La concentración financiera I

El tema de la concentración económica y sus repercusiones lo he venido exponiendo en las últimas notas. No escapa a ninguna persona que siga esta problemática que es imprescindible tenerla en cuenta cuando se habla de la economía nacional. Por ello ahora quiero abordar el tema financiero. Debo decir que estoy muy lejos de ser un especialista en la materia y que muchas veces me cuesta bastante entender qué es lo que pasa. Por tal razón me voy a apoyar en una nota de un investigador del tema, Pam Martens, quien trabajó 21 años en Wall Street, equivale a decir en las entrañas mismas del sistema. Esto es especialmente relevante en estos momentos en que la turbulencia, de difícil pronóstico, sacude como un tsunami las bolsas del planeta. Con el agravante de que gran parte de esta información es religiosamente ocultada por los grandes medios.
Nos dice Martens: «Con cada nueva revelación de pérdidas multimillonarias en dólares de las mayores firmas de Wall Street, aparece la fastidiosa pregunta de cómo sucedió que esos Amos del Universo tuvieran que cargar con el muerto en esos masivos ajustes. ¿No se supone que sea Wall Street quien ejecuta negocios para otros; no que acumule para sí inmensos inventarios de valores tóxicos, no comerciales? Ya que esos grandes actores de Wall Street ahora poseen algunos de nuestros mayores bancos de depósitos, asegurados por el contribuyente (por cortesía de un regalo legislativo del Congreso llamado la Ley Gramm-Leach-Bliley)». La lectura de esta información pareciera referirse a un país del tercer mundo, bananero como lo denominan con mucho desprecio. Sin embargo nos habla de los EE. UU.
Resulta, entonces, que: «la Reserva Federal vacía decenas de miles de millones de dólares nuestros en algunos inmensos agujeros negros, el sentido común podría sugerir que el Congreso realizara audiencias públicas. Esas audiencias podrían sacar a la luz cómo Wall Street ha mutado, bajo el manto de la oscuridad, de ser un centro comercial a fabricar y almacenar artilugios exóticos registrados en ultramar [léase bancos off-shore]». Este analista está proponiendo la intervención del poder político para investigar qué está haciendo la Reserva Federal con “miles de millones de dólares nuestros”, es decir del pueblo estadounidense, que se pierden en “inmensos agujeros negros”. Perdóneseme la repetición pero creo necesario subrayar lo que está afirmando: las pérdidas de las aventuras financieras particulares son cubiertas con dinero público. Uno se pregunta ¿qué pasaría si no lo hicieran? Sin comentarios. Y esto es lo grave, no se encuentran respuestas oficiales.
Este analista nos dice que: «El gobierno de Bush manipula el lío como si se tratara sólo de un problema de hipotecas de alto riesgo. No vaya a ser que el público se dé cuenta de que un mercado no regulado de un billón de dólares ha reventado ante las narices del mercado libre de este gobierno. La pérdida colectiva de 70.000 millones de dólares en cosa de meses, con proyecciones de continuas pérdidas, que pueden ascender a hasta 400.000 millones de dólares globalmente huele a serios problemas». Vuelvo a insistir en este comentario porque sospecho que para más de un lector esto puede sonar a idioma extra terrestre. No se puede pensar que un juego financiero de tan alto riesgo no repercuta en las finanzas mundiales. De allí la necesidad de tratar de entender como ciudadanos de este país para que no nos suceda como ya se dio en 1929.

La debilidad del Estado y la concentración económica II

Nos han acostumbrado desde hace mucho tiempo a hablar del mercado, de sus logros, de sus límites y de sus contraindicaciones. Esto tuvo su contraparte en las denuncias y críticas de la intromisión del mercado (por medio de las privatizaciones) en sectores sociales: salud, educación, pensiones, correos, comunicaciones, desarrollo económico, etc. Esto nos obliga a pensar que se debe replantear el libre mercado, tal cual se practica hoy, porque su lógica ha ido demasiado lejos, dado que se nos ha metido en todos los campos de la vida y ya podemos comprobar sus consecuencias. Hoy debemos llegar a la conclusión de que la defensa del neoliberalismo como doctrina y como proyecto, dice de Sebastián “es una cortina de humo para ocultar el avance de la planificación central”, que practican los grandes monopolios que resultan de las fusiones y adquisiciones de los últimos años.
Parece que hemos caído en el engaño que nos tendió el neoliberalismo. Al rescatar la vieja doctrina liberal de la defensa del individuo, que tuvo su razón de ser ante la omnipresencia arbitraria del estado absolutista de los siglos XVIII y XIX, creímos sumarnos a la defensa de las libertades individuales, que se expresaban, según la actualización de esta doctrina. La estrategia fue astuta: se defiende la eficiencia del mercado en la asignación de los recursos para dar la impresión que se lucha por la competencia, pero en realidad se trata de tapar el hecho de que se está reduciendo la competencia y destruyendo el mercado. El mercado y la competencia se están destruyendo en la medida en que se consolidan los enormes monopolios que están surgiendo ante nuestros ojos. Mientras discutimos con los apologistas del mercado, no nos ocupamos de quienes lo están destruyendo. El economista de Sebastián sintetiza en las siguientes tesis el estado actual del mercado internacional, escenario de la concentración del poder, en todas sus variantes, económico, político y su incidencia en lo social:
a) Las empresas que más tiran de la economía son empresas nuevas, en el sentido de que incorporan y se benefician de las nuevas tecnologías, los nuevos productos relacionados con las telecomunicaciones, la informática y la computación y sus aplicaciones a sectores tradicionales, como la industria, la banca y el comercio.
b) Estas empresas tienen muchas veces objetivos a corto plazo: aumentar el valor de las empresas, es decir su cotización en bolsa, lo cual les interesa más que generar beneficios normales y distribuir dividendos.
c) La fuente de capital financiero son los grandes fondos de pensiones, de seguros y de inversión, que no son manejados por sus propietarios sino por especialistas que detentan un poder enorme para bien o para mal de muchas economías, los nuevos gestores del poder mundializado.
d) La fusión de empresas, que lleva consigo la reducción del número de las que operan y compiten en un sector, esta ampliando el radio de acción de la planificación central en sectores cada vez mayores de la economía.
e) Se está transformando la forma de trabajar, el concepto de empleo permanente y estable se está sustituyendo por el de empleo flexible, es decir cambiante e inestable, a la par que cambian los conceptos de lealtad, fidelidad del personal y su compromiso con una determinada empresa.
Las relaciones de los conglomerados empresariales con los gobiernos y otras administraciones públicas están cambiando. Sobre todo en la cuestión de los impuestos, que se les sustrae a los estados a la vez que se echan nuevas cargas (los despidos masivos) sobre el sector público. Creo que debemos pensar desde este escenario de hoy el tipo, el momento y la cantidad de batallas a librar.

La concentración de la economía como limitación argentina I

Dije en otra nota que había llegado la hora del reclamo. Pero éste debe ser hecho comprendiendo las limitaciones que todo proceso tiene, para nuestro caso: la transformación de nuestra Patria. Por tal razón propongo una reflexión. Quien lea con atención las noticias económicas que nos ofrece la información pública podrá percibir el proceso de nuevas fusiones de empresas, que dan lugar a concentraciones de enormes masas de capital en los sectores claves de la economía. Esto parece confirmar una tendencia imparable hacia el gigantismo empresarial que comenzó hace más de una década. Estos hechos plantean a las sociedades nacionales graves problemas.
El primero, es la liquidación del mercado de libre competencia supuesto fundamental de la ortodoxia económica, por la desaparición de competidores, y la explotación de los consumidores y de los trabajadores que de ello se sigue. En la ciencia jurídica se habla de la lenta desaparición del contrato clásico, que supone la libre discusión de los términos. Éste ha sido reemplazado por lo que denominan “contrato de adhesión”, en el que la parte más débil acepta los términos que impone la parte que detenta el poder. Esto puede ser aplicado al precio de mercado como una forma general del contrato económico. Segundo, ésta es la consecuencia de la acumulación del poder social en unas pocas manos, las de los gestores de esos enormes conglomerados.
Debemos prestar atención a un tercer aspecto del proceso de concentración: el avance de la planificación central como forma de organizar sectores enteros de la economía, lo que representa una importante mutación del capitalismo del siglo XX. Para entender el alcance de esta afirmación hay que partir del hecho siguiente: dentro de una empresa no hay mercado. Dice el economista Luis de Sebastián: “Las decisiones de asignar recursos físicos y humanos a usos alternativos en una u otra sección, división o filial de una empresa no se hacen por medio de un mecanismo de oferta y demanda, sino por un proceso de planificación y ejecución de las órdenes de la oficina central. Naturalmente, para tomar estas decisiones la autoridad central de una empresa se guía por lo que hacen otras empresas, sobre todo las que compiten con ella, y tiene en cuenta lo que exigen los consumidores. En definitiva, la asignación de recursos dentro de una empresa es formalmente un proceso de decisión autoritario, como el de un régimen de planificación central”.
La idea no es nueva, aunque no ha sido tenida debidamente en cuenta. Ya había sido señalado este fenómeno por Ronald Coase, a quien le otorgaron el premio Nobel de economía cincuenta años después de haberla hecho pública en 1924. En esa oportunidad demostró que “la empresa substituye a las transacciones individuales del mercado cuando éstas se pueden organizar dentro de ella, para economizar costos de transacción”. Dice de Sebastián que Alfred Chandler en La mano visible describió el managerial capitalism “como un sistema en que la mano invisible del mercado ha sido sustituida por la visible de la planificación”, y John K. Galbraith en su libro El nuevo estado industrial habla de un “sistema de planificación” refiriéndose al sistema de gobierno de las empresas multinacionales.
Agrega de Sebastián: “Pero las mutaciones del capitalismo no se acaban con la increíble desigualdad que presenciamos. También se están dando cambios sustanciales en la organización interna de las empresas, en la manera como se asignan los recursos en una economía de mercado con grandes empresas que compiten encarnizadamente por la dominación de los mercados mundiales”.
Si he planteado este problema es para colocar la situación de nuestra Argentina dentro del cuadro mencionado. Las posibilidades de cualquier cambio en el camino de mejorar la distribución no pueden olvidar las restricciones mencionadas.

La democracia y la participación

Los últimos doscientos años de historia de las ideas políticas nos han acostumbrado a pensar al ciudadano como un sujeto de derechos, y se ha olvidado que es también, necesariamente un sujeto con obligaciones. Debemos señalar que la historia del sujeto de derechos nace en el liberalismo como una reacción contra la monarquía absoluta, por sus arbitrariedades. Esta defensa del ciudadano frente al avance del estado dio lugar a grandes debates que fueron sentando doctrina, cuyo resultado fue el enunciado de los derechos constitucionales. Cumplida esa primera etapa, en la cual el estado se fue reduciendo en sus funciones cediéndole el terreno al mercado, hubo necesidad de salir al cruce de la desprotección en que quedaba el ciudadano librado a la suerte de las leyes de ese mercado. Las prescripciones constitucionales y la ley de la oferta y la demanda se mueven en distintos planos.
La crisis de la década del treinta, mostró más crudamente que el problema a enfrentar no era ya la de un Estado avasallante, sino las fluctuaciones económicas. En ese entonces la ceguera del mercado había precipitado la economía por un tobogán. La solución se encontró por la vía de un estado protector que garantizara ciertas reglas y servicios básicos. A partir de allí una corriente de ideas, que fue ganando mucho apoyo, se centró en la necesidad de la existencia de ese estado como condición de la democracia moderna. Aquel ciudadano desprotegido que creyó encontrar en la defensa de sus derechos la garantía de una vida estable, experimentó después que no bastaban los derechos cuando el mercado los borraba en la práctica. Siente ahora, entonces, que el estado será la barrera contra los abusos.
Esto creó la conciencia de esperar que el Estado lo resuelva todo. Al mismo tiempo produjo un desentenderse de los mecanismos en que se debatían la relación entre estado y mercado. También posibilitó la aparición del político como profesional especializado depositario de esas funciones. La tarea política, base de la existencia de la ciudadanía como tal, se fue alejando del ámbito del ciudadano para quedar encerrada en los partidos políticos y en la participación de éstos en las funciones de gobierno. La democracia representativa fue deviniendo sólo democracia electiva. El ciudadano como sujeto político se recluyó en su función de elector, renunció a ser el custodio de la política para garantía del respeto ciudadano.
El último paso de esta historia se da en los ochenta, cuando una corriente de ideas, el neoliberalismo (que tenía de “neo” el abandonar las viejas banderas liberales en pos de un servilismo económico) comienza un ataque contra el Estado protector. Se desmorona la barrera de contención de los derechos del ciudadano y el mercado se convierte en el tribunal superior, sin posibilidad de apelaciones. Se vuelve dos siglos para atrás, con el agravante de que la política ha caído en el descrédito ante el ciudadano, en parte por el olvido de los políticos de su función representativa. Aparece, entonces, la necesidad de cubrir ese enorme espacio vacío con formas de organización de los ciudadanos, que habiendo experimentado los fracasos anteriores, decidan tomar, paulatinamente, en sus propias manos el poder de decisión sobre los destinos comunes.
El parlamento europeo define: «El voluntariado social acaba entendiéndose como un servicio gratuito y desinteresado que nace de la triple conquista de la ciudadanía: como un ejercicio de la autonomía individual, de la participación social y de la solidaridad para con los últimos». Esta red social distribuye el poder en la sociedad de un modo que reafirma el pluralismo político y salvaguarda las libertades de los ciudadanos. Las asociaciones de voluntarios actúan como intermediarias entre el Estado y la ciudadanía, ofreciendo un canal para la participación ciudadana. Ambos papeles (distribución del poder, promoción de la participación) hacen de dichas asociaciones uno de los mejores ejemplos del «principio de subsidiariedad».
La necesidad de una ciudadanía más amplia e inclusiva no es simplemente algo práctico. Implica un debate ideológico y político, al tiempo que un compromiso personal y una asunción de riesgos. En la búsqueda de una justicia comunitaria, se ha de implicar no sólo el/la voluntario/a, sino también su organización. La red de asociaciones de voluntarios tiene el irrenunciable deber de reflejar estas experiencias concretas, transmitirlas a la sociedad y pedir las medidas sociales y jurídicas que respondan a las necesidades de los más desfavorecidos. La acción voluntaria, si quiere ser ética, no sólo ha de caminar con las víctimas, sino que ha de tener a su favor la convicción de la necesidad de cambio. En nuestra sociedad, el compromiso con la justicia social es la piedra de toque de la credibilidad, tanto de las personas voluntarias como de sus instituciones.

Está bien, pero falta bastante

En esta página, en diversas oportunidades, he defendido a nuestra actual presidenta. Sobre todo cuando se ponía en duda su capacidad para gobernar. No porque yo tuviera certeza de que tiene una capacidad probada, sino porque me parecía percibir que se colaba en las críticas un aire machista muy bien encubierto. A esto debe agregarse un dato que me sorprendió, sobre todo por quienes hacían este análisis: se habló después de las elecciones de un voto “gorila”, palabra casi en desuso. Estos dos aspectos, de la realidad social y política de nuestro tiempo, merecen una reflexión más detenida que, por ahora, se la cedo al lector.
Yo me he dicho que los cuatro años anteriores tienen logros que no se pueden ocultar. Para quienes se resisten a ello los invito a hacer un ejercicio intelectual: colóquense mentalmente en el 2002 y traten de recordar los pronósticos que se hacían desde los distintos ámbitos del arco político. Luego compárese con el estado actual de cosas. Sé que van a aparecer los que digan que nos ha tocado una situación internacional muy ventajosa que ha favorecido el logro de esos resultados. Bien, aceptémoslo. Ahora hagamos un segundo ejercicio: coloquemos en la presidencia a cualquiera de los contendientes del 2003 e imaginemos los resultados que hoy veríamos. Si les da igual o mejor no sigan leyendo estas líneas, es muy poco de lo que podemos hablar. Esto no significa acreditar todos los méritos al presidente saliente, pero…
Llegados a este punto volvamos a la situación en que nos encontramos y a nuestra presidenta. Yo voy a decir, y me preparo para recibir tomates (a pesar del precio que tuvieron) más otras hortalizas por la cabeza, que valorando su capacidad intelectual y su formación hace décadas que no tenemos a alguien de este calibre sentado en el sillón presidencial. Lo demuestra en cada intervención que le toca hacer uso de la palabra, y ¡cómo la usa! No es sólo una cuestión de oratoria, también la exposición doctrinaria que hace de los temas que aborda, comenzando por su mensaje a la Asamblea. Todo ello está hablando de capacidad de estadista.
Claro, falta nada más que ponga en realizaciones todo lo que promete, ¡nada más y nada menos! Y entonces, estaremos allí con mejores elementos en la mano para completar el juicio. Debemos acordar que venimos “saliendo del infierno” y que un camino de esta naturaleza no es ni sencillo ni corto. Pero, en algún momento se tiene que acabar. Empezaremos a remontar la cuesta del crecimiento, que no debe ser entendido solamente como económico, es mucho más importante que recuperemos la honestidad, la responsabilidad, la solidaridad, la equidad, el asumir y cumplir nuestros deberes, y asentarnos sobre la defensa de nuestra cultura nacional. Y esto vale para todos los “hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. Porque sólo así tendremos el derecho de reclamar, denunciar, exigir que nuestros “representantes” cumplan con lo suyo.
Del camino del infierno todavía nos falta bastante. Porque hoy podemos oír a nuestros comerciantes contentos hablar de cómo ha aumentado el consumo, y esto es bueno, habla de un mayor poder adquisitivo. Pero, ¿para cuántos? Paralelamente al crecimiento de la producción y de las ventas ¿se sigue ampliando la brecha entre los que más tienen y los que menos tienen? Si es así ¿cómo se explica esto? Entonces, Sra. Presidenta a seguir avanzando, pero incluyendo a todos o, por lo menos por ahora, a muchos de los más necesitados. Todo ello ¡Por un mejor 2008!

Educación, responsabilidad de todos

En el curso de una semana apareció el tema e la educación con un subrayado interesante. Primero, la presidenta lo incluyó en su discurso de asunción del mando ante la Asamblea Legislativa. Allí hizo un señalamiento respecto de dónde había estudiado la pareja presidencial que puede ser considerada como una afirmación de principios: “somos hijos de trabajadores y él es Presidente y yo soy Presidenta; somos eso, producto de la educación pública”. De modo que coloca en un primer plano a este tipo de educación en tiempos en los que se habla tan mal de la función que se realiza. Pero agregó de inmediato: “Pero también quiero decir que aquella educación pública no es la de hoy. Yo me eduqué en una escuela donde había clases todos los días, donde los maestros sabían más que los alumnos, donde nosotros teníamos que estudiar todo el día para poder aprobar y pasar, porque creíamos en el esfuerzo, porque creíamos en el sacrificio”.
Esto debe ser tomado, en mi opinión, como un punto de partida para la discusión del problema educativo. Porque yo encuentro una recurrencia en afirmar que la educación es un problema de presupuesto, como si con más dinero solamente se resolviera el estado de la educación actual. “Porque no hay financiamiento estatal que valga. Podemos destinar no seis puntos del Producto Bruto, podemos destinar diez, pero si no hay capacitación y formación docente, si los alumnos no estudian, si la familia no se hace cargo, en fin si todos no trabajamos y nos esforzamos y cooperamos en lograr el bien común, va a ser muy difícil no solamente lograr una mejor calidad de educación sino también seguramente un mejor país”.
Me pareció un acto de sinceramiento del problema al colocar los factores intervinientes y las diferentes responsabilidades que se debe asumir. El Estado deberá poner el dinero necesario, los docentes deberán incorporar las capacitaciones necesarias que financiará el Estado, pero además, y esto lo digo como docente de treinta y cinco años de experiencia, también deberán recuperar una vocación que muchas veces no se la ve en ellos. Con gremios excesivamente sindicalizados, quiero decir que centra sus luchas en el tema salarial, que son necesarias pero no suficientes. Debieran encontrar otros modos de protesta que el simple paro que perjudica al alumno y convierte a los padres en rehenes. No aparecen de las organizaciones gremiales propuestas de cursos de capacitación, estudio, debate, etc.
Para ello “entonces todos los que formamos y forman parte de la escuela pública debemos encontrar formas dignas de lucha por los derechos que cada uno tiene pero esencialmente defendiendo con inteligencia a la escuela pública”. Porque los padres que tienen dinero resuelven por el lado de la escuela privada, pero ella no es mejor que la pública, sólo asegura más días de clases, pero ello no alcanza.
Preguntado el ministro de educación sobre las palabras de la presidenta que defendió la vieja escuela dijo: “Lo que ella quiso decir es que efectivamente el maestro no es lo mismo que el alumno. ¿Qué quiere decir hoy saber más? No es que sea el poseedor de la información, porque la información hoy se puede transmitir por muchas modalidades. Lo que el maestro tiene que saber más es en valores y tiene que transmitir algunos valores porque es el adulto y el alumno es el joven… El aprendizaje es asimétrico y esta verdad hay que sostenerla… Si queremos una sociedad justa tenemos entonces que traducir esta idea de justicia en términos concretos: tenemos que aprender a convivir con el otro, a resolver nuestros conflictos por vía no violenta, a respetar al diferente. Acá reside la diferencia con la escuela anterior”.
Si la presidenta y el ministro lo tienen claro, llegó la hora de las realizaciones. Pero la de todos: padres, hijos, maestros, funcionarios, dirigentes políticos, etc. Así será posible avanzar, caso contrario deberemos llorar sobre la leche derramada, pero asumir que hemos ayudado a derramarla.

Hablar no es fácil

Hace unos seis meses escribí una nota en la que llamaba la atención del “distinguido público” respecto a las reflexiones, notablemente “sesudas”, referidas a las capacidades que podría tener una mujer, y no cualquier mujer, para ejercer la Presidencia de la Nación. Si la persona que estuviera en cuestión fuera Valeria Mazza (con todo respeto, como se dice cuando uno va a faltarle el respeto a alguien), o lo mismo da Moria Casán, etc. el tema podría ser sometido a debate. Si Gran Hermano y Tinelli tienen el público que tienen, si Macri ganó en Buenos Aires, uno debería aceptar que “hay gusto para todo”, como afirma la sabiduría popular.
Decía yo, en aquella oportunidad, que un debate de tal calibre debería imponerse la totalidad de la ciudadanía cada vez que enfrentemos una elección presidencial, y ¿por qué no de las otras? Sin embargo, hemos tenido cada presidente que “supimos conseguir” que no da para hacernos los inteligentes y exquisitos. Pero si saqué a relucir la cuestión de género es porque la candidata de aquel entonces estaba recibiendo un trato que no se le había dispensado a otras que también lo fueron y hasta a algunas de ellas que fueron elegidas. Ruego hacer un ejercicio de memoria histórica y colocar a cada quien en su casillero. Entonces, el problema residía para mí en las condiciones de cualquier candidato, por ello escribía:
“Por lo que creo que deberíamos centrarnos en qué piensa, qué dice que va a hacer, qué propone. Y cuando se escribe, se habla por radio o televisión, tanto sobre este tema lo que no aparece es lo que voy a proponer: a) que se le revise el “currículum” (o como se deba llamar) a todo candidato a la presidencia, b) que se le tome luego un test de inteligencia y un examen de conocimientos generales, c) que redacte ante un jurado, debidamente seleccionado, una mínima monografía sobre por qué cree que tiene condiciones para ser presidente, y d) que se habilite a presentarse a elecciones a los que hayan aprobado. Y dejemos de lado si es hombre o es mujer”.
Ha pasado el tiempo y aquella candidata se ha sentado ahora en el Sillón de Rivadavia (con perdón de la palabra). No sólo se ha sentado, antes de ello, ha tenido el coraje de dirigirse a la Asamblea Legislativa sin un papel en la mano e improvisar su discurso de asunción del mando, como le dicen. Y, para colmo, tuvo la osadía de improvisar una pieza oratoria de calidad tal que si fuera condición para sumir el sillón hubiera quedado vacante muchísimas veces. Y, para completarla, esa pieza oratoria tocó temas cruciales con una profundidad doctrinaria digna de más de una cátedra.
¿Por qué vuelvo sobre el tema de esta mujer? Porque debo decir, como viejo docente, que en un final yo le hubiera puesto 10 (diez) Felicitado! No faltarán las voces de siempre que me dirán “hablar es fácil”, el problema es si es capaz de hacerlo. Primero, debo decir a tal opinador que hablar no es fácil, si no póngase Ud. a hablar 45 minutos, con coherencia, con conocimiento del tema, con la certeza que sólo da la convicción profunda y luego seguimos avanzando. Segundo, lo que sea capaz de hacer sólo depende de ella en parte, la otra depende de todos nosotros. Pero si Ud. es uno de esos que va a la cancha de fútbol a criticar como juega su equipo y Ud. nunca patió una pelota, y sin embargo, ello no lo inhibe para que arme y desarme el equipo varias veces proponiendo idealidades irrealizables, todo lo que pueda hacer le parecerá defectuoso. No estoy seguro de haber sido claro. Bien: llegó la hora de que ella cumpla con lo dicho.

La ignorancia sobre la Nación – II

Avanzando en la lectura, encontré en Fichte otras semejanzas con nuestra historia, dignas de ser mencionadas. Ese “hundimiento paulatino” que él observa en aquella Alemania no es muy diferente al de nuestras últimas décadas. Alemania venía de una etapa en que la comunidad había logrado grandes progresos, según él: «Para sí mismos necesitaban poco, para empresas comunes efectuaban ingentes gastos. Raras veces sobresale y se distingue aisladamente un nombre; todos mostraban el mismo sentido y entrega a la comunidad». Aun aceptando que haya una gran dosis de idealización en la descripción de ese pasado, debemos rescatar de esa historia el sentimiento colectivo de comunidad, identificada con una patria, que empujaba al emprendimiento de grandes realizaciones en pos de un destino común.
Todavía en aquella Alemania no había penetrado la idea del individualismo burgués de cuño anglosajón. Por ello Fichte exhorta al cuidado y protección del mercado interno, que no es sólo un objetivo económico, es fundamentalmente la preservación de la cultura nacional sostenida por su base de pueblo, como él defiende. Advirtiendo que: «Ciertamente entre nosotros hubo pensadores de segunda fila y faltos de originalidad que imitaron doctrinas del extranjero –mejor la del extranjero, según parece, que la de sus compatriotas- tan fácil de conseguir, pues lo primero les parecía más selecto; estos pensadores intentaron convencerse a sí mismos de ello en la medida de lo posible. Pero allí donde se movía el espíritu alemán de manera autónoma, surgió la tarea de buscar crear una filosofía propia, convirtiendo, como debía ser, el pensamiento libre en fuente de verdad independiente».
Pareciera que este filósofo alemán nos habla a través de los siglos de lo que nos ha ocurrido a nosotros. No deja de sorprender cuántas semejanzas, a pesar de la distancia en tiempo y geografía. Pensadores (¡!¿?) de “segunda fila” abundan por estas tierras y “faltos de originalidad” absorben extasiados doctrinas extrañas a nuestra idiosincrasia, pero muy afines con los propósitos de los “dueños del mundo”, muchas veces ocultos a su ignorancia. La importación de ideas ha sido una de las tareas más fructíferas en los medios intelectuales. Citar lo último que se escribió o dijo en cualquier lugar de los países centrales, importando muy poco la calidad de lo afirmado, da patente de persona culta y bien informada (¿o deformada?).
Podríamos parafrasear diciendo: “pero allí donde se movió el espíritu indoamericano de manera autónoma, surgió la tarea de crear la filosofía de la liberación, convirtiéndose en un pensamiento libre, fuente de verdad independiente”. Y diagnostica nuestro autor: «Mientras no volvamos a producir nada digno de tenerse en cuenta, entre los medios concretos y específicos para elevar al espíritu alemán, uno muy eficaz sería disponer de una historia fascinante de los alemanes de esa época que fuese libro nacional y popular… Sólo que una historia así no tendría que narrar los acontecimientos a modo de crónica, sino que tendría que meternos dentro de la vida de aquella época impresionándonos profundamente… y esto, no mediante invenciones infantiles, como tantas novelas históricas han hecho, sino mediante la verdad; de su vida deberían dejarnos entrever los hechos y acontecimientos como testimonio de la misma».
Nos está hablando de nuestra “historia oficial” y de la necesidad de reescribir la “historia de nuestra patria y la de nuestro continente”, para reencontrarnos con un pasado que nos devuelva la dignidad de ser lo que prometíamos ser. En esa senda descubriremos nuestra originalidad como pueblo que nos devolverá nuestra identidad y nuestra autoestima.

La ignorancia sobre la Nación

Después de haberme repuesto de mi sorpresa inicial pude leer en Fichte el papel que le asignaba a lo que él denominaba “el Estado racional”. Éste «no se construye con disposiciones artificiosas a partir de cualquier material existente, hay más bien que formar primero y educar a la nación para este estado. Sólo la nación que haya resuelto la tarea de formar al hombre perfecto mediante el ejercicio real, resolverá a continuación también la tarea del estado plenamente desarrollado». Las “disposiciones artificiosas” pueden ser pensadas, tanto entonces como ahora, como la imposición de ideas, doctrinas, métodos políticos, formas institucionales ajenas a la cultura de la nación. El ideal del “hombre perfecto” debe ser entendido como un horizonte hacia donde caminar, no como un objetivo alcanzable.
Por ello dice en otra parte, argumentando desde su patria que «La nación alemana hasta ahora ha estado siempre de hecho en relación con el progreso de la especie humana en el mundo moderno. Hay que aclarar aún algo más de la observación que hemos hecho acerca del proceso natural que esta nación ha seguido a saber: en Alemania toda formación ha partido del pueblo». La importancia que le otorga a la cultura popular me lleva a pensar en la necesidad de una educación que se sostenga en valores como la de: «Los alemanes que se quedaron en la patria habían conservado las virtudes extendidas ampliamente en su tierra: lealtad, sinceridad, honradez, sencillez… Pronto se desarrollaron y florecieron en las ciudades todas las actividades de la vida culta. En ellas nacieron constituciones e instituciones ciudadanas, si bien pequeñas no obstante acertadas, a partir de las cuales se extendió por todo el país una imagen de orden y un amor hacia el pueblo».
Siguiendo esta línea de pensamiento deberíamos detenernos a pensar si la influencia, determinante hoy en las “capas cultas” de nuestra sociedad, del pensamiento económico de origen anglosajón, distante de lo alemán, no invierte el orden del planteo. Primero “desarrollar” lo económico para después estructurar la nación en torno a sus resultados. Como si este pensamiento no contuviera ya valores que sabotean la posibilidad de constituir una comunidad organizada. “El hombre que va al mercado a maximizar sus beneficios está muy lejos de preocuparse por el bienestar del conjunto”. Ese curso de acción es advertido por Fichte y por ello señala que: «Es ese período único de la historia alemana en que esta nación consigue esplendor y fama al nivel que le corresponde como pueblo originario; a medida que la codicia y ansia de poder de los príncipes va destruyendo este esplendor y pisoteando la libertad, se va hundiendo paulatinamente la totalidad y a abocando al estado actual».
Invito al lector a traducir a términos de la historia de Argentina, o de la América toda, cambiando los personajes y la época, pero reteniendo la esencia del proceso, para comprender en parte lo que nos sucede. La doctrina económica que recibimos de los clásicos, Smith, Ricardo, entre otros, se elaboró sobre la historia que escribía Inglaterra del siglo XVIII y principio del XIX, después del impacto de la Revolución industrial. La expansión de ultramar, el dominio de los mares que resultaba al mismo tiempo el dominio de los mercados exteriores la colocaba en un plano de privilegio. Sostenida por ese proyecto de poder la doctrina económica no hacía más que legitimarlo y proyectarlo hacia el futuro. El problema no radica en ellos sino “en la codicia de nuestros príncipes locales” que se unieron a ese proyecto de dominación. Sus nietos enseñan en nuestras universidades.

Las dudas de mi ignorancia

Yo me sentía seducido por el desarrollo del tema tal como lo exponía Smith, me sonaba a cierta música celestial. Todos los hombres cumplían con su deber, hacían lo mejor que podían y ponían lo mejor de sí para satisfacer del mejor modo posible las necesidades de los demás. Si bien esto no impedía que cada cual velara por su interés personal, al contrario ello era necesario para un mejor funcionamiento del mercado, dado que así todos saldrían satisfechos con la conciencia del deber cumplido y con el bolsillo lleno con sus ganancias. Nadie salía disconforme ni daba lugar a conflictos. “Todos eran felices”, me sonaba a final de cuento infantil.
Volví a encontrarme con mi viejo profesor y le manifesté mis dudas. Le pregunté si en la Inglaterra del siglo XVIII no había gente mala que pudiera dar lugar a disturbios o a pretender quedarse con lo que no era de ellos. Me tranquilizó afirmando: “Hombres así ha habido en todas partes, por lo menos desde que hay historia escrita. Por tal razón, si bien Smith apela a la conciencia moral de los hombres postula también la necesidad de la presencia del Estado, y a su fuerza policial para recomponer el orden allí donde fuera alterado, vea como lo dice: «Si un soberano se ve sostenido, no sólo por la aristocracia del país, sino por un ejército permanente y bien disciplinado, las protestas más anárquicas, infundadas y violentas no le causan la menor inquietud. Puede tranquilamente despreciarlas o perdonarlas»”.
Me aclaró: “Si bien ningún funcionario debe inmiscuirse en el libre funcionamiento del mercado, como ya le leí el otro día, esto no significa que todo el sistema productivo y de cambio en el mercado no esté protegido por la fuerza del Estado. Éste es el que debe velar, como dice Smith, por el cumplimiento de los contratos, sobre todo el que se realiza entre el trabajador y el capitalista, y por la protección de la propiedad privada, sin la cual no hay mercado capitalista”.
Partiendo de lo que sucede hoy en las relaciones laborales, entre el que compra la mano de obra y el trabajador, y dadas las disparidades de fuerza y poder entre unos y otros, me atreví a plantearle otra duda. Dije que lo que yo observaba era que los fuertes se aprovechan de los débiles en la fijación del precio de la mano de obra, y que el Estado no interviene, o lo hace poco, en esos contratos que, por regla general, benefician al contratante.
Me contestó el profesor: “El tema de las necesidades de los trabajadores lo trata como un problema al final de su estudio, no es para él un tema relevante. Smith sostiene que debe pagarse respetando un límite «lo necesario para el propio sustento». Pero esto lo soluciona remitiendo el tema a la «armonía del mercado». Sin embargo Smith no ignora que «en ciertos lugares mueren los niños antes de la edad de cuatro años, esta gran mortalidad se advierte generalmente entre los niños de las clases bajas, en las cuales la mortalidad es todavía mayor». Sin embargo, estos problemas, lo que podríamos denominar los resultados no armoniosos, no pueden ser solucionados por el hombre porque superan el conocimiento humano sobre la totalidad del mecanismo y su saber es finito. La «mano invisible» se encargará de ello”.
Ya había comprendido hasta donde llegaba Adam Smith, no alcanzaba, por lo que debería seguir estudiando.