

Un poco de historia, para comprender mejor y encontrar algunas respuestas a esa pregunta dramática que quedó formulada: ¿Cómo es posible que hayamos llegado a este estado de cosas?

El sistema de producción de bienes sufrió una profunda transformación a partir de la llamada Revolución industrial, que se desarrolló en la segunda mitad del siglo XVIII en Inglaterra. Fue la respuesta técnica a un mercado en expansión mundial por la incorporación del sistema colonial, por lo cual la demanda creció en una medida tal que la producción artesanal no estaba en condiciones de satisfacer. La aparición primero de los talleres de producción, que abrirían el camino a las grandes fábricas, fueron la respuesta a la expansión capitalista. El mundo de comienzos del siglo XIX mostraba una profunda renovación que afectaría a la economía, a las relaciones sociales y a la política.

La conversión de gran cantidad de trabajadores rurales en operarios de las fábricas incorporó un nuevo actor social al panorama europeo: los proletarios ─ los que carecían de bienes─ palabra que caracterizaba a los obreros industriales de las ciudades. Las condiciones laborales fueron empeorando, el horario de trabajo de más de 14 horas diarias, seis días a la semana; los bajos salarios que se verificaban en las miserables condiciones de vida; todo ello fue creando un clima explosivo. La Europa del siglo XIX, como así también la de América del Norte ─recordar lo visto en columnas anteriores─ fue escenario de conflictos sociales como respuestas de las organizaciones sindicales en reclamo de mejoras.

Para tener una visión clara de esta época recomiendo ver la película italiana Los compañeros (1963) [disponible en /www.youtube.com/watch?v=IEQMadi-aIA].

Como resultado de estas luchas, y de las nuevas formas institucionales que se construían, los trabajadores fueron formando parte de nuevos partidos políticos: laboristas o socialdemócratas  disputarían bancas en los congresos. Las luchas en las calles se trasladaron a los Parlamentos, cuyos resultados se plasmaron en una nueva concepción del derecho: el laboral. Las leyes sociales se interpusieron entre el capital y el trabajo reglamentando cantidad de horas de trabajo, las remuneraciones y las condiciones de seguridad de las fábricas, etc. La Iglesia de Roma acompañó estos movimientos con la publicación de una Encíclica, la Rerum novarum (1891), que analizaba lo que allí se denominó: la cuestión social.

El panorama social y político del mundo desarrollado había cambiado bastante, estos cambios se percibían en las condiciones sociales y políticas que comenzaban a conformar otro mundo, hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

Paralelamente a este proceso la explotación del trabajo se había trasladado también a las colonias y al resto de la periferia. Padeciendo allí, las enormes mayorías, la pobreza extrema, la miseria, el hambre, etc. Al terminar la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), aprovechando las condiciones en que habían quedado algunas de las potencias mundiales, como resultado de las guerras, territorios de América, África y Asia emprendieron lo que se llamó el proceso de la descolonización y la emancipación.

En algunos de los países centrales de Occidente, ante el riesgo del avance del comunismo, se centralizó la intervención de la actividad económica por parte de los estados, implementando leyes de control de la rapacidad capitalista. Esto se conoció como el Estado Benefactor o Estado de Bienestar, cuya actividad reconstruyó la redistribución de las utilidades a través de impuestos al capital que se volcó en la protección social del trabajador. Este período fue conocido, según definición de los franceses, como los treinta años dorados (1945-1975).

Después de los años terribles de explotación despiadada del trabajo, tanto en las ciudades como en los campos, desde los comienzos del siglo XIX hasta finales de éste, la posguerra de 1945 ofreció un panorama social que llevó a muchos estudiosos a hablar de un capitalismo distribuidor de riquezas. La Iglesia de Roma se entusiasmó definiéndolo como un capitalismo con  rostro humano.

Mirando al mundo XX – Política y marketing Columna Nº 68 – 10-8-16

 Terminaba la columna anterior con una serie de preguntas de difícil respuestas, dado que dependiendo desde qué óptica de pensamiento sean pensadas éstas serán todas disímiles. Sin embargo eso no debe convertirse en un obstáculo, por el contrario debemos asumirlo como una desafío mayor y más atrayente. El saber de que de todas esas variables, o de combinaciones de ellas, pueden salir propuestas, necesarias y urgentes, para millones de personas marginalizadas, nos debe imponer el deber de ponernos a pensar. Esa es la propuesta que hemos iniciado.

Para darle a esta problemática un encuadre que nos ofrezca un horizonte hacia dónde mirar, para evitar viejos errores de gran parte de las izquierdas ─ y no sólo de ellas─ recuperemos una parte de la Historia que ya en la columna anterior definí como punto de partida de la investigación: la segunda mitad del siglo XIX, fundamentalmente en Europa. La etapa posterior al desarrollo de la primera Revolución Industrial mostró un panorama altamente conflictivo que fue estallando en diversas huelgas y enfrentamientos con las “fuerzas del orden”. Este orden suponía el acatamiento de una legislación que protegía los intereses del gran capital.

Ya hemos analizado en columnas anteriores las condiciones sociales de los trabajadores en los Estados Unidos. En Europa entre 1850 y 1880, en países industrializados ─ Reino Unido, Alemania, Francia e Italia ─ se producen las más importantes corrientes de ideas del siglo: en  primer lugar surgen los socialismos que dan fundamento teórico necesario para trasladar las luchas a los Parlamentos. La formación de partidos políticos de clase con el nombre de las socialdemocracias enfrentará a los partidos de la burguesía. Se abre, entonces el período de las primeras legislaciones sociales.

El concepto de “izquierda” y “derecha” tiene su origen en el marco de la Revolución Francesa. Tras la toma de la Bastilla (14-7-1789), se conforma en Francia la Asamblea Nacional Constituyente, la cual tiene como objetivo la redacción de una Constitución en la se debía definir el futuro político del país.

En ella se reúnen diputados divididos en tres zonas en función de su ideología. El primer día a la derecha del Presidente se situó el grupo de los Girondinos, que proponían una monarquía parlamentaria y sufragio exclusivo para los propietarios, tenían el apoyo de la nobleza; y a la izquierda el grupo de los Jacobinos que eran partidarios de una república con sufragio universal, tenían el apoyo de las clases populares. En el centro se mantuvieron las personas indecisas o no partidistas aún, llamándose a ese grupo el Llano. A partir de allí se conservaron estas definiciones: el que tuviera ideas moderadas se lo considera de derecha, y el de ideas progresistas se lo considera de izquierda. El resto, tanto ayer como hoy, conforman una masa de indecisos, indefinidos, que oscilan en sus preferencias.

Una definición clara la ofrece Profesor José Gómez Barata, investigador y periodista cubano, autor de numerosos estudios sobre política internacional:

El uso de los términos “derecha” e “izquierda” es un magnifico recurso para identificar y ubicar convenientemente a los actores del proceso político. Esos conceptos, forman parte de una metodología extraordinariamente popular que tiene el mérito de convertir a la política en un espacio físico, un fenómeno geográfico, un tablero en el cual colocar a las más disímiles corrientes en un esquema que, de ninguna manera, constituye un dogma.

Mirando al mundo XIX – Política y marketing – columna Nº 67 – 3-8-16

Iniciamos, con esta columna, una nueva serie en la que vamos a incursionar en un terreno bastante desconocido para el ciudadano de a pie. La conciencia ciudadana conserva todavía conceptos, hábitos, creencias, ideologías, utopías, etc., que corresponden a una concepción de la política que nació en el siglo XIX y que, con sus variantes, siguió teniendo vigencia hasta finales de la década de los setenta. El mundo occidental y, en alguna medida el resto, sufrió a partir de entonces una especie de cataclismo socio-político sin que se percibieran con claridad las rajaduras profundas que sufrieron sus bases de sustentación.  La democracia sostenida por la forma partido político se fue vaciando de contenido.

Este ciudadano de a pie padeció estas transformaciones sin clara conciencia de cuales terminarían siendo sus consecuencias. Se puede decir, sin riesgos de exagerar, que esa década representó una bisagra en la historia política de la sociedad moderna. Terminaba un período de posguerra en el que el Estado había asumido un papel de protección y servicio en beneficio de las clases medias y bajas, y comenzaba otro en el que las clases dominantes iniciaban el asalto a ese Estado para  terminar con los beneficios conquistados. Ello se verificaría en una pausada pero brutal redistribución de los bienes producidos en beneficio de las clases pudientes.

Una frase comenzó a aparecer en informes, en investigaciones, en ponencias a Congresos  académicos: “Cada vez hay más que tienen menos y menos que tienen más”. Esta frase llegó a sacudir a los Estados Unidos en una síntesis escalofriante que expresaba una población dividida entre un 1% que enfrentaba al 99% restante. No se trataba de un estudio estadístico sino en un modo político de llamar la atención sobre lo que estaba sucediendo allí. Mostraba una polarización de  la sociedad globalizada como resultado del predominio del capital financiero. Un título aparecido en los medios internacionales Desigualdad aumenta a pasos agigantados debería haber estremecido a la mayoría de los habitantes del planeta y, sin embargo, sólo logró algunos comentarios. Era el anuncio de la investigación que había llevado a cabo Oxfam.org, ─una confederación internacional formada por 17 organizaciones nacionales no gubernamentales que realizan labores humanitarias en 90 países ─:

La desigualdad extrema en el mundo está alcanzando cotas insoportables. Actualmente, el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el 99% restante de las personas del planeta. El poder y los privilegios se están utilizando para manipular el sistema económico y así ampliar la brecha, dejando sin esperanza a cientos de millones de personas pobres. El entramado mundial de paraísos fiscales permite que una minoría privilegiada oculte en ellos 7,6 billones de dólares. Para combatir con éxito la pobreza, es ineludible hacer frente a la crisis de desigualdad.

Es difícil evitar algunas preguntas que, a pesar de ello, aparecen muy poco: ¿cómo fue posible que sucediera esto? ¿cómo se paso, en el transcurso de una década, de un mundo con una distribución aceptable, aunque no había desaparecido la pobreza y la miseria, en el que dos terceras partes de él vivían de medianamente bien hacia muy bien? ¿qué mecanismos inhumanos llevaron adelante la tarea de semejantes despojos? ¿quiénes fueron los culpables de haber llegado a este estado de cosas? ¿por qué razón los despojados de sus derechos no reaccionaron?

Debo confesar que no creo poder responder, con cierta solvencia, a todos estos interrogantes pero me consideraría relativamente satisfecho si ellos lograran conmover a más personas, dado que la indiferencia es el mejor cómplice de este estado de cosas. De todos modos esta nueva serie de columnas intentarán arrojar alguna luz sobre esta terrible problemática.

Mirando al mundo XVIII (bis)– Pensarlo y comprenderlo Nº 66

Tal vez el lector de estas columnas recuerde que comenzamos el tema analizando las investigaciones de Max Weber. Comenzamos citando la pregunta con la cual encabeza su trabajo sobre la relación entre el capitalismo y la ética protestante:

¿Qué serie de circunstancias ha determinado que sólo sea en Occidente donde hayan surgido ciertos sorprendentes hechos culturales (ésta es, por lo menos, la impresión que nos producen con frecuencia), los cuales parecen señalar un rumbo evolutivo de validez y alcance universal?

Ahora, después de nuestro recorrido anterior, estamos en condiciones de comenzar a proponer una respuesta. Debemos tomar en cuenta algunos conceptos básicos que se desprenden de la ética protestante y su posterior evolución en la “Nuevas Tierras”. Veamos. Por ello hemos leído a Benjamín Franklin quien resume al menos cuatro elementos característicos del capitalismo moderno:

a) Una posición consciente del hombre de negocios frente al interés y el capital; b) una determinada obligación de actuar siguiendo patrones de diligencia, decoro, prudencia y moderación; c) el deber de ganar dinero y d) una conducta de raíz ética que se depuraba en el seguimiento manifiesto metódico e impostergable del trabajo.

Sobre estas condiciones exigibles al hombre moderno, estadounidense y protestante, se va  construyendo el modo occidental moderno del espíritu del capitalismo, sostenido por la ética del   trabajo que deja atrás los valores medievales. Esta ética consideraba la primacía de ciertos elementos predominantes de esa fuerza religiosa: a) el  racionalismo, b) la vocación ascética y c) el ahorro.

Detengámonos en la diferencia central entre esas formas capitalistas correspondientes a la etapa de la producción artesanal y el capitalismo moderno. Éste recibirá una fuerza que le otorga la Revolución Industrial inglesa. La nueva etapa se sostiene en la organización racional de la industria. En este proceso surgen dos elementos determinantes de su evolución: 1.- la separación de la economía doméstica de la industria (finales de la Edad Media) y 2.- la consiguiente contabilidad racional.

El modo tradicional de vida, como conducta, y el tipo de producción, representaron los primeros escollos que tuvo que superar el “espíritu” del capitalismo:  el cambio de mentalidad que lleva, de ganar lo necesario para seguir viviendo pasa a tener que ganar más y más dinero, y para ello no detenerse ante la necesidad de rebajar los salarios, bajar costos e incrementar la producción. Todo ello tenía un objetivo que aparece implícito en su primera etapa pero que se va tornando evidente en la medida en que las empresas van creciendo en capacidad de producir.

Esta nueva etapa del capitalismo requiere de grandes masas de trabajadores a las que deberá contratar por el más bajo precio posible. La exigencia religiosa de trabajar, como un fin en sí mismo, la encuentra en personas con una educación religiosa, con más capacidad de concentración y actitud de sentirse obligado.

Es necesario afirmar que el dato histórico que Max Weber detecta, y le sirve de base a su tesis, es la doctrina y la prédica de uno de los padres del protestantismo, el teólogo francés Juan Calvino (1509–1564). Cuando se establece en Ginebra funda su prédica en que “todo trabajo es servicio de Dios”. No sólo era importante lograr la gracia divina sino también traducir esa gracia, para verificarla en una realidad física y exterior: el éxito en los negocios. Erich Fromm advierte que en el calvinismo no sólo tiene importancia la vida virtuosa sino también el esfuerzo incesante, de tal modo que el éxito en la vida terrena, que resulta de tales esfuerzos, sea un signo de salvación.

Mirando al mundo XVIII– Pensarlo y comprenderlo Columna Nº 65 –  20-7-16

En este recorrido investigativo, en el cual Max Weber nos iluminó el camino, hemos podido llegar a definir algunas líneas generales del contenido de lo que conforma una parte substancial del espíritu de la globalización. Esta definición, que se apoya en las conclusiones de Weber, me permite ofrecer un modo de pensar la cultura dominante en este siglo XXI tomando como base el concepto: espíritu del capitalismo. Entonces, es necesario decir algo más sobre qué entiende este investigador sobre este tema. Voy a plantearlo como un análisis en tres etapas:

 Primera etapa: La superación de la vida tradicional.- El espíritu capitalista es un concepto con el cual permite identificar un nuevo estilo de vida, subordinado a ciertas normas y sometido a una ética determinada. Todo ello es el resultado de una modificación de los modos dentro de los cuales se desenvolvía la actividad comercial como una esfera específica de la actividad social. Este espíritu comienza a invadir mundos de la actividad humana con un atrevimiento y una convicción de estar revolucionando la herencia cultural recibida. Lo que va a caracterizar este nuevo espíritu es el sometimiento de la vieja ética subordinando todo al logro de una eficacia en los negocios. Dicho en otras palabras: la escala de valores de la sociedad tradicional aparece contaminada con los valores que definen el éxito  empresarial.

El paulatino abandono de los cuidados con los cuales un caballero inglés entraba al mundo de los negocios, cuidando siempre su buen nombre y honor, con el cual se había guiado en su conducta, comenzó a ser suplantado por los laureles que ofrecía el éxito proporcionado por los buenos negocios. Aquí aparece, según Weber, una mutación que introduce nuevas reglas que ya no respetarán  los viejos valores de la ética puritana. Aunque ésta mantenga las formalidades heredadas el éxito se impondrá como un valor superior.

 La segunda etapa: La herencia recibida.- El protestantismo originario no buscaba las riquezas por ellas mismas ni gozar de los bienes hasta justificar el sobre-consumo; no era bien visto el gastar inútilmente y ostentar al hacerlo. Lo que definía la conducta tradicional puritana era invertir en fines productivos y hacerlo con eficiencia. El dinero acumulado como resultado de las ganancias obtenidas o del ahorro, lo que entonces en una empresa sería el capital tenía un propósito definido: generar más trabajo. Weber considera esta ideología del ascetismo como la mayor aportación para el desarrollo y propagación de este concepto, considerado entonces “Espíritu del Capitalismo”.

Tercera etapa: El capitalismo estadounidense.- Sin embargo, desembarcar en tierras del Nuevo Mundo produjo una mutación. Si volvemos a Benjamín Franklin podemos leer en su “autobiografía” que hace:

Un llamado a la “conversión” a dichas virtudes; también sostiene “los beneficios que proporciona la estricta observancia de una modestia aparente y el hecho de disponerse a ocultar los propios méritos a fin de captarse la estimación unánime, todo ello proporciona al lector la seguridad que todas y cada una de esas virtudes lo son realmente en tanto que favorecen, en concreto, al hombre, y que la apariencia de la virtud es suficiente cuando de ella se deriva el mismo efecto que con la práctica de la propia virtud: inherente consecuencia del utilitarismo más riguroso.

Es notable el giro que da su pensamiento desde el cumplimiento riguroso de la norma hacia el relajamiento que supone mantener la apariencia de su cumplimiento como un método necesario y suficiente para el logro de una buena imagen para los negocios.

 

 

 

Mirando al mundo XVII– Pensarlo y comprenderlo columna Nº 64 –  13-7-16

Max Weber se propone rastrear evidencias que relacionen los dos conceptos que coloca en el título de su libro: La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Siendo su propósito aportar pruebas sobre esta relación descubre en los textos de Benjamín Franklin, personaje al que atribuye particular importancia, y en sus libros que fueron utilizados por un tiempo prolongado, como lectura obligatoria en las escuelas de los Estados Unidos.

En ellos descubre la trascendental influencia de esa mentalidad, que denominó el espíritu del capitalismo, en el ciudadano estadounidense. Por estas razones elige a Franklin como el mejor o más ilustre representante de ese espíritu inspirador. Como ya vimos en la columna anterior, es un personaje político muy importante en esos primeros tiempos en los que se estaba definiendo el futuro que le esperaba a ese gran país. Los títulos de sus libros son muy significativos: El libro del hombre de bien, luego su Plan de mejora moral” y, posteriormente, Consejos a un joven jornalero en el que acuña una frase que se va a hacer famosa: Tened presente que el tiempo es dinero (Time is money)

“Acordaos siempre que el crédito es dinero… No olvides que el dinero es de naturaleza prolífica… El buen pagador es dueño de la bolsa ajena… Después del trabajo y de la economía, lo que más contribuye en el mundo a la prosperidad de un joven es la puntualidad y la honradez en sus tratos…”

Otro de sus libros, escrito en 1736, lleva por título lo que configura toda una confesión de los propósitos que motivaron su escritura: Advertencias necesarias a los que quieren ser ricos. No parece necesario insistir en algunas explicaciones dada la evidencia de lo que está expresando. Sus posibles lectores son convocados bajo la promesa de que van a encontrar en él consejos e informaciones respecto de qué se debe y qué no se debe hacer cuando el objetivo principal es acumular una fortuna:

Recuerda que el tiempo es dinero. Aquel a quien le está dado ganar diez chelines por día con su trabajo y se dedica a pasear la mitad del tiempo, o a estar ocioso en su morada, aun que destine tan solo seis peniques para sus esparcimientos, no debe calcular sólo esto, sino que, realmente, son cinco chelines más los que ha gastado, o mejor, ha derrochado. Considera que el crédito es dinero. Si la persona a quien le debes un dinero deja que éste siga en tu poder, permite, además, que tú disfrutes de su interés y de todo cuanto te sea posible ganar con él en tanto transcurre el tiempo. De tal manera se puede acumular una cantidad considerable si se tiene buen crédito y capacidad para emplearlo bien.

Y continúa en el mismo tono desarrollando sus argumentos que harán posible llegar a ser una persona de fortuna:

“Considera que el dinero es fecundo y provechoso. El dinero puede engendrar más dinero, los sucesores pueden engendrar aún más y así unos a otros. Si cinco chelines son bien colocados, se convertirán en seis, éstos, a su vez, en siete que, asimismo, podrán devenir en tres peniques, y llegar en sumas sucesivas hasta constituir un todo de cien libras esterlinas. A cuanto más dinero invertido, tanto más es el producto. Así, pues, el beneficio se multiplica con rapidez y en forma constante. Aquel que mata una cerda, reduce a la nada toda su descendencia hasta el número mil.

Mirando al mundo XVI– Pensarlo y comprenderlo columna Nº 63 –  6-7-16

En la columna anterior dejé señalada la tesis que sostiene la investigación de Max Weber que plantea la relación que descubre entre la aparición de un sistema económico definido: capitalismo, y la vigencia cultural de una ética muy severa como lo es el calvinismo en el seno de la Reforma protestante. Voy a pasar a mostrar la argumentación del este investigador. Encuentra un aspecto sorprendente: la relación entre la mayor cantidad de bienes de los protestantes  respecto de los católicos, y se pregunta:

¿Cuál puede ser el motivo de este porcentaje superior de acuerdo a la totalidad de la población, con el que los protestantes toman parte en la posesión de capital y en la dirección, así como también en los puestos más encumbrados en el trabajo de las empresas de mayor categoría tanto en la industria como en el comercio?

Y responde a esta cuestión: ello se debe, en parte, a motivos históricos, cuyas raíces se encuentran en el pasado remoto. Las poblaciones más ricas, se habían convertido al protestantismo en el siglo XVI. Por lo que respecta al calvinismo, esa conversión se desarrolló en regiones de gran actividad industrial, comercial y financiera ─ la Europa del norte─ desde donde partió la expansión del espíritu capitalista. Se dijo en aquellos tiempos que la Diáspora calvinista fue  un “vivero de la economía capitalista”.

Esta diáspora tuvo como protagonistas a los viajeros del Mayflower, nombre del barco que, en 1620, transportó a los llamados Peregrinos desde Inglaterra, en el Reino Unido, hasta un punto de la costa este de América del norte, hoy ubicado en los Estados Unidos de América. Este tema ya fue tratado en columnas anteriores.

El Barón de Montesquieu (1689 – 1755) escribió en su libro El espíritu de las leyes (1747) que:

Los ingleses son quienes más han contribuido, entre la totalidad de los pueblos del mundo, con tres elementos de suma importancia: la piedad, el comercio y la libertad. ¿Hay coincidencia real entre su superioridad en el orden industrial —así como en su inclinación a la libertad— con aquel espíritu piadoso. Personas con esta tradición, con esos valores éticos y políticos fundaron a partir de las trece colonias, los Estados Unidos de Norteamérica.

El concepto “espíritu del capitalismo” es el concepto que Weber utiliza como una síntesis de  esos valores. Es posible hallar en una “individualidad histórica”, mencionada más arriba, el contenido de ese significado cultural. Ese “espíritu del capitalismo” puede encontrarse en un documento que lo sintetiza con claridad. Esa es la razón por la cual, nuestro investigador, se apoyó en él puesto que detectó lo siguiente:

En cuyo contenido hallamos con notable nitidez lo que de manera más directa nos interesa, además, está desprovisto, venturosamente, de una coherencia directa con la religión y, por consiguiente, tiene la virtud de estar “libre de supuestos” —para nuestro tema.

Su autor es Benjamín Franklin, un político, científico e inventor estadounidense. Es considerado uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos por lo cual su pensamiento nos ofrece, según Weber, una condición muy especial para comprender cómo debe entenderse ese “espíritu”. La época de su más intensa actividad política se inició en 1757. Se le  atribuye la idea primigenia de unos Estados Unidos como nación unificada. Fue uno de los miembros de la convención encargada de la redacción de la Constitución estadounidense (1787). No fue un pastor protestante pero recibió una educación calvinista en su familia que lo convirtió en una buena referencia, según Weber.

Mirando al mundo XV– Pensarlo y comprenderlo Columna Nº 62 – 29-6-16

Llegados a este punto, vamos a detenernos para abrir un momento de reflexión sobre los entramados históricos que subyacen al discurrir de los hechos sociales y culturales cotidianos. Quiero llamar la atención del ciudadano de a pie, sobre las limitaciones que impone el tratamiento periodístico de los grandes problemas. Es decir, al convertir todo en noticia, los hechos trascendentales aparecen llevados por la catarata informativa diaria. De este modo se impide el análisis de las grandes corrientes culturales, en su sentido omnicomprensivo, que van conformando un marco de proceso. Sólo dentro de él es posible entender los cambios estructurales.

El párrafo anterior, puede parecer un señalamiento académico al alcance de pocos, pero debo insistir en que sólo mediante el ejercicio del alejamiento de lo inmediato, de lo que está a la mano, es posible un análisis y compresión de los fenómenos fundamentales de la historia humana. Volviendo al curso que venimos siguiendo en las columnas anteriores, ahora intento acercarnos al problema básico que diferencia las historias de los dos pueblos que he presentado: la de los estadounidenses, que ha llegado hasta nosotros muy maquillada por su aparato publicitario, y la del nuestro, que ha padecido un déficit de autoestima en las comparaciones con esa otra historia.

El sociólogo alemán, Max Weber (1864-1920), profesor de la prestigiosa Universidad de Heidelberg, estudió los orígenes del capitalismo. En un libro suyo La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904) propuso una tesis muy importante para comprender este acontecimiento de trascendencia mundial. Comenzaba su estudio con esta afirmación:

Si alguien perteneciente a la civilización moderna europea se propone indagar alguna cuestión que concierne a la historia universal, es lógico e inevitable que trate de considerar el asunto de este modo: ¿qué serie de circunstancias ha determinado que sólo sea en Occidente donde hayan surgido ciertos sorprendentes hechos culturales que han generado un rumbo evolutivo de validez y alcance universal?

En este libro pretende aproximarse a un momento concreto, de suma importancia, que posibilitó redefinir con claridad una relación que se fue facilitando por la incidencia de ciertos ideales religiosos en la conformación de lo que él definió como una “mentalidad económica”. Esta situación, de características muy especiales prestó la condición sin la cual la emergencia del proceso capitalista no hubiera tenido lugar, por lo menos en ese tiempo y en ese lugar.

El deseo de ganancia existió desde la antigüedad, pero la ganancia siempre renovada, acumulada, a partir de una sistematización racional de la producción y el comercio, fue la novedad. De modo tal que, dentro de esa organización de la economía: el orden capitalista desplazó y subordinó cualquier esfuerzo individual que no tuviera ese objetivo: el lucro. La ganancia convertida en rentabilidad del capital modificó el orden social. La novedad que se presentó en Occidente fue la organización de una forma económica, desconocida hasta entonces en cualquier otra parte del mundo: la organización racional-capitalista del trabajo básicamente libre.

Evidentemente, la ruptura con el tradicionalismo económico dio paso a modos y costumbres que requieren encontrar las causas profundas, excepcionales, que posibilitaron esa novedad. Weber ofrece, entonces, una explicación que se impuso en la línea de las investigaciones posteriores sobre el capitalismo: la incidencia de la ética protestante.

Mirando al mundo – Pensarlo y comprenderlo Ricardo Vicente López – 22-6-16

Volvamos ahora sobre Domingo F. Sarmiento; no se lo puede estudiar ni entender si se lo separa del tiempo y de las condiciones políticas y culturales que le tocó enfrentar. Todo ello, por ser un hombre político práctico, no pudo evitar, lo que aparece en sus escritos, como profundas contradicciones. Debe destacarse que mucho de ello se debe a una enorme sinceridad, una sinceridad descarnada, que lo llevaba casi siempre a pasar por políticamente incorrecto: insultó a la oligarquía de su tiempo y, al mismo tiempo, pidió no ahorrar sangre de los mismos gauchos a los que, sin embargo llamaba “el soberano” y se obsesionaba en educar. Sarmiento fue todo eso y así debe ser tomado, sin parcializar su personalidad.

Su obra fundamental es el Facundo, en la que sintetiza en Facundo Quiroga (1788-1835), todos los males de la Argentina de aquel tiempo. A este importante caudillo, nacido en sus pagos y a quien él conoció en su juventud, lo elevó en su consideración a enemigo máximo. Por tal razón lo convirtió en uno  de los dos polos del problema argentino, como lo presentó en el subtítulo: “Civilización y Barbarie”. En diciembre de 1845, a sus 34 años, le envía al General José María Paz (1791-1854), un ejemplar de su obra cuyo título original fue: Civilización y Barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga. En la dedicatoria le decía:

Remito a su excelencia un ejemplar del Facundo, que he escrito con el objeto de preparar la revolución y preparar los espíritus… Obra improvisada, llena por necesidad de inexactitudes, a designio a veces, no tiene otra importancia que la de ser uno de los tantos medios tocados para  ayudar a destruir a un gobierno absurdo y preparar el camino de otro nuevo. (Destacados míos)

La importancia de la vida de ese caudillo radicaba en que se había convertido en modelo de gaucho. Facundo era el estereotipo del “atraso” esa presencia la hace evidente cuando la define como: la “sombra terrible de Facundo”:

¡Cierto! Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento (…) Facundo, provinciano, bárbaro, valiente, audaz, fue reemplazado por Rosas, hijo de la culta Buenos Aires sin serlo él; por Rosas falso, corazón helado, espíritu calculador….

Facundo, a quien odia y admira a la vez, no lo presenta como una voluntad individual, sino como la “expresión fiel de una manera de ser de un pueblo, de sus preocupaciones y sus instintos”. Con estas palabras expresaba su programa político: vencer la barbarie para entronizar la civilización. Su obra fundamental, que ha sido considerada una de las piezas literarias más importantes de la Argentina, lo cual muestra el genio sarmientino, fue al mismo tiempo un programa político para emancipar a la Argentina del yugo de la ignorancia. La dicotomía civilización y barbarie recortaba el campo político y alrededor de ese eje se definía el gran problema de la Argentina.

Él, como muchos pensadores de su época, definía la civilización como la cultura de la ciudad: allí tenía vida lo que estaba en contacto con lo europeo es decir lo que en aquel tiempo se entendía como el progreso. Del otro lado, y enfrentando todo posibilidad de su realización, aparecía la barbarie, cuyo territorio excluyente era el campo, donde se concentraba el atraso, el indio y el gaucho. Así planteado el problema político no había otra salida para emprender el camino de los países cultos que eliminar al bárbaro. Lo expresaba, contradictoriamente, en un lenguaje bárbaro: “Quisiéramos apartar de toda cuestión social americana a los salvajes por quienes sentimos sin poderlo remediar, una invencible repugnancia”.

Mirando al mundo XIV– Pensarlo y comprenderlo columna Nº 61 – 8-6-16

 Debemos retomar ahora lo dicho sobre el cuadro social, político, económico y cultural  que presentaba el gran país del norte, los EEUU, en los comienzos del siglo XX. Si bien la conflictividad ya no era la de fines del XIX no había desaparecido, en las élites gobernantes, el temor por nuevos estallidos. Tal vez, la  dificultad mayor emergía de la imposibilidad, hasta entonces, por no haber consolidado políticamente la unidad nacional. Los Estados Unidos eran, como su nombre lo anunciaba, una reunión de territorios y poblaciones diversas que estaba lejos de parecer Francia, Alemania o el Reino Unido, como modelos comparativos de Estados nacionales. No es que estos fueran un dechado de felicidad, pero los largos siglos de historia habían abonado un suelo común bastante sólido.

Los más o menos cinco siglos de historia de las naciones europeas no eran comparables frente a poco más de un siglo de los Estados Unidos, si tomamos como origen la Declaración de Independencia (1776) Sin olvidar que la totalidad del territorio que conformaron los Estados Unidos de Norteamérica aparecieron consolidados políticamente recién sobre los finales del siglo XIX. El siglo XX mostraba todavía mucho por hacer para que se pudiera hablar plenamente de una nación moderna.

 Vamos, ahora, a volver sobre una personalidad muy importante de ese momento, ya mencionada en columnas anteriores, Walter Lippmann (1889-1974), que aportó mucho estudio, investigación, reflexión y propuestas políticas, para el proyecto de colocar a su país como una potencia dentro del escenario  internacional. Comencemos con una  breve biografía:

Fue un intelectual estadounidense, periodista, comentarista político, crítico de medios y filósofo. Centró sus esfuerzos en reconciliar la tensión existente entre dos conceptos difíciles de armonizar: la libertad y la democracia dentro del complejo mundo moderno. Obtuvo dos veces el Premio Pulitzer  (1958 y 1962) por su columna Today and Tomorrow (Hoy y mañana).

Las conclusiones a que lo llevaron sus estudios y experiencias políticas sobre la historia de su país fueron la detección de una falencia en la sociedad política de ese tiempo:

1.- Los ideales democráticos se habían deteriorado; 2.- Los votantes eran esencialmente ignorantes sobre las políticas y los temas de debate público; 3.- Carecían de preparación y competencia para participar en la vida pública; 4.- Se preocupaban bien poco por comprender y participar en el proceso político.

Estas definiciones pueden espantar a un ciudadano de nuestro tiempo, sobre todo a un argentino, que ha sido educado en la defensa de los valores de la democracia. Debemos recordar que la democracia fue una propuesta política de pensadores franceses. Los Padres Fundadores de los Estados Unidos centraron sus esfuerzos en la construcción de una República, para distanciarse de sus colonizadores británicos que profesabas una fe monárquica. Analicemos la definición de estos dos conceptos, monarquía y república:

El término monarquía proviene de la fusión de los términos griegos: monos = uno y arkein = poder, que significa “el poder concentrado en uno”. Se distingue de la tiranía o del despotismo porque implica un poder legítimo, lo que la diferencia de otros gobiernos que se caracterizan por la ilegalidad y la arbitrariedad en el ejercicio del poder.

Por su parte la segunda, república, debe entenderse como:

República: del latín: res = cosa, y pública; se puede traducir como “cosa pública” o “lo público”. En sentido amplio, es un sistema político que se fundamenta en el imperio de la ley (constitución) y la igualdad ante la ley, como la forma de frenar los posibles abusos de las personas que tienen mayor poder, del gobierno y de las mayorías, con el objeto de proteger los derechos fundamentales y las libertades civiles de los ciudadanos, de los que no puede apartarse nunca un gobierno legítimo.

Las investigaciones de Lippmann sobre estos dos conceptos y sobre las experiencias políticas de su país y de otros de Europa lo llevaron a conclusiones que hoy aparecen como muy polémicas.