Corrupción e información pública

Le gente está tan saturada de oír hablar de la corrupción, es tanto lo que se muestra al respecto, que se oyen quejas porque ya aburre. Esa gente no sabe apreciar el servicio que nos brindan los medios (se llaman así porque se ponen en el medio) poniendo en nuestro conocimiento todo ello. Ya hemos visto que este tema no es nuevo, que tiene larga historia. Pero la diferencia radica en que en aquellos tiempos no había ni diarios, ni radio, ni tele, ni brillantes comunicadores independientes, ni periodistas probos (porque prueban de todo), ni la agudeza que hoy exhiben para comentar el acontecer cotidiano. Aquellos hombres vivían en la ignorancia total. Con decirles que ni sabían leer, salvo “unos pocos elegidos” como dicen Les Luthiers. Por ello, entre su ignorancia y las pocas informaciones que les llegaba de la tradición oral, era muy fácil engañarlos. En cambio nosotros tenemos informaciones en “vivo y directo” de cualquier parte del mundo. Una información instantánea y veraz, descomprometida de cualquier poder que intente ponerla a su servicio, por lo que estamos en conocimiento cierto de todo lo que pasa. Es tal certeza que nos brindan que mucha gente afirma seriamente que “si no pasó por la televisión eso no ocurrió”.
En lo local tenemos un Haddad que ha comprado muchos medios de comunicación en poco tiempo, para evitar que algún poder extraño se le adelante e intente engañarnos con sus informaciones. Él se hizo de una gran fortuna en breve plazo, que la puso en ese objetivo, pero no le alcanzaba. Por ello, fue a buscar a unos amigos que tiene en los EE. UU. y les pidió prestado algún dinero para completar el pago. Miren hasta donde es capaz de sacrificarse por brindarnos una buena comunicación. Su disposición para servir a su gente no siempre es reconocida como merecería. En el nivel internacional una de las figuras señeras, en el mundo de la información, puede ser Ted Turner con su creación de la cadena CNN. El esfuerzo informativo que desplegó llegó al extremo de arriesgar a sus hombres al enviarlos al Medio Oriente, cuando nadie quería ir, para traernos en directo la operación Tormenta del Desierto. Y fue tan minucioso en su trabajo que cuando la transmisión del desembarco no quedó como él deseaba exigió a los marines que subieran a los barcos y volvieran a desembarcar. Todo este esfuerzo para brindarnos las mejores imágenes. Otro que puede nombrarse, entre otros muchos, es el australiano Rupert Murdoch (el de Fox News) que compró cadenas de televisión, radios y revistas en todo el mundo para garantizar el flujo limpio de la información.
Gracias a toda esa voluntad, puesta al servicio de la mejor información, estamos al tanto de todos los actos de corrupción que se producen. Aquí radica la fundamental diferencia con otras épocas de la historia. Eso nos permite dudar sobre si hoy has más corruptos que en otra época. En esto, como en muchas otras cosas, lo que ocurre es que estamos más y mejor informados, y por ello tenemos la “sensación informática” que hoy hay más corrupción. Al contrario, porque la conocemos cada vez hay menos. ¿Quién se atrevería hoy a caer en manos de la justicia por cometer un ilícito, al saber que se conocería de inmediato?

Yo acuso III: confesión globalizada

He leído, en estos días, en los medios de información: “El embajador Rubens Ricupero sabe bastante sobre globalización. De hecho fue uno de quienes la forjaron, no siempre con entusiasmo, es justo decir, desde su puesto en la jefatura de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (conocida como UNCTAD, por su sigla en inglés), como negociador brasileño ante la Organización Mundial de Comercio (OMC) y como ministro de Economía de su país e influyente cabo electoral de Fernando Henrique Cardoso cuando éste dejó el Ministerio de Economía para disputar la presidencia”. Todo un personaje, como puede verse.
Sin embargo, con semejante currículum a cuestas, que le debía pesar bastante, en uno de sus últimos actos públicos antes de dejar la UNCTAD, (no se dice si se fue o lo fueron) Ricupero: “alertó a los gobiernos de los países pobres que debían pensar dos veces antes de liberalizar sus economías” (a buena hora, nada menos que quince años tarde), ya que dijo: “embarcarse en la liberalización es como entrar a la mafia. Si después uno se arrepiente, no se sale de ella mandando una carta de renuncia”. Le faltó decir: “Que parezca un accidente”. Le faltó decir qué puesto de responsabilidad tenía en la línea de mandos de la mafia. Le faltó decir cómo se hace para salir como él lo hizo. ¿Mandó una carta de renuncia?
Pero, tanta pretensión de sutilezas pareciera borrar el acto de arrepentimiento (¿se habrá arrepentido?). No debemos dejar de agradecerle su confesión, en estas épocas de tantas confesiones y arrepentimientos, porque es “cristiano el arrepentirse” y es “cristiano el perdonar”. Recordándole a él, justo a él, que “perdónanos nuestras deudas” (las deudas grandes) también es “cristiano”.

La Pachamama y la racionalidad económica

Debo confesar que estoy muy confundido. Y creo que la causa mayor radica en que fui un joven en los sesenta y setenta. Ese pasado, que se desarrolló entre emociones intensas, baños de cultura popular y pasiones encendidas, tuve que someterlo al enfriamiento de los ochenta y a la globalización de los noventa. Me convertí entonces en un hombre centrado, racional, analítico, es decir, en un intelectual de la época. Ya no creí que el mundo se podía cambiar, acepté no sin cierto dolor que la historia había terminado, que habíamos llegado a esa meseta que los tiempos habían preparado como final de una larga ascensión. El capitalismo, con su mecanismo de mercado abierto, estaba preparado para resolver todos los detalles que faltaran para un perfecto funcionamiento y la democracia liberal, con sus partidos representativos, le darían el marco legal necesario.
En fin, la racionalidad había tomado el comando del mundo y éste estaba ya colocado sobre los rieles de un cómodo, tranquilo y placentero camino, sin sobresaltos. Me dije: la verdad está en los libros, en los congresos, en las academias. Debía enterrar definitivamente aquellos rescoldos de viejas ilusiones que todavía pretendían chisporrotear en el fondo de mi conciencia. Hasta allí estaba todo claro.
Pero resulta que leo el diario y veo la televisión y me encuentro a un dirigente que reunía todos los atributos para que se ganara mi respeto y mi admiración, un hombre que reunía en sí todos los atributos que lo hacían merecedor de mi envidia: serio, inteligente, atildado, mesurado, moderado en sus apreciaciones, ponderado en sus juicios, fue parte de una ceremonia que puso mi cabeza en descomposición.
Me cuesta decirlo, pero debo afrontar este duro trance para mí: el Doctor Lavagna, rodeado de indígenas vestidos a la usanza quichua, le rindió culto a la Pachamama. “Le ofrendó cigarrillos, alcohol, sahumerios y (escuchen bien) hojas de coca”. Y todo ello “para pedirle protección y hacerle promesas”. Pronunciando estas palabras: “Madre Tierra, que el maíz que estoy vertiendo sea el anuncio de que ningún argentino pase hambre”. ¿Cómo entender que recurra al “pensamiento mágico” como programa de campaña? Si lo necesita, por si gana la presidencia, que mal veo a nuestra patria.
Entonces, se comprenderá cómo me siento. ¿Hemos vuelto a los viejos tiempos en los que imperaba la irracionalidad o es que la posmodernidad todo lo permite? Si rinde culto con toda convicción, este hombre ya no es el que era. Si lo hace sólo como un golpe publicitario, tampoco es el que prometía. “Me he vuelto pa’ mirar y el pasao me ha hecho reír, las cosas que he soñao, me cache en die qué gil”.

Siglo XXI señores, ¡por favor!

Hace muchos años había aparecido una publicidad de un talco que comenzaba preguntando: “¿Será nena será varón…? La respuesta era muy simple: “es lo mismo”. Claro, como se trataba de comprar un talco para bebés no daba lugar a grandes disquisiciones de género al respecto. Pero, ahora se trata del poder y, como todo el mundo sabe, con el poder no se juega. Por el contrario, pareciera que el poder juega con más de uno. Y aquí no parece importar si es nena o varón. (Advertencia: esto no es kitchnerismo; es un desafío a la inteligencia)
He visto que en los medios ha aparecido el problema de la posibilidad de una mujer en el poder. Y las preguntas que se hacen es si estará en condiciones de ejercerlo. Pero, señores, seamos serios (digo “señores” porque parto del supuesto de que las mujeres, o sea las “señoras”, no se hagan estas preguntas, ¿o sí? Esto, entonces, sería grave, gravedad de género ¿no?). Después de haber visto sentado en el sillón de… (perdónenme pero no puedo nombrarlo, la culpa la tiene mi inclinación a leer historia y descubrir quién es quién) a cada personaje sobre los cuales hubiera sido sano preguntarse si estaba en condiciones de ejercerlo, ¿ahora se nos ocurre esta pregunta?
Deberíamos sincerarnos: el problema no es si es capaz de ejercer el poder, el problema real es que es mujer. Claro está, si la comparación se hace con la residente en España, que se molestaba cuando la “atosigaban”, puede dar lugar a las sospechas. Pero pensándolo un poco, la comparación ¿no la favorece y mucho? Por lo que sugiero que cambien el ataque. Porque aquella triste historia tiene más semejanzas con un personaje que también salió en helicóptero: ambos vivían en el topos uranos, para ser compasivos y piadosos. Y si bien de ella se temió por sus capacidades en aquel momento, de él se cantaban loas. Seguro, por parte de aquellos desmemoriados que olvidaron qué había estado haciendo sentado en el senado durante años. Y la desorientación que exhibe el personaje hoy ya la tenía entonces. Es congénita.
Ahora bien si el problema es ser la esposa de…, acá aparece otro olvido. No hace más de cinco o seis años el tema era el inverso: él era el esposo de ella, y esto por más de diez años. Entonces, colegas esposos, preguntémonos cuántos de nosotros se sentiría cómodo con una mujer al lado nuestro tan “dócil” como ella. Y agreguemos más preguntas: ¿Por qué a otra mujer que se llamaba “Ella”, nadie le preguntó si era capaz de ser gobernadora, y a otra bastante más petiza tampoco? ¿“A los argentinos, señor, qué nos pasa…” que caemos en tales confusiones?
Por lo que creo que deberíamos centrarnos en qué piensa, qué dice que va a hacer, qué propone. Y cuando se escribe, se habla por radio o televisión, tanto sobre este tema lo que no aparece es lo que voy a proponer: a) que se le revise el “currículum” (o como se deba llamar) a todo candidato a la presidencia, b) que se le tome luego un test de inteligencia y un examen de conocimientos generales, c) que redacte ante un jurado una mínima monografía sobre por qué cree que tiene condiciones para ser presidente, y d) que se habilite a presentarse a elecciones a los que hayan aprobado. Y dejemos de lado si es hombre o es mujer. Siglo XXI señores, ¡por favor! (El problema, debo confesarlo, es la composición del jurado).

Historia ¿qué te pasa?

Después de lo acontecido en la ciudad de Buenos Aires, que por efecto de la escasez de Memorex llegó al Gobierno un determinado personaje, debemos preguntarnos seriamente sobre un tema muy difícil: ¿Cómo distribuye Dios (o la Naturaleza, o la Diosa Razón, o aquel a quien guste atribuir el problema) la inteligencia? A partir de allí volver a preguntarnos si en realidad el problema radica en la inteligencia o en algún otro rincón del alma (perdóneseme el arcaísmo, el problema mío es el tiempo… el tiempo que hace que nací). Volvamos a la inteligencia. Alguien, hace ya tiempo, dijo que la inteligencia era lo mejor repartido, dado que no conocía a muchos que se quejaran de lo poco que le había tocado. Por lo que concluía que se debía haber hecho un reparto democrático (si es que puede ser democrático un reparto de un bien tan escaso).
Estoy adivinando una chispita de agudeza en sus ojos que intenta deslizar la sospecha de que soy un filmusista (¿se dirá así?). Pues bien, no lo soy. Sólo pretendo comprender la historia, y esto ya es suficientemente difícil para el pasado ¿qué le cuento con los hechos tan recientes? Pero, como porteño arrojado a la barbarie del interior, después de tantos años aquerenciado, no puedo dejar de sentir ciertas “nostalgias por los años que han pasado”, y el corazón me reclama explicaciones. Allá voy.
Tal vez, el tema radique en una simple diferenciación entre tener inteligencia o estar politizado. Encuentro aquí una distinción útil. La inteligencia es, por lo menos, un mecanismo de análisis que parte de una simplificación del problema, un desarme de las partes componentes, para luego encontrar alguna solución. ¿Quién de chico no desarmó un juguete y no pudo volver a armarlo? Esto podría ir señalando que la inteligencia no alcanza para encontrar una respuesta al problema planteado. Y si el problema de que se trata es de naturaleza política, como se dice ahora: se complica. De allí se podría descartar el tema de la inteligencia y recurrir a otro más sencillo pero no más fácil: la memoria.
Los tiempos que corren, posmodernos (para usar una palabra a la mano que no dice nada pero suena a intelectual) se aferran a la liviandad de “vivir el presente inmediato”, por lo que se desecha todo pensamiento que pretenda plantear una continuidad con el pasado o se arroje a la temeridad de lanzarse hacia el futuro. (¿Se acuerda de aquellos en que se hablaba de la estrategia? Palabra arrojada al desván de los recuerdos). Ese modo de vivir perpetuamente en el presente ha transformado la profesión de historiador en la de fotógrafo. Todo se reduce a la instantaneidad.
Por ello debemos olvidar a Heródoto y colocar en su lugar a esos fotógrafos de plaza (si es que existen todavía). La verdad no radica en el proceso que da lugar a un resultado, éste borra todo su recorrido y se convierte en un ente metafísico que aparece de pronto y “es lo que es” (perdón Aristóteles). Los hermanos Lumiere estaban locos de contentos por haber transformado la incipiente fotografía en una sucesión que daba movimiento y se convertía en cine. Pues bien, el cine ha muerto, se acabó la historia. ¿Será esta la respuesta? Por las dudas, voy a volver a pensarlo.

Si lo nuestro es pasar… que pase pronto

“Todo cambia y todo pasa, pero lo nuestro es pasar…”. Me quedé pensando en este verso del maestro Machado, que las malas lenguas dicen que cantaba por lo bajo, en su versión serratiana, el nuevo jefe porteño. Me preguntaba si no ha sido cambiado, por el desgaste del tiempo, el sentido que quiso darle el vate español. Supongo que no debe faltar el malpensado que sostenga que no fue el desgaste del tiempo sino el desgaste que sufrió la verdad profunda en tiempos posmodernos. Tiempos que, como todo el mundo sabe, dan para todo.
Y, justo en este momento, aparece la imagen de mi viejo que me mira aterrado diciéndome “¿qué te ha pasado que comentás estas cosas como si nada pasara?”. Pero, como le digo a ese viejo socialista (pero de los de antes, romántico, idealista, utópico) que este mundo se dio vuelta de tal forma que poco queda del que él conoció. De aquel tiempo en que me llevaba de la mano a una plaza a escuchar la verba encendida de Palacios o a ver teatro independiente en las salas del centro de Buenos Aires. Le debería decir que hoy ya no está Palacios, cerraron las salas de aquellos teatros, tal vez por falta de rating, o porque los costos no dan. Y tendría que escuchar su tono irónico diciéndome: “ya te olvidaste que no hacía falta la guita porque todo era «por amor al arte»”.
Sin embargo, (hablo despacio para que no me oiga el viejo), algo de verdad deben tener los que dicen que se desgastó la vieja verdad. A aquella verdad había que descubrirla cuando se trataba de denunciar algún hecho escandaloso (claro que al lado de los de hoy, el mayor escándalo podía ser que se le viera la bombacha a la novia del Pato Donald). En cambio ahora todo es posible, porque todo está revuelto “como en la vidriera de los cambalaches”. Y pensar que esto fue dicho hace más de setenta años y nos parecía una humorada.
Cómo podría explicarle que no hace falta buscarlas, hoy se publica en todos los medios: la CIA da a luz documentos secretos en los que se puede comprobar la cantidad de delitos de todo tipo que cometió (y comete hoy), asociada a los peores personajes de la mafia, que el FBI decía que estaba buscando. La gran policía norteamericana, a quien le confiamos muestro ADN, no encontraba lo que ocultaba otra institución de la gran república. Cómo se lo digo.
Peor aún. Como le digo que una representante de la clase obrera, la “clase revolucionaria” que el quería y admiraba, se quiere hacer las lolas. Y lo reivindica como una “conquista social de los pobres” a la que tienen derecho todas las mujeres pobres. Pregunté si cuando decía eso tenía una remera con algún cirujano plástico de sponsor, pero no supieron decirme. Me aferro a la posibilidad de que desde el más allá no se pueda ver a Tinelli porque Pedro lo tiene prohibido, porque no está mal que algunas cosas se prohíban, sobre todo cuando son de semejante falta de respeto a ese pasado de mi viejo.
Pero lo peor que podría decirle, entre antas pavadas como estas, es que su Buenos Aires querido está en manos de… mejor me callo y paro acá.

Ya llegaremos a ser totalmente democráticos

Hemos llegado a disfrutar de una maravillosa democracia en la que se puede opinar sobre todo. Tenemos la tranquilidad que esta democracia está garantizada por Busch (el de la W) que se ha impuesto la titánica tarea de implantarla en todo el mundo. Cierto es que el muy obstinado a veces se pasa de impetuoso, pero no puede negarse que sus propósitos son nobles. La democracia se ha ido desarrollando en los Estados Unidos desde los Padres Fundadores hasta nuestros días. Pero el pragmatismo anglosajón se ha mostrado muy flexible en cuanto a la formulación jurídica de esa democracia. Por ello a aquella acta fundacional le fueron haciendo Enmiendas para adecuarla a las cambiantes situaciones históricas. Las enmiendas vienen a ser como parches que se le van agregando, pequeños retazos que se le colocan a una tela, algo así como sucesivos zurcidos, de modo que algunos ya no recuerdan como era el paño original.
Será, tal vez, por ello que a ciertos islámicos les cuesta tanto entender eso de la democracia occidental. Ellos intentan leer lo que se escribió y luego pretenden corroborar en la práctica que lo escrito se convierta en realidad. En esto demuestran la distancia que hay entre el pragmatismo anglosajón y el idealismo musulmán. Pretender que las leyes se reflejen en la vida cotidiana es suponer que ya llegó el paraíso a la tierra. Ellos son prácticos, sobre todo los norteamericanos. Ellos rezan todos los domingos, agradecen a Dios antes de cada comida, y como ya han limpiado su alma, después le pegan al alcohol en todas sus variantes, se divierten con algunas otras cosas. Pero todo ello no altera su moral puritana.
En cambio, los musulmanes tienen una actitud dogmática ante el alcohol y otras “yerbas”. A uno le cuesta mucho entender tanta rigidez. Se horrorizan ante lo que ellos llaman la “lujuria de occidente” porque ellos enclaustran a sus mujeres dentro de sus casas y las tapan desde la cabeza a los pies. No son democráticos como los norteamericanos que les dan la libertad a sus mujeres de bailar desnudas en el caño en cuanto bar existe. (En esto no han sido muy originales, copiaron todo esto a Tinelli que es el verdadero creador de tanta libertad de expresión).
En occidente se respetan todas las profesiones, y hasta se las incentiva y se las aplaude. Por ello la más vieja profesión es desempeñada en todo el mundo libre a la vista de todos. Y como se pregona el libre mercado se traen chicas de diversos países para que desarrollen su vocación. El libre comercio, que no reconoce fronteras, posibilita que en París, como en muchas otras ciudades europeas, uno pueda encontrar mujeres polacas, rusas, chinas, etc. Ejerciendo su vocación sin ningún impedimento. Acá, en la periferia, se pueden ver dominicanas, paraguayas, colombianas, porque el cambio no nos favorece. Esta es la razón por la que escasean las rubias, pero en cuanto volvamos al “uno a uno” volveremos a importar de todo.
Es cierto que América, la parda, está pasando por un momento de gran confusión por lo que nos cuesta, tal vez como a los musulmanes, comprender todas las virtudes del libre mercado y la democracia estadounidense. Por eso, creo yo, que rechazamos el ALCA. Pero es evidente que es mucho más fácil oponernos a ciertas medidas económicas que a la homogeneización cultural. Nos oponemos al libre comercio con los EE. UU. pero comemos hamburguesas a reventar, usamos un mal inglés y en lo posible reemplazamos el vetusto idioma de Cervantes por el moderno “lunfardo de Harlem”. Pero, por fin, llegó a Buenos Aires la liberación: seremos macrísticamente libres.

El profeta de la amargura

Metidos en un mundo de inmediateces pragmáticas ¿cómo pensar en idealismos? Pareciera que todo eso que se pensaba no hace más de treinta años fue un simple espejismo. En esos tiempos algunos depositaban sus mejores esperanzas en un mundo socialista, otros en una democracia con amplia participación, algunos en un capitalismo con rostro humano que distribuyera equitativamente la renta que iba en aumento, pero casi todos estaban convencidos que caminábamos hacia un futuro mejor.
Una personalidad intelectual como Eric Hobsbawm escribió en uno de sus libros esta reflexión: el más pesimista de los hombres de fines de los años sesenta, que fuera preguntado sobre el peor de los horizontes posibles para el año dos mil, hubiera descrito un futuro paradisíaco comparado al mundo con que nos encontramos al llegar al fin del siglo. Esto habla de la imposibilidad de pensar en aquella época de que podía pasar en el mundo todo lo que pasó. No quiere decir esto que “todo pasado fue mejor”, de ningún modo, sólo pretendo colocarme en una perspectiva que nos permita pensar en qué es lo que pasó y por qué pasó.
Si bien la década de los sesenta tenía razones para estar esperanzada no faltaban hechos que mostraran negros nubarrones sobre el cielo de aquellos tiempos. A pesar de ello, imperaba un espíritu esperanzado cuando se elevaba la mirada hacia el largo plazo. Parecía que, de un modo u otro, el futuro sería mejor. ¿Dónde quedó?
Pero si volvemos la mirada a los años treinta, el profeta de los cafetines, que siempre nos acompaña en el pensamiento, le hacía decir a la mina ya cansada de idealismos: “No puedo más pasarla sin comida, ni oírte así, decir tanta pavada…”. La crisis de 1929 hacía sentir todo su rigor y el ideario de socialistas y anarquistas predicaba la cercanía de la revolución. Por eso, ella harta de todo esa perorata le reprochaba: “¿No te das cuenta que sos un engrupido? ¿Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos?”. Y no le faltaban razones a la mina, desde su realismo cotidiano qué podía significar tanto idealismo delirante. Entonces, para que el fulano ponga los pies sobre la tierra, le dice: “Lo que hace falta es empacar mucha moneda, vender el alma, rifar el corazón”. Duras palabras que reflejan la verdad inmediata de las exigencias del mercado, frente a la ensoñación del Sermón de la Montaña.
Hoy, a más de setenta años de haber sido escritas esas palabras, pareciera que toda la razón la tenía la mina. Su profecía se fue cumpliendo con todo rigor a partir de la década de los ochenta y se convirtió en religión diez años después. “¡El verdadero amor se ahogó en la sopa, la panza es reina, y el dinero Dios!”. Pero, en ese triunfo en la carrera del amarroque tenemos que aprender que son muchos más los que pierden. Mirando nuestra vida actual debemos coincidir con esa profeta de feria que advertía: “Que la razón la tiene el de más guita, que la honradez la venden al contado y a la moral la dan por moneditas”. Sin embargo, de aquellas locas ilusiones, creo, que todavía quedan brasitas sin apagar.

Yo acuso II – Confesión de un título

Vuelvo con mi indignación. Hasta dónde puede llegar la impunidad que este tipo de libertad sin límites permite. Cómo es posible que se pueda convertir en una burla las palabras condolidas, emocionadas, sinceras, dichas desde lo más profundo del corazón, de quien se arrepiente en público. ¿No nos enseñó ya el cardenal Bergoglio que debemos aprender a perdonar? Sobre todo a quien tiene la voluntad y la hombría de bien de confesar sin retacear detalles su falta. ¿Por qué estoy indignado? Porque encuentro en uno de esos llamados “blogs” a alguien que, escudándose cobardemente en el anonimato, publica esta atrocidad.

Confesión… de un título – Versión libre blumbergiana

Fue a conciencia oscura
que perdí mi título… nada más que por salvarlo.
Hoy me odian y soy infeliz, me arrincono pa’ llorarlo.
El recuerdo que tendrán de mi será derechoso,
me verán siempre golpeándolos como un represor…
Y si supieran que lo horroroso
fue que pagara así mi deshonor.

Ay de mi vida… soy un fracasao.
Y en mi caída no pude hacerme a un lao,
Porque el poder lo quise tanto… tanto…
que al rodar, para salvarme, sólo supe hacerme odiar.

Como respeto a la gente de bien, esa que ya ha dado muestras de su inteligencia en las elecciones porteñas, me detengo en mis comentarios y cedo la palabra a los “hombres y mujeres de la República”.

Yo acuso

Yo acuo

Estamos viviendo tiempos difíciles. Si hay frases gastadas esta debe estar entre las que ya cuesta trabajo leerlas. No por ello deja de decir una verdad inconmovible. Lo que no estoy en condiciones de afirmar es que estos tiempos habiliten a hacer cualquier cosa, con el asunto de la relatividad de valores ya no hay uno que se mantenga en pie. Sin embargo, esto no impide que gente con firmes convicciones dejen de decir lo que es necesario decir. Traigo de la memoria el recuerdo del escritor francés Emilio Zola quien no pudo dejar de decir que lo que se estaba haciendo con el militar Dreyfus, acusado de “alta traición”, era una injusticia. Por ello publicó en el diario L’Aurore su famoso “Yo acuso (Carta al Presidente de la República)”, con lo cual logró que le fuera restituido el grado al militar y su buen nombre y honor. Pagó con la cárcel su osadía en un proceso por difamación que le condenó a un año de cárcel y a una multa de 7.500 francos (con los gastos). Magnífico ejemplo.
Comprenderán que yo no me atrevo a ser ni la sombra de un Zola, pero no puedo dejar de decir que se está difamando a los prohombres de la patria. Ya vimos que una minucia como ser portador de un título que no habían conseguido echa por el piso trayectorias impecables como la del, ya citado en esta página, ex –Licenciado Telerman, ahora la del ex –Ingeniero Blumberg. Ante tantas cosas importantes que pasan en este país, como dijo otra eminencia de los medios de comunicación, Llamas de Madariaga, se puede perder tiempo en esas minucias. ¿Quién que se acostumbra a que lo llamen Doctor, Licenciado, Ingeniero u otras denominaciones triviales como esas, no puede estar acordándose de si había estudiado la carrera? ¿Qué importancia tiene?
No será que, ante el majestuoso avance de la derecha, imparable en el mundo, otro tanto en nuestro país, hace que esos demagogos del progresismo izquierdoso, esos que pretenden que la gente de bien “viva tras las rejas, mientras los delincuentes andan libres por las calles” (otra frase bastante gastada) se ponga en duda la prosapia de los mejores. Me parece que ya hemos perdido el parámetro de quienes somos gente de bien y quienes son delincuentes. Debe quedar claro que los honestos somos siempre nosotros y los delincuentes son ellos.