Todas las entradas de Ricardo Vicente Lopez

Siglo XXI señores, ¡por favor!

Hace muchos años había aparecido una publicidad de un talco que comenzaba preguntando: “¿Será nena será varón…? La respuesta era muy simple: “es lo mismo”. Claro, como se trataba de comprar un talco para bebés no daba lugar a grandes disquisiciones de género al respecto. Pero, ahora se trata del poder y, como todo el mundo sabe, con el poder no se juega. Por el contrario, pareciera que el poder juega con más de uno. Y aquí no parece importar si es nena o varón. (Advertencia: esto no es kitchnerismo; es un desafío a la inteligencia)
He visto que en los medios ha aparecido el problema de la posibilidad de una mujer en el poder. Y las preguntas que se hacen es si estará en condiciones de ejercerlo. Pero, señores, seamos serios (digo “señores” porque parto del supuesto de que las mujeres, o sea las “señoras”, no se hagan estas preguntas, ¿o sí? Esto, entonces, sería grave, gravedad de género ¿no?). Después de haber visto sentado en el sillón de… (perdónenme pero no puedo nombrarlo, la culpa la tiene mi inclinación a leer historia y descubrir quién es quién) a cada personaje sobre los cuales hubiera sido sano preguntarse si estaba en condiciones de ejercerlo, ¿ahora se nos ocurre esta pregunta?
Deberíamos sincerarnos: el problema no es si es capaz de ejercer el poder, el problema real es que es mujer. Claro está, si la comparación se hace con la residente en España, que se molestaba cuando la “atosigaban”, puede dar lugar a las sospechas. Pero pensándolo un poco, la comparación ¿no la favorece y mucho? Por lo que sugiero que cambien el ataque. Porque aquella triste historia tiene más semejanzas con un personaje que también salió en helicóptero: ambos vivían en el topos uranos, para ser compasivos y piadosos. Y si bien de ella se temió por sus capacidades en aquel momento, de él se cantaban loas. Seguro, por parte de aquellos desmemoriados que olvidaron qué había estado haciendo sentado en el senado durante años. Y la desorientación que exhibe el personaje hoy ya la tenía entonces. Es congénita.
Ahora bien si el problema es ser la esposa de…, acá aparece otro olvido. No hace más de cinco o seis años el tema era el inverso: él era el esposo de ella, y esto por más de diez años. Entonces, colegas esposos, preguntémonos cuántos de nosotros se sentiría cómodo con una mujer al lado nuestro tan “dócil” como ella. Y agreguemos más preguntas: ¿Por qué a otra mujer que se llamaba “Ella”, nadie le preguntó si era capaz de ser gobernadora, y a otra bastante más petiza tampoco? ¿“A los argentinos, señor, qué nos pasa…” que caemos en tales confusiones?
Por lo que creo que deberíamos centrarnos en qué piensa, qué dice que va a hacer, qué propone. Y cuando se escribe, se habla por radio o televisión, tanto sobre este tema lo que no aparece es lo que voy a proponer: a) que se le revise el “currículum” (o como se deba llamar) a todo candidato a la presidencia, b) que se le tome luego un test de inteligencia y un examen de conocimientos generales, c) que redacte ante un jurado una mínima monografía sobre por qué cree que tiene condiciones para ser presidente, y d) que se habilite a presentarse a elecciones a los que hayan aprobado. Y dejemos de lado si es hombre o es mujer. Siglo XXI señores, ¡por favor! (El problema, debo confesarlo, es la composición del jurado).

Historia ¿qué te pasa?

Después de lo acontecido en la ciudad de Buenos Aires, que por efecto de la escasez de Memorex llegó al Gobierno un determinado personaje, debemos preguntarnos seriamente sobre un tema muy difícil: ¿Cómo distribuye Dios (o la Naturaleza, o la Diosa Razón, o aquel a quien guste atribuir el problema) la inteligencia? A partir de allí volver a preguntarnos si en realidad el problema radica en la inteligencia o en algún otro rincón del alma (perdóneseme el arcaísmo, el problema mío es el tiempo… el tiempo que hace que nací). Volvamos a la inteligencia. Alguien, hace ya tiempo, dijo que la inteligencia era lo mejor repartido, dado que no conocía a muchos que se quejaran de lo poco que le había tocado. Por lo que concluía que se debía haber hecho un reparto democrático (si es que puede ser democrático un reparto de un bien tan escaso).
Estoy adivinando una chispita de agudeza en sus ojos que intenta deslizar la sospecha de que soy un filmusista (¿se dirá así?). Pues bien, no lo soy. Sólo pretendo comprender la historia, y esto ya es suficientemente difícil para el pasado ¿qué le cuento con los hechos tan recientes? Pero, como porteño arrojado a la barbarie del interior, después de tantos años aquerenciado, no puedo dejar de sentir ciertas “nostalgias por los años que han pasado”, y el corazón me reclama explicaciones. Allá voy.
Tal vez, el tema radique en una simple diferenciación entre tener inteligencia o estar politizado. Encuentro aquí una distinción útil. La inteligencia es, por lo menos, un mecanismo de análisis que parte de una simplificación del problema, un desarme de las partes componentes, para luego encontrar alguna solución. ¿Quién de chico no desarmó un juguete y no pudo volver a armarlo? Esto podría ir señalando que la inteligencia no alcanza para encontrar una respuesta al problema planteado. Y si el problema de que se trata es de naturaleza política, como se dice ahora: se complica. De allí se podría descartar el tema de la inteligencia y recurrir a otro más sencillo pero no más fácil: la memoria.
Los tiempos que corren, posmodernos (para usar una palabra a la mano que no dice nada pero suena a intelectual) se aferran a la liviandad de “vivir el presente inmediato”, por lo que se desecha todo pensamiento que pretenda plantear una continuidad con el pasado o se arroje a la temeridad de lanzarse hacia el futuro. (¿Se acuerda de aquellos en que se hablaba de la estrategia? Palabra arrojada al desván de los recuerdos). Ese modo de vivir perpetuamente en el presente ha transformado la profesión de historiador en la de fotógrafo. Todo se reduce a la instantaneidad.
Por ello debemos olvidar a Heródoto y colocar en su lugar a esos fotógrafos de plaza (si es que existen todavía). La verdad no radica en el proceso que da lugar a un resultado, éste borra todo su recorrido y se convierte en un ente metafísico que aparece de pronto y “es lo que es” (perdón Aristóteles). Los hermanos Lumiere estaban locos de contentos por haber transformado la incipiente fotografía en una sucesión que daba movimiento y se convertía en cine. Pues bien, el cine ha muerto, se acabó la historia. ¿Será esta la respuesta? Por las dudas, voy a volver a pensarlo.

Si lo nuestro es pasar… que pase pronto

“Todo cambia y todo pasa, pero lo nuestro es pasar…”. Me quedé pensando en este verso del maestro Machado, que las malas lenguas dicen que cantaba por lo bajo, en su versión serratiana, el nuevo jefe porteño. Me preguntaba si no ha sido cambiado, por el desgaste del tiempo, el sentido que quiso darle el vate español. Supongo que no debe faltar el malpensado que sostenga que no fue el desgaste del tiempo sino el desgaste que sufrió la verdad profunda en tiempos posmodernos. Tiempos que, como todo el mundo sabe, dan para todo.
Y, justo en este momento, aparece la imagen de mi viejo que me mira aterrado diciéndome “¿qué te ha pasado que comentás estas cosas como si nada pasara?”. Pero, como le digo a ese viejo socialista (pero de los de antes, romántico, idealista, utópico) que este mundo se dio vuelta de tal forma que poco queda del que él conoció. De aquel tiempo en que me llevaba de la mano a una plaza a escuchar la verba encendida de Palacios o a ver teatro independiente en las salas del centro de Buenos Aires. Le debería decir que hoy ya no está Palacios, cerraron las salas de aquellos teatros, tal vez por falta de rating, o porque los costos no dan. Y tendría que escuchar su tono irónico diciéndome: “ya te olvidaste que no hacía falta la guita porque todo era «por amor al arte»”.
Sin embargo, (hablo despacio para que no me oiga el viejo), algo de verdad deben tener los que dicen que se desgastó la vieja verdad. A aquella verdad había que descubrirla cuando se trataba de denunciar algún hecho escandaloso (claro que al lado de los de hoy, el mayor escándalo podía ser que se le viera la bombacha a la novia del Pato Donald). En cambio ahora todo es posible, porque todo está revuelto “como en la vidriera de los cambalaches”. Y pensar que esto fue dicho hace más de setenta años y nos parecía una humorada.
Cómo podría explicarle que no hace falta buscarlas, hoy se publica en todos los medios: la CIA da a luz documentos secretos en los que se puede comprobar la cantidad de delitos de todo tipo que cometió (y comete hoy), asociada a los peores personajes de la mafia, que el FBI decía que estaba buscando. La gran policía norteamericana, a quien le confiamos muestro ADN, no encontraba lo que ocultaba otra institución de la gran república. Cómo se lo digo.
Peor aún. Como le digo que una representante de la clase obrera, la “clase revolucionaria” que el quería y admiraba, se quiere hacer las lolas. Y lo reivindica como una “conquista social de los pobres” a la que tienen derecho todas las mujeres pobres. Pregunté si cuando decía eso tenía una remera con algún cirujano plástico de sponsor, pero no supieron decirme. Me aferro a la posibilidad de que desde el más allá no se pueda ver a Tinelli porque Pedro lo tiene prohibido, porque no está mal que algunas cosas se prohíban, sobre todo cuando son de semejante falta de respeto a ese pasado de mi viejo.
Pero lo peor que podría decirle, entre antas pavadas como estas, es que su Buenos Aires querido está en manos de… mejor me callo y paro acá.

Ya llegaremos a ser totalmente democráticos

Hemos llegado a disfrutar de una maravillosa democracia en la que se puede opinar sobre todo. Tenemos la tranquilidad que esta democracia está garantizada por Busch (el de la W) que se ha impuesto la titánica tarea de implantarla en todo el mundo. Cierto es que el muy obstinado a veces se pasa de impetuoso, pero no puede negarse que sus propósitos son nobles. La democracia se ha ido desarrollando en los Estados Unidos desde los Padres Fundadores hasta nuestros días. Pero el pragmatismo anglosajón se ha mostrado muy flexible en cuanto a la formulación jurídica de esa democracia. Por ello a aquella acta fundacional le fueron haciendo Enmiendas para adecuarla a las cambiantes situaciones históricas. Las enmiendas vienen a ser como parches que se le van agregando, pequeños retazos que se le colocan a una tela, algo así como sucesivos zurcidos, de modo que algunos ya no recuerdan como era el paño original.
Será, tal vez, por ello que a ciertos islámicos les cuesta tanto entender eso de la democracia occidental. Ellos intentan leer lo que se escribió y luego pretenden corroborar en la práctica que lo escrito se convierta en realidad. En esto demuestran la distancia que hay entre el pragmatismo anglosajón y el idealismo musulmán. Pretender que las leyes se reflejen en la vida cotidiana es suponer que ya llegó el paraíso a la tierra. Ellos son prácticos, sobre todo los norteamericanos. Ellos rezan todos los domingos, agradecen a Dios antes de cada comida, y como ya han limpiado su alma, después le pegan al alcohol en todas sus variantes, se divierten con algunas otras cosas. Pero todo ello no altera su moral puritana.
En cambio, los musulmanes tienen una actitud dogmática ante el alcohol y otras “yerbas”. A uno le cuesta mucho entender tanta rigidez. Se horrorizan ante lo que ellos llaman la “lujuria de occidente” porque ellos enclaustran a sus mujeres dentro de sus casas y las tapan desde la cabeza a los pies. No son democráticos como los norteamericanos que les dan la libertad a sus mujeres de bailar desnudas en el caño en cuanto bar existe. (En esto no han sido muy originales, copiaron todo esto a Tinelli que es el verdadero creador de tanta libertad de expresión).
En occidente se respetan todas las profesiones, y hasta se las incentiva y se las aplaude. Por ello la más vieja profesión es desempeñada en todo el mundo libre a la vista de todos. Y como se pregona el libre mercado se traen chicas de diversos países para que desarrollen su vocación. El libre comercio, que no reconoce fronteras, posibilita que en París, como en muchas otras ciudades europeas, uno pueda encontrar mujeres polacas, rusas, chinas, etc. Ejerciendo su vocación sin ningún impedimento. Acá, en la periferia, se pueden ver dominicanas, paraguayas, colombianas, porque el cambio no nos favorece. Esta es la razón por la que escasean las rubias, pero en cuanto volvamos al “uno a uno” volveremos a importar de todo.
Es cierto que América, la parda, está pasando por un momento de gran confusión por lo que nos cuesta, tal vez como a los musulmanes, comprender todas las virtudes del libre mercado y la democracia estadounidense. Por eso, creo yo, que rechazamos el ALCA. Pero es evidente que es mucho más fácil oponernos a ciertas medidas económicas que a la homogeneización cultural. Nos oponemos al libre comercio con los EE. UU. pero comemos hamburguesas a reventar, usamos un mal inglés y en lo posible reemplazamos el vetusto idioma de Cervantes por el moderno “lunfardo de Harlem”. Pero, por fin, llegó a Buenos Aires la liberación: seremos macrísticamente libres.

El profeta de la amargura

Metidos en un mundo de inmediateces pragmáticas ¿cómo pensar en idealismos? Pareciera que todo eso que se pensaba no hace más de treinta años fue un simple espejismo. En esos tiempos algunos depositaban sus mejores esperanzas en un mundo socialista, otros en una democracia con amplia participación, algunos en un capitalismo con rostro humano que distribuyera equitativamente la renta que iba en aumento, pero casi todos estaban convencidos que caminábamos hacia un futuro mejor.
Una personalidad intelectual como Eric Hobsbawm escribió en uno de sus libros esta reflexión: el más pesimista de los hombres de fines de los años sesenta, que fuera preguntado sobre el peor de los horizontes posibles para el año dos mil, hubiera descrito un futuro paradisíaco comparado al mundo con que nos encontramos al llegar al fin del siglo. Esto habla de la imposibilidad de pensar en aquella época de que podía pasar en el mundo todo lo que pasó. No quiere decir esto que “todo pasado fue mejor”, de ningún modo, sólo pretendo colocarme en una perspectiva que nos permita pensar en qué es lo que pasó y por qué pasó.
Si bien la década de los sesenta tenía razones para estar esperanzada no faltaban hechos que mostraran negros nubarrones sobre el cielo de aquellos tiempos. A pesar de ello, imperaba un espíritu esperanzado cuando se elevaba la mirada hacia el largo plazo. Parecía que, de un modo u otro, el futuro sería mejor. ¿Dónde quedó?
Pero si volvemos la mirada a los años treinta, el profeta de los cafetines, que siempre nos acompaña en el pensamiento, le hacía decir a la mina ya cansada de idealismos: “No puedo más pasarla sin comida, ni oírte así, decir tanta pavada…”. La crisis de 1929 hacía sentir todo su rigor y el ideario de socialistas y anarquistas predicaba la cercanía de la revolución. Por eso, ella harta de todo esa perorata le reprochaba: “¿No te das cuenta que sos un engrupido? ¿Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos?”. Y no le faltaban razones a la mina, desde su realismo cotidiano qué podía significar tanto idealismo delirante. Entonces, para que el fulano ponga los pies sobre la tierra, le dice: “Lo que hace falta es empacar mucha moneda, vender el alma, rifar el corazón”. Duras palabras que reflejan la verdad inmediata de las exigencias del mercado, frente a la ensoñación del Sermón de la Montaña.
Hoy, a más de setenta años de haber sido escritas esas palabras, pareciera que toda la razón la tenía la mina. Su profecía se fue cumpliendo con todo rigor a partir de la década de los ochenta y se convirtió en religión diez años después. “¡El verdadero amor se ahogó en la sopa, la panza es reina, y el dinero Dios!”. Pero, en ese triunfo en la carrera del amarroque tenemos que aprender que son muchos más los que pierden. Mirando nuestra vida actual debemos coincidir con esa profeta de feria que advertía: “Que la razón la tiene el de más guita, que la honradez la venden al contado y a la moral la dan por moneditas”. Sin embargo, de aquellas locas ilusiones, creo, que todavía quedan brasitas sin apagar.

Yo acuso II – Confesión de un título

Vuelvo con mi indignación. Hasta dónde puede llegar la impunidad que este tipo de libertad sin límites permite. Cómo es posible que se pueda convertir en una burla las palabras condolidas, emocionadas, sinceras, dichas desde lo más profundo del corazón, de quien se arrepiente en público. ¿No nos enseñó ya el cardenal Bergoglio que debemos aprender a perdonar? Sobre todo a quien tiene la voluntad y la hombría de bien de confesar sin retacear detalles su falta. ¿Por qué estoy indignado? Porque encuentro en uno de esos llamados “blogs” a alguien que, escudándose cobardemente en el anonimato, publica esta atrocidad.

Confesión… de un título – Versión libre blumbergiana

Fue a conciencia oscura
que perdí mi título… nada más que por salvarlo.
Hoy me odian y soy infeliz, me arrincono pa’ llorarlo.
El recuerdo que tendrán de mi será derechoso,
me verán siempre golpeándolos como un represor…
Y si supieran que lo horroroso
fue que pagara así mi deshonor.

Ay de mi vida… soy un fracasao.
Y en mi caída no pude hacerme a un lao,
Porque el poder lo quise tanto… tanto…
que al rodar, para salvarme, sólo supe hacerme odiar.

Como respeto a la gente de bien, esa que ya ha dado muestras de su inteligencia en las elecciones porteñas, me detengo en mis comentarios y cedo la palabra a los “hombres y mujeres de la República”.

Yo acuso

Yo acuo

Estamos viviendo tiempos difíciles. Si hay frases gastadas esta debe estar entre las que ya cuesta trabajo leerlas. No por ello deja de decir una verdad inconmovible. Lo que no estoy en condiciones de afirmar es que estos tiempos habiliten a hacer cualquier cosa, con el asunto de la relatividad de valores ya no hay uno que se mantenga en pie. Sin embargo, esto no impide que gente con firmes convicciones dejen de decir lo que es necesario decir. Traigo de la memoria el recuerdo del escritor francés Emilio Zola quien no pudo dejar de decir que lo que se estaba haciendo con el militar Dreyfus, acusado de “alta traición”, era una injusticia. Por ello publicó en el diario L’Aurore su famoso “Yo acuso (Carta al Presidente de la República)”, con lo cual logró que le fuera restituido el grado al militar y su buen nombre y honor. Pagó con la cárcel su osadía en un proceso por difamación que le condenó a un año de cárcel y a una multa de 7.500 francos (con los gastos). Magnífico ejemplo.
Comprenderán que yo no me atrevo a ser ni la sombra de un Zola, pero no puedo dejar de decir que se está difamando a los prohombres de la patria. Ya vimos que una minucia como ser portador de un título que no habían conseguido echa por el piso trayectorias impecables como la del, ya citado en esta página, ex –Licenciado Telerman, ahora la del ex –Ingeniero Blumberg. Ante tantas cosas importantes que pasan en este país, como dijo otra eminencia de los medios de comunicación, Llamas de Madariaga, se puede perder tiempo en esas minucias. ¿Quién que se acostumbra a que lo llamen Doctor, Licenciado, Ingeniero u otras denominaciones triviales como esas, no puede estar acordándose de si había estudiado la carrera? ¿Qué importancia tiene?
No será que, ante el majestuoso avance de la derecha, imparable en el mundo, otro tanto en nuestro país, hace que esos demagogos del progresismo izquierdoso, esos que pretenden que la gente de bien “viva tras las rejas, mientras los delincuentes andan libres por las calles” (otra frase bastante gastada) se ponga en duda la prosapia de los mejores. Me parece que ya hemos perdido el parámetro de quienes somos gente de bien y quienes son delincuentes. Debe quedar claro que los honestos somos siempre nosotros y los delincuentes son ellos.

La moral de los mejores

A esta altura de la historia no sorprende que reine un escepticismo galopante. Cuántos de aquellos valores que fueron “columnas de la sociedad”, que funcionaron como el sustrato de la cultura moderna, que permitían diferenciar al ciudadano honesto del simple ladronzuelo (porque los delincuentes de alto vuelo fueron siempre respetados), sostuvieron y posibilitaron una sociedad de “gente como uno”. Por ello, mi abuela podía decir con todo orgullo “pobre pero honrado” lo cual la colocaba, a ella y a su familia, del lado de los buenos (¡pobre abuela! ¡qué ingenua era!).
Insistiendo con el profeta de los cafetines, nos obliga a tomar conciencia de que “Lo que hace falta es empacar mucha moneda, vender el alma, rifar el corazón”, frente a tanta pavada como “estudiar para mejorar”, lo que se tiene “debe ser fruto del esfuerzo cotidiano”, “una vida honesta permite caminar con la frente en alto”, “es más importante el buen nombre que una fortuna”, “el buen nombre dura toda la vida, la fortuna va y viene”. Mi abuela tuvo la suerte de irse a tiempo, cuando todavía este derrumbe no estaba tan claro como ahora. Cómo no va a llorar la Biblia “herida por un sable sin remaches”, que para empeorarla es probable que estuviera oxidado.
Algún optimista empedernido me dirá que soy un amargado, que veo “la mitad del vaso vacío”, que con gente como yo es imposible salir adelante. Puede ser que tenga razón. Pero le ruego a ese “sermonista” que me comprenda. Yo me fui aferrando a cada rama que me pudiera sostener mientras iba cayendo del árbol, finalmente encontré un tronco fuerte en el que me senté aliviado, para retomar el aliento, para recuperarme, levantar la mirada al azul del cielo buscando una bocanada de esperanza. Y me acomodé tranquilo.
Pero “la suerte que es grela” me jugó una mala pasada, apuntó justo contra una de las pocas columnas sólidas que me permitían hacer pie en medio de este desbarajuste. Sr. “sermonista”, le ruego que me comprenda: cayó a mis pies un baluarte de los valores de esta sociedad. Le cuento: me levanté como todas las mañanas, me preparé el mate, encendí la radio para seguir alarmándome con lo que pasa en este mundo, con la misma actitud de quien tiene paciencia esperando que algo mejore. De pronto, como un rayo que me partió la cabeza, oigo la nefasta noticia “Blumberg no es ingeniero”. Dígame, ¿cómo tomó Ud. semejante sablazo? ¿Puede, comprenderme ahora? Lo mío no es escepticismo, es desmoralización, es desilusión. Me siento estafado en lo más profundo. Yo creí en ese hombre, creí en la verdad que encarnaba. Ahora ¿qué hago? “Levanté un tomate y lo creí una flor”.

Ya llegaremos a ser totalmente democráticos

Hemos llegado a disfrutar de una maravillosa democracia en la que se puede opinar sobre todo. Tenemos la tranquilidad que esta democracia está garantizada por Busch (el de la W) que se ha impuesto la titánica tarea de implantarla en todo el mundo. Cierto es que el muy obstinado a veces se pasa de impetuoso, pero no puede negarse que sus propósitos son nobles. La democracia se ha ido desarrollando en los Estados Unidos desde los Padres Fundadores hasta nuestros días. Pero el pragmatismo anglosajón se ha mostrado muy flexible en cuanto a la formulación jurídica de esa democracia. Por ello a aquella acta fundacional le fueron haciendo Enmiendas para adecuarla a las cambiantes situaciones históricas. Las enmiendas vienen a ser como parches que se le van agregando, pequeños retazos que se le colocan a una tela, algo así como sucesivos zurcidos, de modo que algunos ya no recuerdan cómo era el paño original.
Será, tal vez, por ello que a ciertos islámicos les cuesta tanto entender eso de la democracia occidental. Ellos intentan leer lo que se escribió y luego pretenden corroborar en la práctica que lo escrito se convierta en realidad. En esto demuestran la distancia que hay entre el pragmatismo anglosajón y el idealismo musulmán. Pretender que las leyes se reflejen en la vida cotidiana es suponer que ya llegó el paraíso a la tierra. Ellos son prácticos, sobre todo los norteamericanos. Ellos rezan todos los domingos, agradecen a Dios antes de cada comida, y como ya han limpiado su alma, después le pegan al alcohol en todas sus variantes, se divierten con algunas otras cosas. Pero todo ello no altera su moral puritana.
En cambio, los musulmanes tienen una actitud dogmática ante el alcohol y otras “yerbas”. A uno le cuesta mucho entender tanta rigidez. Se horrorizan ante lo que ellos llaman la “lujuria de occidente” porque ellos enclaustran a sus mujeres dentro de sus casas y las tapan desde la cabeza a los pies. No son democráticos como los norteamericanos que les dan la libertad a sus mujeres de bailar desnudas en el caño en cuanto bar existe. (En esto no han sido muy originales, copiaron todo esto a Tinelli que es el verdadero creador de tanta libertad de expresión).
En occidente se respetan todas las profesiones, y hasta se las incentiva y se las aplaude. Por ello la más vieja profesión es desempeñada en todo el mundo libre a la vista de todos. Y como se pregona el libre mercado se traen chicas de diversos países para que desarrollen su vocación. El libre comercio, que no reconoce fronteras, posibilita que en París, como en muchas otras ciudades europeas, uno pueda encontrar mujeres polacas, rusas, chinas, etc. Ejerciendo su vocación sin ningún impedimento. Acá, en la periferia, se pueden ver dominicanas, paraguayas, colombianas, porque el cambio no nos favorece. Esta es la razón por la que escasean las rubias, pero en cuanto volvamos al “uno a uno” volveremos a importar de todo.
Es cierto que América, la parda, está pasando por un momento de gran confusión, por ello nos cuesta, tal vez como a los musulmanes, comprender todas las virtudes del libre mercado y la democracia estadounidense. Por eso, creo yo, que rechazamos el ALCA. Pero es evidente que es mucho más fácil oponernos a ciertas medidas económicas que a la homogeneización cultural. Nos oponemos al libre comercio con los EE. UU. pero comemos hamburguesas a reventar, usamos un mal inglés y en lo posible reemplazamos el vetusto idioma de Cervantes por el moderno “lunfardo de Harlem”.

La vaca científica

Cuando yo era chico (ruego no preguntar cuánto hace) se cantaba una canción que decía: “Tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera”, y en aquella época no alcancé a comprender la profundidad de esta letra. Era entonces mucho más ingenuo de lo que soy hoy (¡Todavía?). Creo que pensé que se trataba de una simple canción para chicos. Hoy, después de haber ido a la universidad, de haber estudiado algunas cosas y haber entrado en contacto con la hermenéutica, puedo comenzar a comprender cuanta sabiduría encerraba aquella letra.
Todo esta reflexión, que algunos calificarán de chabacana, tal vez con razón, pero por el mismo efecto de los años me cuesta mucho distinguir lo banal de lo importante. En mi cabeza todo se mezcla “como en la vidriera de los cambalaches”. Ya me perdí. ¿Qué era lo que quería decir?… Ya me acordé, el tema era la vaca. Decía Marx: “A primera vista, parece como si las mercancías fuesen objetos evidentes y triviales. Pero, analizándolas, vemos que son objetos muy intrincados, llenos de sutilezas metafísicas y de resabios teológicos”. Pues bien, no tengo la menor duda que lo mismo pasa con la vaca. ¿Estarán pensando que me piré otra vez?, no lo creo, Permítanme avanzar.
Las vacas no sólo son objetos metafísicos, son sujetos de un pensamiento muy cultivado. Si en el siglo XIX (les aseguro que yo no estaba) se podía llegar a las conclusiones que hemos leído sobre la mercancía, que es un objeto inerte, podríamos contestar desde la vaca, siguiendo a Calderón de la Barca: “¿Y teniendo yo más vida tengo menos libertad?”. Y no sólo libertad, sino una capacidad nada despreciable para analizar la realidad que la rodea. Es muy probable que esto sea el resultado de las innumerables veces que el hombre de ciencia ha metido la mano entre los genes. Y como se sabe las consecuencias de las mutaciones pueden ser imprevisibles.
Bien, de eso se trata. Se ha conseguido una vaca economista, analista del mercado, con una agudeza envidiable para detectar dónde está el mejor negocio. Y con una objetividad, que debiera envidiar tanta gente, definió cuál era su mejor oportunidad. Se paseó por las góndolas de los supermercados, hizo una comparativa de precios y decidió su estrategia. Si dar leche de segundas marcas rinde una utilidad muy baja, si la leche en polvo, en cambio, se cotiza muy bien en el mercado internacional, la decisión es muy clara “voy a dar leche en polvo”. Vamos tras la mayor rentabilidad. Se me dirá ¿cómo y los chicos pobres? Señores, por favor, no es suficiente con que tenga una envidiable capacidad de análisis, pretenden además que se conduela por lo niños. Pero si ni siquiera los “hombres de números”, los políticos, los funcionarios hacen eso ¿cómo pedirle a una vaca que lo haga? Es un despropósito.