El tramposo instrumento de la información

Si bien es cierto que es un fenómeno conocido, no por ello ha entrado en el dominio público por la falta de tratamiento que hacen de él las agencia internacionales. Me refiero a la ingenuidad e inocencia de la conciencia popular estadounidense. Algunos emergentes permiten medir el grado de esas particularidades: a) el peso que el fundamentalismo evangélico tiene en la cultura, cuya dimensión puede ser percibida por el hecho que en más de la mitad de los Estados interiores tienen prohibido hablar en las instituciones educativas del la ley biológica de la evolución de las especies (pleno siglo XXI); b) se informan por medios locales de lo que acontece en su derredor ignorando en una medida sorprendente el mundo nacional e internacional; c) una encuesta realizada en el nivel medio educativo comprobó que más del 60% de los estudiantes tenían dificultad para ubicar Nueva York en el mapa. La figura de Homero Simpson habla a las claras del ciudadano medio.
Lo preocupante de esta información es que hace un tiempo parte de este fenómeno comienza a detectarse en nuestro país. La respuesta inmediata y fácil se encuentra en las condiciones en que se encuentra la educación en la Argentina, como si fuera un fenómeno circunscrito a un país y no un proceso mundial. Parte de lo que debemos a la globalización. Algunos investigadores han hablado de la macdonalización de la cultura mundial. Y el neologismo es muy expresivo del proceso que está avanzando. Aunque a nivel nacional podríamos traducirlo por la tinelización de la cultura, reflejada en los resultados que se pueden medir en los rating televisivos, la masividad de ciertos espectáculos, en el tipo de gustos de un público masificado, etc.
Los medios de información nacionales aprovechan esta característica, propia de estos tiempos, para hacer uso de una impudicia que va en crecimiento. Como si estuvieran sometidos a una competencia por demostrar cual es peor, unos y otros se mantienen en una paridad deplorable.
Así podemos comprobar cómo lo que se dice en cualquiera de ellos es tomado por el gran público como verdad revelada, aunque, para alentar alguna esperanza, parece que parte de ese público está comenzando a desconfiar de esos medios. Es que el abuso en la utilización de una información distorsionada ha comenzado a despertar sospechas. Desde la burda utilización de títulos que son desmentidos en el desarrollo de la misma noticia hasta la falsificación lisa y llana de la verdad. En un nivel un poco más sutil se da por verdad lo que todavía no ha sido corroborado, pero la carrera por la primicia no permite verificar las fuentes de esa información. Decirlo antes que los demás tiene más valor que la verdad misma. Lo que se afirma hoy puede ser desmentido mañana en el supuesto que el público ya ha olvidado lo anterior.
Noticias que golpean la indignación de ese público, que juegan con el sentimentalismo colectivo, mostrando hasta el detalle más siniestro los vericuetos del alma humana, caen poco tiempo después en el olvido suplantadas por un nuevo caso que recibirá el mismo tratamiento. Ninguna noticia termina su historia, es más importante agotar los pormenores de un hecho que llegar a la verdad de lo ocurrido. Qué paso con la infortunada García Belsunce, quién mató a la señora Dalmazo, etc
Digo todo esto, que no es sino una parte de la superficie del fenómeno, porque muchas de las informaciones que sacuden la conciencia colectiva es utilizada como una mercancía rentable en la medida de su espectacularidad, casi siempre muy lejana a la importancia real de lo que debe informarse. La víctima pasiva es gran parte de nuestra ciudadanía. Quién paga los platos rotos es la tan vapuleada democracia.

De consumidores a ciudadanos

Es innegable que las ideas individuales y su realización, también individual, facilita la tarea, a los pocos que lo logran. Pero no es menos cierto que esa actitud acota las posibilidades de las realizaciones colectivas. El ciudadano convertido en consumidor, que vota “a solas” y consume del mismo modo, se encuentra en el terreno de lo político y en el terreno del mercado frente a organizaciones. Allí se da también un enfrentamiento de voluntades: la de los individuos atomizados frente a las organizaciones con estrategias de poder. Por ello, la actitud individualista termina siempre derrotada, aunque las técnicas publicitarias intenten convencerlo de que ha logrado satisfacer el máximo de sus deseos. Deseos que se agotan de inmediato y que son reemplazados por otros nuevos que correrán la misma suerte.
Volvamos a los valores. Es imperioso un ordenamiento de los valores fundamentales, que coloquen a la comunidad por encima del individuo, que privilegie la persona por sobre el individuo consumidor y que, en virtud de todo ello, sienta la prioridad de la recuperación de la Nación. La necesidad de su realización plena es condición para la realización de todos sus ciudadanos que puedan, así, recuperar su calidad de tales. Sin todo ello como principio motivador del pensamiento, del compromiso y de la práctica social deberemos aceptar que la nueva religión del Dios Dinero nos ha derrotado. En el escenario que se prefigura bajo este diagnóstico hemos desaparecido como personas, a pesar de que se enarbole la defensa de los Derechos Humanos como ideología, según el discurso de ciertos progresistas. No son las grandes declaraciones publicitadas las que lograrán cambiar el rumbo de este mundo, es el compromiso básico con los valores que fundamentan la posibilidad de ser una Nación.
La Nación es posible cuando sus integrantes asumen públicamente su voluntad de reconstruirla, su vocación de independencia y su decisión de ser hombres libres. Puede que estas palabras suenen como venidas del túnel del tiempo, que muchos desprevenidos crean que es un discurso pasado de moda y que algunos, nada inocentes, exhiban una sonrisa socarrona de hombres “realistas”. Cuento con todo ello, pero también con los “hombres de buena voluntad” que no han tirado sus ideales al cesto de los recuerdos, que se mueven tras convicciones de que no todo está perdido. Por ello, que construir un mundo más humano no sólo es posible sino imprescindible, porque el clamor de los desplazados por el mundo del dinero, los excluidos, los que tienen hambre de pan y justicia, así nos lo imponen. Por ellos, que son los más, las dos terceras partes del mundo de hoy, no tenemos ningún derecho a ser escépticos, porque ese escepticismo es comodidad y complicidad.
Quiero recordar aquí a un luchador, víctima de la intolerancia, el jesuita Ignacio Ellacuría, que decía que siempre las posibilidades de un futuro mejor están abiertas, pero que estas posibilidades «no son cada una de ellas de por sí necesarias, no pueden realizarse sino por un acto de opción». Las posibilidades están pero requieren de la decisión de los hombres libres para realizarlas. Es esa voluntad la que señalo que hoy no está como presencia política, pero ello no indica que no sea posible. «Cuando ejecuto aquello porque he optado, sean cuales fueren las potencias que intervengan en esa ejecución, lo ejecutado ya no es un puro hecho, sino que es un suceso». Suceso es la acción de los hombres libres que deciden escribir su propia historia. La Nación está esperando.

El ciudadano pasivo

Las quejas respecto del estado actual de cosas no se correlaciona con el compromiso a cambiar el mundo. Es evidente que falta la voluntad colectiva para realizarlo. Creo necesario pensar en las circunstancias que condicionan esa voluntad. Veamos, entonces, algunos aspectos que son necesarios considerar para abrir caminos.
El desentendimiento que ha experimentado el ciudadano de “a pié” respecto de sus responsabilidades políticas encuentra algunas razones en la “profesionalización” del político, que ha convertido esa tarea en “cosa de especialistas”. Se agrega a ello el peso exorbitante que la economía se ha atribuido en el tratamiento de los temas públicos, al punto de que pareciera que son decisiones exclusivas de ese ámbito del pensar y del hacer. Este sometimiento encuentra culpas notorias entre los mismos actores políticos, dado que se han dejado subordinar al imperio de “los factores económicos”. Aquella acusación que los liberales decimonónicos le hacían al marxismo, de pensar sólo en términos “materiales”, deberíamos hacérsela hoy a los defensores del “mercado”.
Desde Aristóteles a Maquiavelo, y tal vez hasta el siglo XIX, la política fue el terreno en el que se dirimían las enfrentadas voluntades, la de los poderes que se proponían trazar un destino, abrir un futuro y definir la marcha de los asuntos del Estado. El avance del poder de las burguesías de los siglos XVII y XVIII fue otorgándole un tono diferente, cada vez más marcado, a la necesidad de introducir los intereses económicos en la fijación de las políticas de estado. Hasta que esas necesidades se impusieron imperialmente en el pensamiento desplazando a la política del centro de decisión. Todavía en el siglo XIX algunos liberales continuaban reclamando esa prioridad de la política.
El hombre del siglo XX asistió al desmadre de los intereses económicos y a su asalto al poder en el último cuarto de siglo, poder que se iba transnacionalizando a pasos agigantados. Todo este proceso tuvo como correlato la total desvinculación del ciudadano de las decisiones fundamentales de las comunidades políticas, sobre todo cuando sintió, descarnadamente, que esas decisiones se tomaban en algunas cúpulas de poder ahora desterritorializadas. El mundo del poder, económico y financiero, pertenecía a los “elegidos” del Dios Dinero. Los adeptos a esta religión se fueron convirtiendo en masas anónimas, seducidas por los paraísos ofrecidos por las técnicas publicitarias, sin percibir que “sólo unos pocos elegidos” accederían a ese cielo. Así, el ciudadano convertido en consumidor se fue alejando de la política, por ser un instrumento ineficaz, para rendir culto a las cotizaciones bursátiles, las variaciones cambiarias y las tasas de interés. Roma y Jerusalén fueron desplazadas por Wall Street. El triunfo, primero en el campo de batalla de los negocios, se coronó con el triunfo final en el campo de las conciencias.
Entonces…?
Hablaba, al comenzar, de “falta de voluntad colectiva”, es que está totalmente abotagada por la borrachera del dinero, del triunfo fácil, del éxito inmediato, de los caminos oblicuos. Pero “muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”. Debe aparecer, necesariamente, el tema de los valores. Debemos como comunidad política replantearnos qué queremos ser, ubicarlo luego en el contexto del mundo actual, no para renunciar a algunos de esos valores, sino para trazar los caminos y los tiempos de su realización. Esto presenta hoy una dificultad mayor que en otras épocas. Porque hoy el tiempo parece tener muy corta duración: lo que no es posible ser conseguido ya, o dentro de unos minutos, se convierte en un “imposible” o en un “no deseable”. Se le ha otorgado estatus de “utopía irrealizable” a cualquier idea que requiera tiempo, esfuerzo y perseverancia para su realización. Porque ello impone la necesidad de la organización de las voluntades y el consenso en los cuándo, los cómo y los por qué. Pero hemos sido convencidos que los únicos caminos transitables son individuales. El individuo reemplazó a la persona.

La concentración financiera IV

Termino acá la apasionante historia acerca de cómo se puede hacer dinero perdiendo dinero. Apasionante sí, pero trágica, ya que los que cargaremos con el “muerto” antes o después seremos nosotros, los de a pie. Como estamos continuamente bombardeados por las enseñanzas mediáticas de los garúes de la economía cabe preguntarse: ¿Y qué dicen los expertos?
«La respuesta de Stan O’Neal por cuenta de Merrill Lynch es, a primera vista, muy modesta y simple: se cometieron errores; errores de juicio. Artículos recientes, sin embargo, han provocado sospechas de que en Merrill no sólo tenían los rangos AAA porque pensaron que eran seguros contra pérdidas gracias a la sobre-colateralización, sino también estaban haciendo apuestas de cobertura contra la deuda de alto riesgo en sí que vendían a los clientes, en otras palabras, Enronómica: las cabezas que gano, son colas que tú pierdes». Resulta graciosa la invención de esta palabra: cruza de de Enron y economía. Es decir las triquiñuelas contables que logran demostrar que menos dos más menos dos da más cuatro.
Claro que el tiento se corta: «El peligro con los valores al estilo de Alicia en el País de las Maravillas urdidos por la mano invisible de una máquina apañada, es que todo lo que se necesita para iniciar un pánico es que algunos tipos de aspecto sobrio vestidos como eruditos se presenten en la plaza pública y griten “¡El emperador está desnudo!”. Es exactamente lo que pasó el 15 de febrero de 2007. Joseph R. Mason, profesor asociado de finanzas en el College of Business Le Bow de la Universidad Drexel, y el investigador Joshua Rosner, presentaron un trabajo en el Instituto Hudson que dejaba al descubierto la noción disparatada de que se podía ponerle indefinidamente lápiz labial a un cerdo y llamarlo un valor AAA».
Nos cuenta Martens que cuando el documento de trabajo llegó a manos de Gretchen Morgenson del New York Times, y su artículo apareció tres días después: «la fábrica de fuegos artificiales comenzó a arder en el sur de Manhattan, terminando por encender espectáculos pirotécnicos globales durante todo 2007. Hubo un pánico en un banco en Londres por primera vez en 140 años, fondos de inversión libre en bancarrota en Wall Street, prestamistas de hipotecas insolventes en todo EE. UU., rescates de fondos del mercado monetario por importantes instituciones financieras y más de medio billón de dólares de inyección de liquidez por parte del Banco Central Europeo. También hubo una ayuda sin precedentes de la Reserva Federal de EE. UU. en inyecciones de efectivo, y negociaciones secretas».
El castillo de naipes se desmoronó. Pero lo que está ahora en juego es la credibilidad de los operadores de la Bolsa de Nueva Cork, y aledaños, y en las consultoras calificadoras de riesgo. Entonces, a quien creer. Todo el sistema bursátil del mundo se basa en la fe. Dice Martens: «Pero, de lejos, el daño más serio es la persistente desconfianza en las mayores firmas de Wall Street que, por desgracia, también poseen bancos. Nadie confía en la solvencia del otro, de modo que los préstamos entre bancos se han paralizado».
Cita el pronunciamiento que califica de profético que Mason y Rosner hicieron en su trabajo: «La creciente aceptación por los inversionistas de estructuras de CDO ha sido apoyada por la disposición de las agencias de calificación de calificar esos activos. A diferencia de otros activos calificados por esas agencias, esos activos están sometidos a considerables riesgos en el mercado, un riesgo que según las agencias de calificación no pueden calificar efectivamente… ».
En fin, mientras nos preocupamos por los “motochorros” los chorros de magnitud dan clases en las “mejores universidades”, cobran por tergiversar la verdad y son premiados por las academias. Este es el mundo que debemos enfrentar y del cual nos debemos defender.
(Se puede leer el trabajo completo “Divertimento sobre temas de la economía” en “Trabajos académicos” de esta página)

La concentración financiera III

Sigamos esta investigación que tiene la ventaja de ser terriblemente grave e ingenua a la vez. ¿Cómo puede creer un operador experimentado de la Bolsa que juntando incobrables más incobrables se pueden lograr utilidades. Claro está que detrás de ellos hay contadores brillantes que hacen magia con los números. Recuerden lo que hacían los de Enron. Pero cuesta creer hasta dónde puede llegar la trampa.
Leamos a nuestro investigador: «Mientras se juntaban los paquetes, los segmentos permanecían en lo que Wall Street llama su operación de almacenamiento. Una vez que arman el CDO en la fuente de cerámica opaca, sólo se ve arriba la crema batida. Las agencias de calificación: Standard and Poor’s, Moody’s y Fitch otorgan al artilugio incomible una calificación AAA basada en la crema batida. Que la calificación haya sido solicitada y pagada por el emisor del CDO no carecía de importancia, como demostrarían los futuros eventos». Hemos aprendido algo más: Los mismos que nos calificaban como país de alto riesgo califican las deudas incobrables como AAA. Máxima calificación. Es decir, le ponían 10 a un examen de dos.
Recién en 2007, después de que los cráneos de las finanzas comenzaron a denunciar las mentiras y los mercados comenzaron a trabarse, las agencias de calificación empezaron a disminuir las calificaciones. «Pasaron cinco años en los que el así llamado “mercado eficiente” se tambaleaba en las tinieblas de las calificaciones de fantasía, sin ponderar las preguntas obvias sobre esos instrumentos AAA. Preguntas, como: ¿Cómo pudo un artilugio estratificado de pools de deuda cuestionable, muchas de origen dudoso, lograr el mismo equivalente de una calificación AAA que los valores del Tesoro de EE. UU.». Sigue con una reflexión de un ciudadano más: «A pesar de los granujas políticos que van y vienen en Washington, nosotros, el pueblo estadounidense, mostramos una disposición desmedida e histórica de aguantar a badulaques y a pesar de ello pagar nuestros impuestos a la renta por el bien de nuestros conciudadanos». Le faltó decir como Discépolo: “¡me cache en Dios qué gil!”.
Se pregunta: «¿Cómo podría ser suficientemente seguro un instrumento opaco compuesto frecuentemente de más de 100 partes difíciles de rastrear para los fondos de pensión, los fondos de las compañías de seguros y, disfrazado como efectos negociables, guardadas por la friolera de más de 50.000 millones de dólares en dinero de fondos de mercado con dinero de la gente de a pie? ¿Cómo se transformó un modelo de mercado “eficiente” de 200 años de antigüedad que fijaba los precios de sus valores sobre la base de la búsqueda regular de precio mediante el comercio transparente en un complejo opaco de fabricación y almacenaje de productos que no se comerciaban o eran raramente comerciados, que necesitaban precios basados en modelos estadísticos?».
Podríamos consolarlo contándole que nosotros creímos que habíamos entrado al primer mundo, que un dólar valía un peso. Y que, como afirmaba uno de sus alumnos más brillantes, el “pelador” Cavallo, habíamos entrado en una estabilidad que duraría sesenta años. Podríamos preguntar ¿cómo un pueblo culto, politizado, compró con tanta facilidad ese postre criollo? Si ya habíamos viajado a Miami a decir litúrgicamente “déme dos” casi veinte años antes. Sr. Martens “en todas partes se cuecen habas”. Sobre todo cuando éstas están promocionadas por los grandes medios. Nosotros hemos demostrado que tenemos más de un 60% de Homero Simpson en Buenos Aires que votó por un contrabandista de automóviles y un evasor compulsivo, y un 20% de ellos a nivel nacional que votó por una monja vendida totalmente al neoliberalismo.

La concentración financiera II

Continúo con los comentarios del analista Pam Martens sobre la situación de la Bolsa de New York, sostenido por la larga experiencia de este analista. Aparecen afirmaciones sorprendentes para alguien que, como yo, estoy lejos de entender los detalles de esos manejos. Por ejemplo, dice: «es muy poco característico que Wall Street pierda miles de millones de su propio dinero. Por regla general, saben mucho antes que el público inversor cuando viene una quiebra (porque son los que sembraron las semillas para esa quiebra) y descargan sus pérdidas sobre participantes en el mercado menos enterados, usualmente el pequeño inversionista. Como ahora ellos mismos tienen que cargar con mega pérdidas, ¿no significará que son los participantes en el mercado menos enterados?».
Los grandes operadores especulan con dinero ajeno y retienen parte de las utilidades del pequeño inversor. Pero cuando hay pérdidas estas son descargadas sobre el inversor. Negocio fantástico: son socios sólo en las ganancias. Parafraseando a Yupanqui el inversor podría cantar: “Las ganancias son ajenas, las pérdidas son de nosotros”. Uno, reflexionador de a pie, se pregunta ¿cómo hacen estas maniobras? Bueno es algo así: «los préstamos para coches, las tarjetas de crédito, las hipotecas; y las acciones de esas firmas son cargadas en planes 401 (k) [fondos de pensión]. La primera pista para esas mega-pérdidas es un acrónimo de tres letras: CDO. Significa Obligación de Deuda Colateralizada; un instrumento financiero tan enrevesado que incluso a veteranos escritores financieros les cuesta devanarse los sesos con el tema».
Para que nuestra autoestima no se vea deteriorada nos enteramos que no somos nosotros solos los que no entendemos. Entonces Martens, con algo de ironía nos propone una analogía: «para visualizar un CDO puede compararse con el episodio de la telenovela “Friends” en la que Rachel trata de hacer un bizcocho inglés. Coloca las capas requeridas de natilla y mermelada, pero cuando da vuelta la página del libro de cocina para seguir la receta para las capas, no se da cuenta de que las páginas están pegadas y completa el postre usando la receta de pastel de papas. El producto final es un artilugio incomible de múltiples capas de natilla, mermelada, carne molida, arvejas fritas y cebollas. Los bizcochos ingleses son servidos típicamente en una fuente de cristal transparente para que se vean las exquisitas capas. Wall Street prefiere usar cerámica opaca para sus CDO». Los más avisados se tragaron el anzuelo.
Sigue con la analogía: «Desde 2002 hasta 2006, grandes plantas manufactureras dirigidas por las mayores firmas de Wall Street, junto con otros actores menores, produjeron como salchichas bizcochos de CDO por más 1 billón de dólares, y la mitad la hizo en 2006. La receta era bastante flexible. Capas (llamadas paquetes en Wall Street) podían consistir de préstamos a estudiantes, cobraderos contra tarjetas de crédito, préstamos para coches, préstamos para propiedades comerciales o residenciales, hipotecas de alto riesgo o préstamos corporativos. Los paquetes también podían ser apuestas altamente apalancadas contra índices (CDO sintéticos) o segmentos de otros CDO (CDO cuadrados). Desde 2003, un porcentaje creciente de CDO fue formado por sólo una clase de activos: las hipotecas residenciales; utilizando frecuentemente hipotecas de alto riesgo y préstamos sobre la apreciación mobiliaria como el colateral predominante».
Hasta donde yo entiendo se podría sintetizar así: comenzaron a flexibilizar los créditos en la búsqueda de mayores rendimientos. Como nosotros ya sabemos por el odioso “riesgo país” a mayor riesgo de cobrabilidad mayor es la tasa de interés. Se va arriesgando cada vez un poco más y se va ocultando las quiebras por incobrabilidad que se van produciendo. Y “no hay tiento que no se corte ni plazo que no se cumpla”. Bien hasta aquí llegamos. Pero ¿cómo sigue?

La concentración financiera I

El tema de la concentración económica y sus repercusiones lo he venido exponiendo en las últimas notas. No escapa a ninguna persona que siga esta problemática que es imprescindible tenerla en cuenta cuando se habla de la economía nacional. Por ello ahora quiero abordar el tema financiero. Debo decir que estoy muy lejos de ser un especialista en la materia y que muchas veces me cuesta bastante entender qué es lo que pasa. Por tal razón me voy a apoyar en una nota de un investigador del tema, Pam Martens, quien trabajó 21 años en Wall Street, equivale a decir en las entrañas mismas del sistema. Esto es especialmente relevante en estos momentos en que la turbulencia, de difícil pronóstico, sacude como un tsunami las bolsas del planeta. Con el agravante de que gran parte de esta información es religiosamente ocultada por los grandes medios.
Nos dice Martens: «Con cada nueva revelación de pérdidas multimillonarias en dólares de las mayores firmas de Wall Street, aparece la fastidiosa pregunta de cómo sucedió que esos Amos del Universo tuvieran que cargar con el muerto en esos masivos ajustes. ¿No se supone que sea Wall Street quien ejecuta negocios para otros; no que acumule para sí inmensos inventarios de valores tóxicos, no comerciales? Ya que esos grandes actores de Wall Street ahora poseen algunos de nuestros mayores bancos de depósitos, asegurados por el contribuyente (por cortesía de un regalo legislativo del Congreso llamado la Ley Gramm-Leach-Bliley)». La lectura de esta información pareciera referirse a un país del tercer mundo, bananero como lo denominan con mucho desprecio. Sin embargo nos habla de los EE. UU.
Resulta, entonces, que: «la Reserva Federal vacía decenas de miles de millones de dólares nuestros en algunos inmensos agujeros negros, el sentido común podría sugerir que el Congreso realizara audiencias públicas. Esas audiencias podrían sacar a la luz cómo Wall Street ha mutado, bajo el manto de la oscuridad, de ser un centro comercial a fabricar y almacenar artilugios exóticos registrados en ultramar [léase bancos off-shore]». Este analista está proponiendo la intervención del poder político para investigar qué está haciendo la Reserva Federal con “miles de millones de dólares nuestros”, es decir del pueblo estadounidense, que se pierden en “inmensos agujeros negros”. Perdóneseme la repetición pero creo necesario subrayar lo que está afirmando: las pérdidas de las aventuras financieras particulares son cubiertas con dinero público. Uno se pregunta ¿qué pasaría si no lo hicieran? Sin comentarios. Y esto es lo grave, no se encuentran respuestas oficiales.
Este analista nos dice que: «El gobierno de Bush manipula el lío como si se tratara sólo de un problema de hipotecas de alto riesgo. No vaya a ser que el público se dé cuenta de que un mercado no regulado de un billón de dólares ha reventado ante las narices del mercado libre de este gobierno. La pérdida colectiva de 70.000 millones de dólares en cosa de meses, con proyecciones de continuas pérdidas, que pueden ascender a hasta 400.000 millones de dólares globalmente huele a serios problemas». Vuelvo a insistir en este comentario porque sospecho que para más de un lector esto puede sonar a idioma extra terrestre. No se puede pensar que un juego financiero de tan alto riesgo no repercuta en las finanzas mundiales. De allí la necesidad de tratar de entender como ciudadanos de este país para que no nos suceda como ya se dio en 1929.

La debilidad del Estado y la concentración económica II

Nos han acostumbrado desde hace mucho tiempo a hablar del mercado, de sus logros, de sus límites y de sus contraindicaciones. Esto tuvo su contraparte en las denuncias y críticas de la intromisión del mercado (por medio de las privatizaciones) en sectores sociales: salud, educación, pensiones, correos, comunicaciones, desarrollo económico, etc. Esto nos obliga a pensar que se debe replantear el libre mercado, tal cual se practica hoy, porque su lógica ha ido demasiado lejos, dado que se nos ha metido en todos los campos de la vida y ya podemos comprobar sus consecuencias. Hoy debemos llegar a la conclusión de que la defensa del neoliberalismo como doctrina y como proyecto, dice de Sebastián “es una cortina de humo para ocultar el avance de la planificación central”, que practican los grandes monopolios que resultan de las fusiones y adquisiciones de los últimos años.
Parece que hemos caído en el engaño que nos tendió el neoliberalismo. Al rescatar la vieja doctrina liberal de la defensa del individuo, que tuvo su razón de ser ante la omnipresencia arbitraria del estado absolutista de los siglos XVIII y XIX, creímos sumarnos a la defensa de las libertades individuales, que se expresaban, según la actualización de esta doctrina. La estrategia fue astuta: se defiende la eficiencia del mercado en la asignación de los recursos para dar la impresión que se lucha por la competencia, pero en realidad se trata de tapar el hecho de que se está reduciendo la competencia y destruyendo el mercado. El mercado y la competencia se están destruyendo en la medida en que se consolidan los enormes monopolios que están surgiendo ante nuestros ojos. Mientras discutimos con los apologistas del mercado, no nos ocupamos de quienes lo están destruyendo. El economista de Sebastián sintetiza en las siguientes tesis el estado actual del mercado internacional, escenario de la concentración del poder, en todas sus variantes, económico, político y su incidencia en lo social:
a) Las empresas que más tiran de la economía son empresas nuevas, en el sentido de que incorporan y se benefician de las nuevas tecnologías, los nuevos productos relacionados con las telecomunicaciones, la informática y la computación y sus aplicaciones a sectores tradicionales, como la industria, la banca y el comercio.
b) Estas empresas tienen muchas veces objetivos a corto plazo: aumentar el valor de las empresas, es decir su cotización en bolsa, lo cual les interesa más que generar beneficios normales y distribuir dividendos.
c) La fuente de capital financiero son los grandes fondos de pensiones, de seguros y de inversión, que no son manejados por sus propietarios sino por especialistas que detentan un poder enorme para bien o para mal de muchas economías, los nuevos gestores del poder mundializado.
d) La fusión de empresas, que lleva consigo la reducción del número de las que operan y compiten en un sector, esta ampliando el radio de acción de la planificación central en sectores cada vez mayores de la economía.
e) Se está transformando la forma de trabajar, el concepto de empleo permanente y estable se está sustituyendo por el de empleo flexible, es decir cambiante e inestable, a la par que cambian los conceptos de lealtad, fidelidad del personal y su compromiso con una determinada empresa.
Las relaciones de los conglomerados empresariales con los gobiernos y otras administraciones públicas están cambiando. Sobre todo en la cuestión de los impuestos, que se les sustrae a los estados a la vez que se echan nuevas cargas (los despidos masivos) sobre el sector público. Creo que debemos pensar desde este escenario de hoy el tipo, el momento y la cantidad de batallas a librar.

La concentración de la economía como limitación argentina I

Dije en otra nota que había llegado la hora del reclamo. Pero éste debe ser hecho comprendiendo las limitaciones que todo proceso tiene, para nuestro caso: la transformación de nuestra Patria. Por tal razón propongo una reflexión. Quien lea con atención las noticias económicas que nos ofrece la información pública podrá percibir el proceso de nuevas fusiones de empresas, que dan lugar a concentraciones de enormes masas de capital en los sectores claves de la economía. Esto parece confirmar una tendencia imparable hacia el gigantismo empresarial que comenzó hace más de una década. Estos hechos plantean a las sociedades nacionales graves problemas.
El primero, es la liquidación del mercado de libre competencia supuesto fundamental de la ortodoxia económica, por la desaparición de competidores, y la explotación de los consumidores y de los trabajadores que de ello se sigue. En la ciencia jurídica se habla de la lenta desaparición del contrato clásico, que supone la libre discusión de los términos. Éste ha sido reemplazado por lo que denominan “contrato de adhesión”, en el que la parte más débil acepta los términos que impone la parte que detenta el poder. Esto puede ser aplicado al precio de mercado como una forma general del contrato económico. Segundo, ésta es la consecuencia de la acumulación del poder social en unas pocas manos, las de los gestores de esos enormes conglomerados.
Debemos prestar atención a un tercer aspecto del proceso de concentración: el avance de la planificación central como forma de organizar sectores enteros de la economía, lo que representa una importante mutación del capitalismo del siglo XX. Para entender el alcance de esta afirmación hay que partir del hecho siguiente: dentro de una empresa no hay mercado. Dice el economista Luis de Sebastián: “Las decisiones de asignar recursos físicos y humanos a usos alternativos en una u otra sección, división o filial de una empresa no se hacen por medio de un mecanismo de oferta y demanda, sino por un proceso de planificación y ejecución de las órdenes de la oficina central. Naturalmente, para tomar estas decisiones la autoridad central de una empresa se guía por lo que hacen otras empresas, sobre todo las que compiten con ella, y tiene en cuenta lo que exigen los consumidores. En definitiva, la asignación de recursos dentro de una empresa es formalmente un proceso de decisión autoritario, como el de un régimen de planificación central”.
La idea no es nueva, aunque no ha sido tenida debidamente en cuenta. Ya había sido señalado este fenómeno por Ronald Coase, a quien le otorgaron el premio Nobel de economía cincuenta años después de haberla hecho pública en 1924. En esa oportunidad demostró que “la empresa substituye a las transacciones individuales del mercado cuando éstas se pueden organizar dentro de ella, para economizar costos de transacción”. Dice de Sebastián que Alfred Chandler en La mano visible describió el managerial capitalism “como un sistema en que la mano invisible del mercado ha sido sustituida por la visible de la planificación”, y John K. Galbraith en su libro El nuevo estado industrial habla de un “sistema de planificación” refiriéndose al sistema de gobierno de las empresas multinacionales.
Agrega de Sebastián: “Pero las mutaciones del capitalismo no se acaban con la increíble desigualdad que presenciamos. También se están dando cambios sustanciales en la organización interna de las empresas, en la manera como se asignan los recursos en una economía de mercado con grandes empresas que compiten encarnizadamente por la dominación de los mercados mundiales”.
Si he planteado este problema es para colocar la situación de nuestra Argentina dentro del cuadro mencionado. Las posibilidades de cualquier cambio en el camino de mejorar la distribución no pueden olvidar las restricciones mencionadas.

La democracia y la participación

Los últimos doscientos años de historia de las ideas políticas nos han acostumbrado a pensar al ciudadano como un sujeto de derechos, y se ha olvidado que es también, necesariamente un sujeto con obligaciones. Debemos señalar que la historia del sujeto de derechos nace en el liberalismo como una reacción contra la monarquía absoluta, por sus arbitrariedades. Esta defensa del ciudadano frente al avance del estado dio lugar a grandes debates que fueron sentando doctrina, cuyo resultado fue el enunciado de los derechos constitucionales. Cumplida esa primera etapa, en la cual el estado se fue reduciendo en sus funciones cediéndole el terreno al mercado, hubo necesidad de salir al cruce de la desprotección en que quedaba el ciudadano librado a la suerte de las leyes de ese mercado. Las prescripciones constitucionales y la ley de la oferta y la demanda se mueven en distintos planos.
La crisis de la década del treinta, mostró más crudamente que el problema a enfrentar no era ya la de un Estado avasallante, sino las fluctuaciones económicas. En ese entonces la ceguera del mercado había precipitado la economía por un tobogán. La solución se encontró por la vía de un estado protector que garantizara ciertas reglas y servicios básicos. A partir de allí una corriente de ideas, que fue ganando mucho apoyo, se centró en la necesidad de la existencia de ese estado como condición de la democracia moderna. Aquel ciudadano desprotegido que creyó encontrar en la defensa de sus derechos la garantía de una vida estable, experimentó después que no bastaban los derechos cuando el mercado los borraba en la práctica. Siente ahora, entonces, que el estado será la barrera contra los abusos.
Esto creó la conciencia de esperar que el Estado lo resuelva todo. Al mismo tiempo produjo un desentenderse de los mecanismos en que se debatían la relación entre estado y mercado. También posibilitó la aparición del político como profesional especializado depositario de esas funciones. La tarea política, base de la existencia de la ciudadanía como tal, se fue alejando del ámbito del ciudadano para quedar encerrada en los partidos políticos y en la participación de éstos en las funciones de gobierno. La democracia representativa fue deviniendo sólo democracia electiva. El ciudadano como sujeto político se recluyó en su función de elector, renunció a ser el custodio de la política para garantía del respeto ciudadano.
El último paso de esta historia se da en los ochenta, cuando una corriente de ideas, el neoliberalismo (que tenía de “neo” el abandonar las viejas banderas liberales en pos de un servilismo económico) comienza un ataque contra el Estado protector. Se desmorona la barrera de contención de los derechos del ciudadano y el mercado se convierte en el tribunal superior, sin posibilidad de apelaciones. Se vuelve dos siglos para atrás, con el agravante de que la política ha caído en el descrédito ante el ciudadano, en parte por el olvido de los políticos de su función representativa. Aparece, entonces, la necesidad de cubrir ese enorme espacio vacío con formas de organización de los ciudadanos, que habiendo experimentado los fracasos anteriores, decidan tomar, paulatinamente, en sus propias manos el poder de decisión sobre los destinos comunes.
El parlamento europeo define: «El voluntariado social acaba entendiéndose como un servicio gratuito y desinteresado que nace de la triple conquista de la ciudadanía: como un ejercicio de la autonomía individual, de la participación social y de la solidaridad para con los últimos». Esta red social distribuye el poder en la sociedad de un modo que reafirma el pluralismo político y salvaguarda las libertades de los ciudadanos. Las asociaciones de voluntarios actúan como intermediarias entre el Estado y la ciudadanía, ofreciendo un canal para la participación ciudadana. Ambos papeles (distribución del poder, promoción de la participación) hacen de dichas asociaciones uno de los mejores ejemplos del «principio de subsidiariedad».
La necesidad de una ciudadanía más amplia e inclusiva no es simplemente algo práctico. Implica un debate ideológico y político, al tiempo que un compromiso personal y una asunción de riesgos. En la búsqueda de una justicia comunitaria, se ha de implicar no sólo el/la voluntario/a, sino también su organización. La red de asociaciones de voluntarios tiene el irrenunciable deber de reflejar estas experiencias concretas, transmitirlas a la sociedad y pedir las medidas sociales y jurídicas que respondan a las necesidades de los más desfavorecidos. La acción voluntaria, si quiere ser ética, no sólo ha de caminar con las víctimas, sino que ha de tener a su favor la convicción de la necesidad de cambio. En nuestra sociedad, el compromiso con la justicia social es la piedra de toque de la credibilidad, tanto de las personas voluntarias como de sus instituciones.