Juventud, divino tesoro

Estas últimas décadas han colocado como problema a un conjunto de seres humanos dentro de la categoría de jóvenes. La primera definición que se nos presenta es: son aquellos que tienen entre 15 y 25 años. Sin olvidar que estos límites han pasado a ser sumamente flexibles en ambos extremos, sobre todo en estos tiempos en que ser joven (o parecerlo) se ha convertido en un valor en sí mismo. Tenga la amplitud que quiera dársele a esta categoría, todo lo que incluye ha pasado a ser un serio tema que insume horas de charlas, lecturas y reflexiones sobre él. Estas líneas intentan ser un posible modo de encuadrar este tema para que nos permita avanzar y esclarecernos sobre él. Un poco de historia.
Para no ir tan atrás, desde comienzos hasta mediados del siglo XX, ser joven era ser portador de unas carencias que no permitían ingresar a la categoría de adulto. Dado que ésta era la portadora de una libertad a la que no era posible acceder hasta madurar, ser adulto, estatus respetable y deseable en aquella época. La cultura determinaba con toda claridad las exigencias que se le imponían al joven para pasar de una a la otra condición, pero creo que podría centrarse en una cualidad: ser responsable. Los símbolos exteriores que denotaban su ingreso estaban, en parte, representados por el uso de pantalón largo en los varones, junto a la posibilidad del bigote y el sombrero. Para las damas el uso del taco alto y el maquillaje. Esto dicho en términos muy esquemáticos.
La posguerra desató un vendaval de cambios que comenzaron a irrumpir en los cincuenta y se desataron con más virulencia en los sesenta. La presentación en sociedad de los jóvenes nacidos después de la II Guerra Mundial no presentó una dificultad en sí misma, pero éstos se sintieron con mayor libertad para expresar muchas cosas sabidas pero ocultas sobre las insatisfacciones de la sociedad moderna. Éstas podían ser expresadas como las promesas incumplidas que se postergaban siempre para un mañana, el monopolio de la verdad en poder de los mayores, la subordinación de la mujer al hombre, valores morales que no eran más que mero formalismos, etc. Se fue asumiendo un modo un tanto desfachatado de mostrar sus verdades, muchas veces con el simple propósito de escandalizar. No por ello dejaban de poner frente a la cultura tradicional temas que debían ser asumidos para un debate necesario.
La necesidad de ese debate era dejada de lado, o postergada, bajo el pretexto del rechazo a las formas que adquirían desvalorizando el contenido de las protestas. Debemos plantearnos, al decir del profesor Joseph M. Lozano: “Resulta, pues, decisivo no caer en la trampa de hablar de temas como «el problema juvenil»; sino afrontar los hipotéticos problemas que (se supone que) plantean los jóvenes. Problemas que son reflejo –a veces espejo, a veces retrato, a menudo caricatura – de problemas que comparten con otras generaciones… y, también, como problemas de algunas instituciones para con los jóvenes”. Debemos detenernos a reflexionar si es que existe realmente el problema joven o si, en cambio, éste no está encubriendo un problema mucho más general y abarcador de la cultura moderna, en épocas de agotamiento de un modo de pensar y vivir. (Sigue)

La fe en los mercados tambalea

La sabiduría que nos trasmite habitualmente Frei Betto en sus notas ilumina el pensamiento de todos aquellos que nos preocupamos por la situación social y política de nuestro mundo. En una nota reciente nos convoca a pensar qué cosa es el neoliberalismo. Y este propósito apunta a no caer en el facilismo de la crítica que exhiben los medios concentrados. Ha pasado ya la euforia del derrame de la copa que nos había prometido el Consenso de Washington. Pudimos comprobar, una vez más, que todo tipo de experimentos de esa naturaleza termina siendo pagado por la piel de los más pobres y desprotegidos. La copa tenía un agujero similar a los agujeros negros, todo lo que pasa cerca es absorbido y desaparece. Los informes anuales de PNUD fueron mostrando palmariamente que las riquezas se concentraron mucho más de lo que ya estaban.
Pasada la euforia, decía, empezaron a oírse voces críticas que intentaban denunciar los resultados calamitosos que los años noventa habían provocado. Muchas de esas voces se limitan a una crítica sobre los métodos, las implementaciones mal realizadas, etc., por lo que pareciera que faltó destreza para llevar adelante la verdad profunda que contenía el consenso famoso. Porque dicen ¿quién puede estar contra la libertad de comerciar? ¿quién puede oponerse a esas verdades sagradas de las bondades del libre mercado? Acaso ¿no hemos visto el desastre de la economía planificada? Con tales verdades simples y superficiales creen que fundamentan la verdad de la doctrina. Evidentemente nos subestiman, suponen que la mediocridad de los anunciadores del mercado ha logrado contagiarnos a todos.
Entonces es cuando la palabra seria y comprometida de Betto nos llama a la reflexión:
“La esencia del capitalismo es la acumulación progresiva de capital en manos privadas. Los bienes ya no tienen valor de uso; tienen calor de cambio. No son para vivir; son para ser vendidos. En el capitalismo el dinero -esa abstracción que representa valor- está por encima de los derechos y de las necesidades de las personas. Como observa Houtart, después de la Segunda Guerra Mundial tres factores manejaron las riendas del caballo de carrera llamado capitalismo: el fortalecimiento del movimiento obrero y el miedo a la expansión del comunismo, que hicieron que los Estados burgueses regularan los derechos laborales; la implantación del socialismo en el Este de Europa; y el proyecto de desarrollo nacional en países pobres como el Brasil (conferencia de Bandung, Indonesia, 1955). Esos tres factores eran la piedra en el casco del sistema capitalista que, por causa de ellos, se vio obligado a reducir su nivel de acumulación y su libertad de apropiarse de todo lo que podía generar riqueza”.
Caído el Muro de Berlín una ola de optimismo exagerado los llevó a proclamar la libertad de movimiento: para el dinero, las mercancías, las inversiones, la traslación de empresas, la fusiones de los grandes grupos, menos claro está para las personas pobres. “Pero sucede que la vida está hecha de imprevistos”. “Y ahora el caballo se ve obligado a desacelerar su carrera por culpa de la crisis ecológica (el calentamiento global), de la crisis de superproducción (hay más oferta que demanda de productos) y de la actual crisis financiera que vacía los bancos de los EE. UU., hace que más de un millón de personas vieran evaporarse su sueño de tener casa propia, y provoca, en un mes, el desempleo de más de 35 mil operarios bancarios norteamericanos”.
La sagrada libertad de mercado, que iba acompañada por la no intervención del estado, se vio superada en los hechos y fue precisamente ese estado el que tuvo que salir a salvar el desastre que nos está invadiendo. Betto cierra con una humorada: “La reciente reunión de Davos, club que aglutina a los dueños del dinero, fue como un cónclave de cardenales que, de pronto, descubren que Dios no existe. Ahí quedó estremecida la fe en el mercado. Si él trajo tantas bendiciones a los elegidos de la fortuna, ahora amenaza con maldiciones”.
Como decía antes, una vez más el precio más caro lo pagarán los pobres.

La información concentrada y la política

Un tema que fue apareciendo reiteradamente en las declaraciones del presidente anterior, y que se vuelve a presentar en la actual presidenta, es la incidencia de los medios de comunicación en la conformación de la opinión pública. El manejo que los diversos medios han hecho de este tema coincidían en un punto: los medios se limitan a informar, ellos no crean las noticias. Por lo cual reducían las declaraciones de algunos funcionarios a un simple argumento defensivo o elusivo. Esto no significa que los políticos y funcionarios no hagan uso de esos recursos, sino que la búsqueda de la verdad exige colocar las cargas donde corresponde.
Si traigo este problema a cuento es porque recientes declaraciones del sociólogo Lucas Rubinich, Director de la carrera de Sociología de la UBA, en una entrevista publicada el 17-2-08 por Página 12, arrojan cierta luz sobre esta problemática.
Ante los resultados de las elecciones presidenciales recientes otro sociólogo, también prestigioso, el Doctor Manuel Mora y Araujo, habló de la reaparición del “voto gorila” como él lo definió. Supongo que para muchos lectores menores de cincuenta años les habrá producido una extraña sensación la utilización de ese viejo calificativo. Rubinich vuelve sobre el tema y avanza en la detección de las posibles causas de ese fenómeno socio-político: “Esos componentes folklóricos del antiperonismo creo que están muy relacionados con acciones muy fuertes de los medios”, por lo cual estos medios no se limitan a informar sino que crean opinión.
Sigamos leyendo: “Uno de los grandes problemas que pueden llegar a tener los partidos populares que gobiernan es su dependencia de un sistema monopólico de medios, que tiene una influencia más que significativa en la construcción de ciertas visiones del mundo. Obviamente, no son culpables de todo lo que pasa, pero en una situación de extremo deterioro de los partidos políticos, de fragmentación social, que uno se encuentre por el otro lado con monopolios de medios de comunicación masiva, que tienen una mirada más o menos común acerca del status quo mundial, es realmente un contrincante político más que importante y a tomar en cuenta”.
La claridad de lo que sostiene y la contundencia de sus afirmaciones eximen de mayores comentarios. La sagrada opinión pública, tan cortejada y adulada por los comentaristas de los medios, resulta ser en gran parte nada más que el resultado de las prédicas de estos mismos medios. Este resultado es el desarrollo de políticas empresarias que posibilitan la concentración de medios en pocas manos. Por tal razón dice Rubinich: “Si nosotros hacemos un análisis de quiénes son los propietarios de los medios de comunicación, cuáles son las miradas que están presentes en esos medios, vamos a ver que tienen una capacidad por imponer inclusive situaciones que no tienen mucha realidad. Bueno, eso es algo que los partidos tradicionales y populares deberían tomar en cuenta”.
Agregaría yo no sólo los partidos, se torna imprescindible que todos aquellos que tenemos alguna capacidad de comunicar, desde docentes a periodistas independientes, políticos y profesionales, se hicieran cargo de hacer llegar a un público más amplio, más desprotegido en este aspecto, más inocente e ingenuo por lo tanto, este tipo de reflexiones. Se impone en la construcción de una democracia participativa e inclusiva la claridad y transparencia de la información. Esto no puede ser dejado en manos de los traficantes de la información que la ponen al servicio de sus intereses corporativos.

Información e inflación

Siguiendo el tema de la nota anterior se puede leer en un informe publicado en junio por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el aumento de la demanda de biocombustibles está produciendo cambios fundamentales en los mercados que pueden resultar en un aumento de los precios internacionales de muchos productos agrícolas. “El informe, titulado Perspectivas de la Agricultura: 2007-2016, afirma que factores temporales como sequías y bajas reservas pueden explicar el reciente aumento del precio de los commodities agrícolas. Pero se están produciendo cambios estructurales que bien podrían mantener los precios nominales relativamente elevados de muchos productos agrícolas en la próxima década”, advierte.
La polémica instalada por sectores empresariales de los EE. UU. sobre la importancia de los bíocombustibles, entre quienes descolló por su actuación mediática el señor Al Gore con sus premios, deben alertarnos respecto de estas maniobras. El cambio más importante es la presión por la necesidad de utilizar más cantidad de hectáreas para la siembra de cereales, azúcar y oleaginosas y aceites vegetales para producir etanol y biodiésel, sustitutos de combustibles fósiles. Esto sostiene los precios de las cosechas y, en tanto que el costo de las raciones es mayor, también incide en el precio del ganado.
Este cambio en el uso de la tierra, de la producción de alimentos a la de combustibles, está haciendo sonar algunas alarmas. Jean Ziegler, relator especial de las Naciones Unidas para el derecho a la alimentación, dijo el 26 de octubre en una conferencia de prensa que debería haber una moratoria de cinco años en la producción de biocombustibles, “ya que es un crimen contra la humanidad convertir en combustible cultivos que pueden ser utilizados como alimento”. Y añadió: “Los biocombustibles están promoviendo un aumento de los precios de los alimentos mientras existen en el mundo 854 millones de personas que padecen hambre”.
Otro informe reciente de la FAO, titulado Perspectivas de cosechas y situación alimentaria, afirma que los precios internacionales del trigo han experimentado un fuerte aumento desde junio, alcanzando precios récord en septiembre debido a una reducción de la oferta mundial, bajas reservas y una demanda sostenida. Los altos precios de exportación y el aumento en el costo del transporte “impulsan al alza los precios internos del pan y de otros alimentos básicos en los países en desarrollo que dependen de la importación, y provocan tensión social en algunas áreas”. El alza en el precio de la harina de trigo, y su posible traslado inflacionario al pan y la pasta, han acaparado las noticias de la prensa que habla de estos temas sacándolos del contexto dentro del cual se produce el fenómeno económico globalizado.
Se estima que los países en desarrollo gastarán globalmente este año una cifra récord de 52.000 millones de dólares en la importación de cereales. Por lo tanto el problema del precio de los cereales es un tema de Estado, por lo que debería no ser utilizado en la chicana política. Se impone sumarse a los esfuerzos por encontrar una solución aceptable que respete los intereses de todas las partes en juego, dentro de las cuales el alimento de la población debe tener prioridad absoluta. No puede ser sometido este problema a la encarnizada lucha mezquina por el reparto de las utilidades que ofrecen hoy los altos precios internacionales.

Mirar el contexto global

La nota anterior puede servir de introducción al tema que voy a plantear ahora. El tema que está en el tapete de la información pública, que ha hecho correr ríos de tinta (con perdón por la vieja expresión) es el de la inflación de precios, sobre todo de aquellos referidos a la canasta de alimentos. Que éste es un problema serio no cabe duda alguna, pero es imprescindible colocar este tema dentro del contexto internacional para comprender mejor lo que está sucediendo, y que va a seguir por ese camino. Se puede leer en los medios especializados la gravedad del fenómeno.
Este tipo de malas noticias se pueden encontrar en todo el mundo: “Los altos precios de los alimentos parecen haberse adueñado de los mercados, por diversas razones, y permanecerán por un tiempo. El trigo y la leche han alcanzado récord históricos en el mercado internacional, el arroz se encuentra en el nivel más alto de los últimos diez años, el maíz y la soja también están por encima de los precios promedio de hace una década y la carne se ha disparado en muchos países. La era de la comida barata parece haber terminado”. Es evidente que la noticia merece ser tratada con toda seriedad y no convertirla en armas para la mediocre batalla política interna de nuestro país.
La demanda actual excede la oferta, y hay preocupación de una escasez inminente, en tanto que las reservas no son suficientes y algunos países restringen la exportación de alimentos. No es raro que los precios de algunos alimentos aumenten repentinamente, aunque luego declinen. “Esto se debe generalmente a que las cosechas se ven afectadas por sequías o por algún tipo de plaga. La actual sequía en algunos países productores de trigo es una de las razones del reciente aumento de este cereal. Sin embargo, esta vez parecen existir también factores estructurales y de largo plazo que sugieren que los altos precios de los alimentos se mantendrán o incluso continuarán aumentando”.
Tomar debida nota de esta información y colocarla en un plano de política de Estado permitirá salir del tire y afloje, de la discusión mal planteada con malas artes, para llevar aguas a distintos molinos. El primer dato es “el incremento de la demanda de alimentos en los países en desarrollo, debido al aumento de la población, los mayores ingresos y un cambio en las preferencias. China es un claro ejemplo, pero hay numerosos países donde la demanda está dejando atrás la oferta local, produciendo a su vez un aumento de la presión en los mercados internacionales. El segundo factor es el aumento de precio de los insumos para la producción de alimentos. El petróleo constituye un claro ejemplo: su precio se ha disparado alcanzando la semana pasada el récord de noventa y dos dólares por barril y algunos expertos predicen que alcanzará los cien dólares”.
Ese complejo de variables impacta en el precio de los alimentos al menos en dos formas: produciendo un aumento del precio de insumos como el combustible para los tractores y los fertilizantes, y también de los costos de transporte marítimo de los alimentos. El tercero es el auge de los biocombustibles, que está provocando que tierras que podrían utilizarse en la producción de alimentos sean usadas para cultivos destinados a la producción de combustibles.

El tramposo instrumento de la información

Si bien es cierto que es un fenómeno conocido, no por ello ha entrado en el dominio público por la falta de tratamiento que hacen de él las agencia internacionales. Me refiero a la ingenuidad e inocencia de la conciencia popular estadounidense. Algunos emergentes permiten medir el grado de esas particularidades: a) el peso que el fundamentalismo evangélico tiene en la cultura, cuya dimensión puede ser percibida por el hecho que en más de la mitad de los Estados interiores tienen prohibido hablar en las instituciones educativas del la ley biológica de la evolución de las especies (pleno siglo XXI); b) se informan por medios locales de lo que acontece en su derredor ignorando en una medida sorprendente el mundo nacional e internacional; c) una encuesta realizada en el nivel medio educativo comprobó que más del 60% de los estudiantes tenían dificultad para ubicar Nueva York en el mapa. La figura de Homero Simpson habla a las claras del ciudadano medio.
Lo preocupante de esta información es que hace un tiempo parte de este fenómeno comienza a detectarse en nuestro país. La respuesta inmediata y fácil se encuentra en las condiciones en que se encuentra la educación en la Argentina, como si fuera un fenómeno circunscrito a un país y no un proceso mundial. Parte de lo que debemos a la globalización. Algunos investigadores han hablado de la macdonalización de la cultura mundial. Y el neologismo es muy expresivo del proceso que está avanzando. Aunque a nivel nacional podríamos traducirlo por la tinelización de la cultura, reflejada en los resultados que se pueden medir en los rating televisivos, la masividad de ciertos espectáculos, en el tipo de gustos de un público masificado, etc.
Los medios de información nacionales aprovechan esta característica, propia de estos tiempos, para hacer uso de una impudicia que va en crecimiento. Como si estuvieran sometidos a una competencia por demostrar cual es peor, unos y otros se mantienen en una paridad deplorable.
Así podemos comprobar cómo lo que se dice en cualquiera de ellos es tomado por el gran público como verdad revelada, aunque, para alentar alguna esperanza, parece que parte de ese público está comenzando a desconfiar de esos medios. Es que el abuso en la utilización de una información distorsionada ha comenzado a despertar sospechas. Desde la burda utilización de títulos que son desmentidos en el desarrollo de la misma noticia hasta la falsificación lisa y llana de la verdad. En un nivel un poco más sutil se da por verdad lo que todavía no ha sido corroborado, pero la carrera por la primicia no permite verificar las fuentes de esa información. Decirlo antes que los demás tiene más valor que la verdad misma. Lo que se afirma hoy puede ser desmentido mañana en el supuesto que el público ya ha olvidado lo anterior.
Noticias que golpean la indignación de ese público, que juegan con el sentimentalismo colectivo, mostrando hasta el detalle más siniestro los vericuetos del alma humana, caen poco tiempo después en el olvido suplantadas por un nuevo caso que recibirá el mismo tratamiento. Ninguna noticia termina su historia, es más importante agotar los pormenores de un hecho que llegar a la verdad de lo ocurrido. Qué paso con la infortunada García Belsunce, quién mató a la señora Dalmazo, etc
Digo todo esto, que no es sino una parte de la superficie del fenómeno, porque muchas de las informaciones que sacuden la conciencia colectiva es utilizada como una mercancía rentable en la medida de su espectacularidad, casi siempre muy lejana a la importancia real de lo que debe informarse. La víctima pasiva es gran parte de nuestra ciudadanía. Quién paga los platos rotos es la tan vapuleada democracia.

De consumidores a ciudadanos

Es innegable que las ideas individuales y su realización, también individual, facilita la tarea, a los pocos que lo logran. Pero no es menos cierto que esa actitud acota las posibilidades de las realizaciones colectivas. El ciudadano convertido en consumidor, que vota “a solas” y consume del mismo modo, se encuentra en el terreno de lo político y en el terreno del mercado frente a organizaciones. Allí se da también un enfrentamiento de voluntades: la de los individuos atomizados frente a las organizaciones con estrategias de poder. Por ello, la actitud individualista termina siempre derrotada, aunque las técnicas publicitarias intenten convencerlo de que ha logrado satisfacer el máximo de sus deseos. Deseos que se agotan de inmediato y que son reemplazados por otros nuevos que correrán la misma suerte.
Volvamos a los valores. Es imperioso un ordenamiento de los valores fundamentales, que coloquen a la comunidad por encima del individuo, que privilegie la persona por sobre el individuo consumidor y que, en virtud de todo ello, sienta la prioridad de la recuperación de la Nación. La necesidad de su realización plena es condición para la realización de todos sus ciudadanos que puedan, así, recuperar su calidad de tales. Sin todo ello como principio motivador del pensamiento, del compromiso y de la práctica social deberemos aceptar que la nueva religión del Dios Dinero nos ha derrotado. En el escenario que se prefigura bajo este diagnóstico hemos desaparecido como personas, a pesar de que se enarbole la defensa de los Derechos Humanos como ideología, según el discurso de ciertos progresistas. No son las grandes declaraciones publicitadas las que lograrán cambiar el rumbo de este mundo, es el compromiso básico con los valores que fundamentan la posibilidad de ser una Nación.
La Nación es posible cuando sus integrantes asumen públicamente su voluntad de reconstruirla, su vocación de independencia y su decisión de ser hombres libres. Puede que estas palabras suenen como venidas del túnel del tiempo, que muchos desprevenidos crean que es un discurso pasado de moda y que algunos, nada inocentes, exhiban una sonrisa socarrona de hombres “realistas”. Cuento con todo ello, pero también con los “hombres de buena voluntad” que no han tirado sus ideales al cesto de los recuerdos, que se mueven tras convicciones de que no todo está perdido. Por ello, que construir un mundo más humano no sólo es posible sino imprescindible, porque el clamor de los desplazados por el mundo del dinero, los excluidos, los que tienen hambre de pan y justicia, así nos lo imponen. Por ellos, que son los más, las dos terceras partes del mundo de hoy, no tenemos ningún derecho a ser escépticos, porque ese escepticismo es comodidad y complicidad.
Quiero recordar aquí a un luchador, víctima de la intolerancia, el jesuita Ignacio Ellacuría, que decía que siempre las posibilidades de un futuro mejor están abiertas, pero que estas posibilidades «no son cada una de ellas de por sí necesarias, no pueden realizarse sino por un acto de opción». Las posibilidades están pero requieren de la decisión de los hombres libres para realizarlas. Es esa voluntad la que señalo que hoy no está como presencia política, pero ello no indica que no sea posible. «Cuando ejecuto aquello porque he optado, sean cuales fueren las potencias que intervengan en esa ejecución, lo ejecutado ya no es un puro hecho, sino que es un suceso». Suceso es la acción de los hombres libres que deciden escribir su propia historia. La Nación está esperando.

El ciudadano pasivo

Las quejas respecto del estado actual de cosas no se correlaciona con el compromiso a cambiar el mundo. Es evidente que falta la voluntad colectiva para realizarlo. Creo necesario pensar en las circunstancias que condicionan esa voluntad. Veamos, entonces, algunos aspectos que son necesarios considerar para abrir caminos.
El desentendimiento que ha experimentado el ciudadano de “a pié” respecto de sus responsabilidades políticas encuentra algunas razones en la “profesionalización” del político, que ha convertido esa tarea en “cosa de especialistas”. Se agrega a ello el peso exorbitante que la economía se ha atribuido en el tratamiento de los temas públicos, al punto de que pareciera que son decisiones exclusivas de ese ámbito del pensar y del hacer. Este sometimiento encuentra culpas notorias entre los mismos actores políticos, dado que se han dejado subordinar al imperio de “los factores económicos”. Aquella acusación que los liberales decimonónicos le hacían al marxismo, de pensar sólo en términos “materiales”, deberíamos hacérsela hoy a los defensores del “mercado”.
Desde Aristóteles a Maquiavelo, y tal vez hasta el siglo XIX, la política fue el terreno en el que se dirimían las enfrentadas voluntades, la de los poderes que se proponían trazar un destino, abrir un futuro y definir la marcha de los asuntos del Estado. El avance del poder de las burguesías de los siglos XVII y XVIII fue otorgándole un tono diferente, cada vez más marcado, a la necesidad de introducir los intereses económicos en la fijación de las políticas de estado. Hasta que esas necesidades se impusieron imperialmente en el pensamiento desplazando a la política del centro de decisión. Todavía en el siglo XIX algunos liberales continuaban reclamando esa prioridad de la política.
El hombre del siglo XX asistió al desmadre de los intereses económicos y a su asalto al poder en el último cuarto de siglo, poder que se iba transnacionalizando a pasos agigantados. Todo este proceso tuvo como correlato la total desvinculación del ciudadano de las decisiones fundamentales de las comunidades políticas, sobre todo cuando sintió, descarnadamente, que esas decisiones se tomaban en algunas cúpulas de poder ahora desterritorializadas. El mundo del poder, económico y financiero, pertenecía a los “elegidos” del Dios Dinero. Los adeptos a esta religión se fueron convirtiendo en masas anónimas, seducidas por los paraísos ofrecidos por las técnicas publicitarias, sin percibir que “sólo unos pocos elegidos” accederían a ese cielo. Así, el ciudadano convertido en consumidor se fue alejando de la política, por ser un instrumento ineficaz, para rendir culto a las cotizaciones bursátiles, las variaciones cambiarias y las tasas de interés. Roma y Jerusalén fueron desplazadas por Wall Street. El triunfo, primero en el campo de batalla de los negocios, se coronó con el triunfo final en el campo de las conciencias.
Entonces…?
Hablaba, al comenzar, de “falta de voluntad colectiva”, es que está totalmente abotagada por la borrachera del dinero, del triunfo fácil, del éxito inmediato, de los caminos oblicuos. Pero “muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”. Debe aparecer, necesariamente, el tema de los valores. Debemos como comunidad política replantearnos qué queremos ser, ubicarlo luego en el contexto del mundo actual, no para renunciar a algunos de esos valores, sino para trazar los caminos y los tiempos de su realización. Esto presenta hoy una dificultad mayor que en otras épocas. Porque hoy el tiempo parece tener muy corta duración: lo que no es posible ser conseguido ya, o dentro de unos minutos, se convierte en un “imposible” o en un “no deseable”. Se le ha otorgado estatus de “utopía irrealizable” a cualquier idea que requiera tiempo, esfuerzo y perseverancia para su realización. Porque ello impone la necesidad de la organización de las voluntades y el consenso en los cuándo, los cómo y los por qué. Pero hemos sido convencidos que los únicos caminos transitables son individuales. El individuo reemplazó a la persona.

La concentración financiera IV

Termino acá la apasionante historia acerca de cómo se puede hacer dinero perdiendo dinero. Apasionante sí, pero trágica, ya que los que cargaremos con el “muerto” antes o después seremos nosotros, los de a pie. Como estamos continuamente bombardeados por las enseñanzas mediáticas de los garúes de la economía cabe preguntarse: ¿Y qué dicen los expertos?
«La respuesta de Stan O’Neal por cuenta de Merrill Lynch es, a primera vista, muy modesta y simple: se cometieron errores; errores de juicio. Artículos recientes, sin embargo, han provocado sospechas de que en Merrill no sólo tenían los rangos AAA porque pensaron que eran seguros contra pérdidas gracias a la sobre-colateralización, sino también estaban haciendo apuestas de cobertura contra la deuda de alto riesgo en sí que vendían a los clientes, en otras palabras, Enronómica: las cabezas que gano, son colas que tú pierdes». Resulta graciosa la invención de esta palabra: cruza de de Enron y economía. Es decir las triquiñuelas contables que logran demostrar que menos dos más menos dos da más cuatro.
Claro que el tiento se corta: «El peligro con los valores al estilo de Alicia en el País de las Maravillas urdidos por la mano invisible de una máquina apañada, es que todo lo que se necesita para iniciar un pánico es que algunos tipos de aspecto sobrio vestidos como eruditos se presenten en la plaza pública y griten “¡El emperador está desnudo!”. Es exactamente lo que pasó el 15 de febrero de 2007. Joseph R. Mason, profesor asociado de finanzas en el College of Business Le Bow de la Universidad Drexel, y el investigador Joshua Rosner, presentaron un trabajo en el Instituto Hudson que dejaba al descubierto la noción disparatada de que se podía ponerle indefinidamente lápiz labial a un cerdo y llamarlo un valor AAA».
Nos cuenta Martens que cuando el documento de trabajo llegó a manos de Gretchen Morgenson del New York Times, y su artículo apareció tres días después: «la fábrica de fuegos artificiales comenzó a arder en el sur de Manhattan, terminando por encender espectáculos pirotécnicos globales durante todo 2007. Hubo un pánico en un banco en Londres por primera vez en 140 años, fondos de inversión libre en bancarrota en Wall Street, prestamistas de hipotecas insolventes en todo EE. UU., rescates de fondos del mercado monetario por importantes instituciones financieras y más de medio billón de dólares de inyección de liquidez por parte del Banco Central Europeo. También hubo una ayuda sin precedentes de la Reserva Federal de EE. UU. en inyecciones de efectivo, y negociaciones secretas».
El castillo de naipes se desmoronó. Pero lo que está ahora en juego es la credibilidad de los operadores de la Bolsa de Nueva Cork, y aledaños, y en las consultoras calificadoras de riesgo. Entonces, a quien creer. Todo el sistema bursátil del mundo se basa en la fe. Dice Martens: «Pero, de lejos, el daño más serio es la persistente desconfianza en las mayores firmas de Wall Street que, por desgracia, también poseen bancos. Nadie confía en la solvencia del otro, de modo que los préstamos entre bancos se han paralizado».
Cita el pronunciamiento que califica de profético que Mason y Rosner hicieron en su trabajo: «La creciente aceptación por los inversionistas de estructuras de CDO ha sido apoyada por la disposición de las agencias de calificación de calificar esos activos. A diferencia de otros activos calificados por esas agencias, esos activos están sometidos a considerables riesgos en el mercado, un riesgo que según las agencias de calificación no pueden calificar efectivamente… ».
En fin, mientras nos preocupamos por los “motochorros” los chorros de magnitud dan clases en las “mejores universidades”, cobran por tergiversar la verdad y son premiados por las academias. Este es el mundo que debemos enfrentar y del cual nos debemos defender.
(Se puede leer el trabajo completo “Divertimento sobre temas de la economía” en “Trabajos académicos” de esta página)

La concentración financiera III

Sigamos esta investigación que tiene la ventaja de ser terriblemente grave e ingenua a la vez. ¿Cómo puede creer un operador experimentado de la Bolsa que juntando incobrables más incobrables se pueden lograr utilidades. Claro está que detrás de ellos hay contadores brillantes que hacen magia con los números. Recuerden lo que hacían los de Enron. Pero cuesta creer hasta dónde puede llegar la trampa.
Leamos a nuestro investigador: «Mientras se juntaban los paquetes, los segmentos permanecían en lo que Wall Street llama su operación de almacenamiento. Una vez que arman el CDO en la fuente de cerámica opaca, sólo se ve arriba la crema batida. Las agencias de calificación: Standard and Poor’s, Moody’s y Fitch otorgan al artilugio incomible una calificación AAA basada en la crema batida. Que la calificación haya sido solicitada y pagada por el emisor del CDO no carecía de importancia, como demostrarían los futuros eventos». Hemos aprendido algo más: Los mismos que nos calificaban como país de alto riesgo califican las deudas incobrables como AAA. Máxima calificación. Es decir, le ponían 10 a un examen de dos.
Recién en 2007, después de que los cráneos de las finanzas comenzaron a denunciar las mentiras y los mercados comenzaron a trabarse, las agencias de calificación empezaron a disminuir las calificaciones. «Pasaron cinco años en los que el así llamado “mercado eficiente” se tambaleaba en las tinieblas de las calificaciones de fantasía, sin ponderar las preguntas obvias sobre esos instrumentos AAA. Preguntas, como: ¿Cómo pudo un artilugio estratificado de pools de deuda cuestionable, muchas de origen dudoso, lograr el mismo equivalente de una calificación AAA que los valores del Tesoro de EE. UU.». Sigue con una reflexión de un ciudadano más: «A pesar de los granujas políticos que van y vienen en Washington, nosotros, el pueblo estadounidense, mostramos una disposición desmedida e histórica de aguantar a badulaques y a pesar de ello pagar nuestros impuestos a la renta por el bien de nuestros conciudadanos». Le faltó decir como Discépolo: “¡me cache en Dios qué gil!”.
Se pregunta: «¿Cómo podría ser suficientemente seguro un instrumento opaco compuesto frecuentemente de más de 100 partes difíciles de rastrear para los fondos de pensión, los fondos de las compañías de seguros y, disfrazado como efectos negociables, guardadas por la friolera de más de 50.000 millones de dólares en dinero de fondos de mercado con dinero de la gente de a pie? ¿Cómo se transformó un modelo de mercado “eficiente” de 200 años de antigüedad que fijaba los precios de sus valores sobre la base de la búsqueda regular de precio mediante el comercio transparente en un complejo opaco de fabricación y almacenaje de productos que no se comerciaban o eran raramente comerciados, que necesitaban precios basados en modelos estadísticos?».
Podríamos consolarlo contándole que nosotros creímos que habíamos entrado al primer mundo, que un dólar valía un peso. Y que, como afirmaba uno de sus alumnos más brillantes, el “pelador” Cavallo, habíamos entrado en una estabilidad que duraría sesenta años. Podríamos preguntar ¿cómo un pueblo culto, politizado, compró con tanta facilidad ese postre criollo? Si ya habíamos viajado a Miami a decir litúrgicamente “déme dos” casi veinte años antes. Sr. Martens “en todas partes se cuecen habas”. Sobre todo cuando éstas están promocionadas por los grandes medios. Nosotros hemos demostrado que tenemos más de un 60% de Homero Simpson en Buenos Aires que votó por un contrabandista de automóviles y un evasor compulsivo, y un 20% de ellos a nivel nacional que votó por una monja vendida totalmente al neoliberalismo.