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Se insiste con la historia de la corrupción

Les había contado que al pobre héroe porteño lo perseguían los malos. Y como ocurre en toda historieta, se decían de él todas cosas malas, inventadas, con el solo propósito, como es ya clásico, de desacreditarlo. Pero, como también es ya clásico, al final ganan los buenos. ¿O no? Sería un verdadero fracaso como héroe que perdiera. ¿Tanta mala suerte tendremos los argentinos? Ya sabíamos que el gaucho Martín Fierro no había terminado bien, pero era un gaucho y cómo va a ser un héroe triunfador en plena globalización, si no sabía meterse en Internet. De nuestro Capitán Marvel no se supo más nada, por lo tanto muy bien no le puede haber ido, porque si no la tele se hubiera ocupado de él como de un triunfador. Como se sabe en la tele están todos los triunfadores: Mirta, Susana,… en fin, no quiero resultar cargoso, todos los premiados por APTRA.
Volvamos a nuestro héroe. Resulta que todo comenzó como un juego, él repetía bromeando el consabido “Dígame Licenciado” y los que lo rodeaban le decían Licenciado siguiendo la broma, sin ninguna mala intención. Así fue pasando el tiempo y se acostumbró a que le digan Licenciado, sonaba bien y como todo era broma no se preocupó por aclararlo. Ya siendo mayorcito, por esas vueltas que tiene la política, fue a parar a un puesto de gobierno donde la broma siguió. Se convirtió en una costumbre tan cotidiana que él se confundió y comenzó a usarlo como parte de su nombre, pasó a llamarse el Licenciado Telerman sin más. Pero la gente, que sabe poco de estas cuestiones académicas, no se dio cuenta de que era una broma y se lo tomó en serio. Así fueron pasando los años y otra vuelta de la política lo lleva a posiciones más encumbradas… Y participó en programas de televisión, en actos públicos, firmó documentos oficiales como Licenciado, claro que siempre como broma. Muchas de esas veces, firmaba antes de que le colocaran el sello, y su secretaria poco avispada le ponía después ese sello debajo de su firma, pero él no se daba cuenta.
Pero nunca falta un buey corneta que percibe la falta y, tal vez, comprendiendo mal la prédica de la enviada del Señor, lo denunció. Tras eso se agregó una diputada que envidiaba la fama y lo atractivo de la personalidad del héroe. No hay héroe que no sea envidiado, porque ¿quién no quisiera ser un héroe, y sobre todo uno que fuera señalado desde el cielo como el vicario en la tierra rioplatense? Se siguió, entonces, investigando y se agregó a lo ya dicho que algún tonto empleado, de esos que abundan en la burocracia municipal, le liquidó sus haberes con el agregado de lo que corresponde por título universitario. Pero la maldad de los hombres de Buenos Aires les impide comprender que un héroe no se detiene a revisar su recibo de sueldo, porque ellos no están acostumbrados a cobrar por lo que hacen, ellos llevan la justicia a donde haga falta, sin mirar a quien.
Ahora podrán ustedes comprender por qué la enviada se puso de parte del héroe y salió a defenderlo. ¿Será una historia parecida a la del “Hijo pródigo”? Nuestra pequeñez y mezquindad nos impide comprender la transparencia con que actúan aquellos elegidos que, medidos por el parámetro de nosotros los humanos, parecen ante nuestros ojos como corruptos. Ellos se rigen por una justicia superior que está fuera del alcance de nuestra estrechez mental, es una “justicia del amor”. Por eso no comprendemos lo que ha hecho el héroe y lo que hace su defensora. (¿Terminará ahora?)

¿Cómo no se puede entender?

El resultado de las lecciones de Capital ha generado un notable desconcierto. Algunos se preguntan ¿qué pasó? Ya estamos en condiciones que hemos importado un tornado, se llama Mauricio (que también es Macri). Pasó como un vendaval por sobre los barrios porteños. Pero esto no debe sorprendernos. Si el ídolo mayor de Buenos Aires es Gardel, y Carlitos aplaudió el golpe de Uriburu, por lo que podemos atribuir el fenómeno al espíritu gardeliano. En 1955 las calles se poblaron de gente que festejaba la caída del “tirano”, por lo cual el segundo golpe militar gozó de la confianza de nuestras clases medias y altas. Después llegó ese gobierno a paso de tortuga y nuevamente se aplaudió a las fuerzas militares por sacarnos del “marasmo” de ese gobierno. Años después, con el aprendizaje de las bondades de los golpes militares, se volvió a respirar hondo porque venían los que iban a castigar a “los que algo habrán hecho”.
Después de todo eso, una propuesta de “centro-izquierda” que logró “salvarnos de un nuevo gobierno peronista”, a poco de andar cambió a su ministro de economía que proponía “la disparatada idea de investigar la deuda externa”. Como si dudar de “la autenticidad de las deudas” fuera una conducta aceptable para todo país que se precie de ser “respetable”. Los países que son “como se debe ser”, según dicen los mejores economistas “honran sus deudas”. Y es lo que hicimos. Por ello tuvimos un Plan Primavera que nos permitió seguir siendo honorables. Como decía mi abuela “pobres pero honrados”, ¡qué antigüedad”!
Tanta honorabilidad nos depositó en el desorden provocado por los pobres que “no aceptaron ser honrados” y saquearon los supermercados. Esto nos hizo quedar muy mal ante la opinión de los mejores analistas internacionales. A partir de allí, por nuestra inconducta, recibimos la reprimenda del “riesgo país” que, como todos recordarán, debíamos oír cada mañana como ese número raro, difícil de comprender, subía y subía, para vergüenza de todos nosotros. Y nuestros mejores periodistas nos lo repetían para que aprendiéramos a portarnos bien. Entonces llegó la dupla de oro que “encarriló” el país en la década de los noventa: tuvimos el uno a uno, ingresamos al primer mundo, pudimos comprar barato lo importado, por ello aceptaron renegociar la deuda cuantas veces se lo pidiéramos.
Pudimos aprender que un país serio se hace a partir de la “libertad de mercado”, abriendo las puertas a las inversiones extranjeras, dejando entrar los contenedores con maravillas del sudeste asiático. Comprábamos y vendíamos en dólares, como allá en el norte, hablábamos de todo en dólares. Bueno, después llegó la catástrofe. Pero esto fue culpa de algunos desmanejos, de ineficiencias, de algunos vivos que se llevaron los dólares hacia paraísos fiscales. No por ello debemos rechazar las enormes ventajas que nos enseñó esa década. Debemos aprender de algunos errores pero no volver a pensar en la política. Es necesario incorporar a los “buenos administradores”, a los que proponen encargarse de arreglar todo, porque saben, porque tienen experiencia empresaria.
Entonces, después de revisar esta historia ¿cuál es la sorpresa? Si alguien encarna todos estos valores, si le agrega a ello una concepción clara de cómo combatir la delincuencia, si sabe como dejar limpia la ciudad porque desde hace más de treinta años gerencia Manliba, si conoce el problema del transporte porque es parte, con su familia, de la empresa Plaza, etc. ¿No es la persona indicada para ocupar la posición a la que aspira, con una profunda vocación de servicio?

La relatividad de la política o la politicidad de lo relativo

Las ideas de cada época han sido siempre el resultado de una larga y dura batalla para imponerse. Desde Sócrates para acá, pasando por el de Nazaret, Juana de Arco, Galileo, Marx, Einstein, Menem (Táchese lo que no corresponda) etc., todos ellos fueron parias incomprendidos en vida, y muchos pagaron muy caro su osadía de contradecir las ideas imperantes. Por ello habrá sido que el de la Palestina dijo “nadie es profeta en su tierra”. El caso de Einstein me llevado a algunas reflexiones que quiero compartir con Uds.
Después de mucho pensar y de llenar de cuentas cuanto cuaderno le ponían enfrente se atrevió a contradecir a Newton, y si no lo contradijo en algo no estuvo de acuerdo. De allí sacó esa disparatada idea de la relatividad por la cual anunció que el tiempo modifica la distancia, o la distancia achica el tiempo, o algo parecido. Esto dio lugar a que a algún romántico se le ocurriera sostener que “dicen que la distancia es el olvido”. Pero en una muestra más de lo difícil que es modificar las ideas de la gente agregó de inmediato “pero yo no concibo esa razón”. Testarudo, como muchos otros. De allí en adelante, pero mucho tiempo después, la gente comenzó a reconocer la verdad de lo que el sabio había sostenido, aunque no se comprendiera bien de qué se trataba. Y el lenguaje cotidiano incorporó la famosa frase “todo es relativo”. De ahí en más, cuando no se tenía argumentos suficientes para rebatir alguna afirmación en medio de un debate, aparecía la frase salvadora. No se decía nada, pero sonaba a profundo.
Así las cosas, con esto de que la relatividad era el camino para entender el mundo real, ya ni en el tiempo ni en las distancias se pudo creer porque la velocidad de la luz modificaba todo. Le dieron la razón a nuestro máximo profeta de los cafetines, si todo es relativo, entonces: “verás que todo es mentira, verás que nada es amor”. De lo cual yo saco la siguiente conclusión: si todo es relativo lo es también el espacio, donde estés depende de donde está el otro. De este modo somos occidentales porque miramos el mapa con el Atlántico en el centro, por culpa de la ignorancia de Mercator. Si hubiera colocado el Pacífico en el centro seríamos orientales.
¿Comprenden ahora porque no hay más izquierdas ni derechas en la política, sino sólo centristas? La culpa de todo ello la tiene Einstein, porque los políticos, lectores atentos de la física de la relatividad, comprendieron que se podía ser de derecha sólo con respecto a los zurdos, y éstos lo eran porque había derechistas. Pero se desmoronó el Muro y desapareció la izquierda, que se fue transmutando de a poco en Socialdemocracia, luego en Tercera vía y después en… (nosotros que hace rato estamos “en la vía” nunca pudimos encontrar esa tercera). Y lo mismo le ocurrió a la derecha, se fue cayendo hacia el centro. La velocidad con que esto sucedió achicó las distancias. Está claro, el problema es cosmológico.

Reflexiones sobre estos tiempos políticos

Hace no mucho tiempo hablé de los que hemos pegado la curva de la vida, doblado el codo dicen los muchachos del turf, y hemos encarado la recta final. Esto tiene, sin lugar a dudas, sus desventajas, más hoy con tanto juvenilismo, Pero tiene sus ventajas, que debemos rescatar para reivindicar nuestra condición de veteranos (que viene del latín viejo, pero que suena menos agresiva). El haber vivido bastante pasa hoy por ser una especie de desgracia natural. No digo un cataclismo, pero tal vez un viento muy fuerte que desbasta muchas cosas a su paso. Sin embargo, mirado desde otra óptica otorga alguna sabiduría (virtud en desuso en estos tiempos en que los/as veteranos/as hacen esfuerzos denodados para emular a los jóvenes). Probablemente, por ello los jóvenes nos miran con cierto desprecio, parecido al que le dedican a un mueble viejo o u un disco de pasta de tangos. Pensar que en las sociedades tradicionales se los colocaba en un Consejo de Ancianos para consultarlos sobre cómo resolver algún problema, (hoy a los ancianos no les piden consejos, se los dan: morite pronto).
Decía, entonces, que tratando de encontrarle alguna ventaja a esta etapa de la vida me detuve a observar las campañas electorales en curso. Antes era suficiente escuchar o leer las plataformas de los diferentes partidos políticos para saber que proponían y decidir cuál nos convencía más. Eran tiempos en que los partidos políticos eran instituciones respetables y ser dirigente político daba porte de persona seria, ilustrada y de bien. Comprenderán las sensaciones y sentimientos que a uno lo embargan al intentar hacer alguna comparación. Los grandes debates ideológicos que los enfrentaba, los análisis de las propuestas políticas, el conocimiento que se tenía sobre la trayectoria moral de los candidatos. (Casi se me escapa el “¡qué tiempos aquellos!”, pero me reprimí). Con sólo mirar los cuadros que hay (o debe haber) en el Congreso o en la Casa Rosada uno entiende de inmediato que están diciendo “nosotros éramos gente seria” (al menos reían poco).
Recuerdo que mi padre recibía el Diario de Sesiones de las Cámaras de Diputados y Senadores y leía los discursos de aquellos dirigentes que eran grandes oradores: Lugones, Palacio, de la Torre, Balbín, Frondizi, etc. Y me repetía alguna frase elocuente y bien construida, alguna metáfora profunda, alguna referencia poética, etc., mientras me miraba dando a entender que debía tomarlos de ejemplo. Ambas cámaras estaban integradas por personas de grandes ideales, patriotas, o así lo creíamos y, para aquellos tiempos eso era bastante.
Yo me debato hoy en una tiniebla de dudas. Observo lo que ocurre ante mis ojos, me detengo a oír a nuestros dirigentes, trato de descubrir cuáles son las ideas que sostienen sus postulaciones, comprender a qué partido pertenecen, qué trayectoria tienen en esos partidos, y es muy poco lo que puedo sacar en limpio. No quiero caer en la actitud de un viejo melancólico que critica todo porque nada lo complace. Quiero vivir acorde a estos tiempos, entender el mundo que nos ha tocado, ser parte de él. Pero, por favor, les ruego que me entiendan: no puedo, necesito ayuda. Pero no se preocupen, me voy a dormir y mañana estaré mejor.

La democracia que supimos conseguir

La inteligencia y la viveza parecen ser las cualidades mejor distribuidas entre los humanos. Es muy difícil oír a alguien que diga de sí mismo “yo soy un tonto” o diga “yo no soy inteligente”. De lo cual se deduce fácilmente que todos estamos más o menos conformes con la cuota que nos ha tocado. Es cierto que algunas veces se escapa alguna queja como “me hubiera gustado tener la inteligencia de Fulano” o “hay algunos que son muchos más vivos que yo”. (…me quedé pensando que me cuesta ubicarme dentro de ese espectro). Pero salvo las excepciones mencionadas, podemos acordar que ha sido una distribución bastante equitativa.
Pues bien, si de gente inteligente se trata es de democracia de lo que quería hablar. Y me siento motivado ante la lectura de los inteligentes resultados porteños. ¡Un verdadero triunfo de la democracia! Esto fue lo que oí en boca de más de uno. Por supuesto, todos los que fueron a votar son demócratas y votaron por demócratas… ¿todos? Sí todos. Es excepcionalísimo que alguien se manifieste como antidemocrático, por ello todos estamos por la democracia. Recuerdo que hace unos treinta años se tomó el poder para “restaurar la democracia”. De lo que deduzco que en la Argentina “todos somos democracia”. Bien, pero ¿qué es la democracia? Aquí comienza el problema. Podemos hacer una investigación.
Los que están conformes con el estado actual porque les es muy confortable, podemos llamarlos los mercaderes de la democracia, no porque esté mal sino por una clasificación ideológica. Son los que están convencidos de que el mercado es el centro neurálgico de la vida social y que todo lo que vale la pena pasa por él. Equivale a decir, que “todo se compra y se vende”, y adhieren y repiten las amargas palabras del profeta de los cafetines “no hay ninguna verdad que se resista ante dos mangos moneda nacional. (Debemos acordar, por fidelidad al profeta, que no lo entendieron). Son los educados por el marketing, que sostienen que importa poco la verdad, lo importante es poder vender. Las ofertas políticas se parecen al Walt-Mart.
¡Cuidado!, no va a faltar aquel mal pensado que me diga por lo bajo “ya sé, estás pensando en Macri”. ¡No señor, Don Mauricio me merece el mayor de los respetos! Él no miente, si bien es cierto que vende lo hace con total honestidad. Dijo que se proponía “eliminar” a todos los cartoneros y así lo va hacer. Es amigos de los amigos y es muy sensible con los pobres, a tal punto que no se acerca a ellos porque no soporta el dolor ajeno. Tiene una estrecha amistad con Blumberg y no lo oculta, hasta puede nombrarlo su Secretario de Seguridad. Fue, hasta hace poco amigo de Sosbich. (Nunca supe por qué se separaron, pero no es de extrañar en estas épocas de relaciones transitorias. Pero ahora que resultó ser otro “ganador”…). Es un empresario exitoso, declaró, creo, 25 millones de dólares de patrimonio, (no sé si dijo cómo los consiguió). Propone barrer bien las calles y mejorar el transporte, le es fácil: levanta el teléfono y le dice a papá Macri que lo haga bien. ¿Quién mejor que un padre para ayudar a su hijo?
Por lo tanto, por fin un demócrata de verdad triunfa en Buenos Aires. Siempre y cuando no aparezca uno de eso advenedizos que le quiera escupir el asado.

La política y los agujeros negros

El ya famoso filósofo Pancho Ibáñez pontificaba, no hace tanto tiempo, que “todo tiene que ver con todo”. Y esta es, creo yo, una enseñanza que no debemos perder de vista. Si he hablado que la fisico-matemáticas está estrechamente relacionada con la política no es una idea arbitraria mía, ni lo he dicho para parecer agudo, o demasiado inteligente, o culto, o versado en cualquier materia. No puedo competir con tanta gente de mérito que inunda nuestra pantalla televisiva. Si la fragmentación del saber fue un mal de la era moderna, hoy ha sido largamente superada por un saber polirrubros del que hacen gala numerosos periodistas de nuestros prestigiosos medios. Por ello, por realismo y no por falsa modestia, debo dedicarme a las pequeñas cosas que están a mi alcance, que no son muchas y en las que debo introducirme con mucha prudencia.
Volvamos a la magna ciencia de Galileo y Newton. En aquellos tiempos se tenía la convicción de saber con bastante certeza como eran las cosas. Se había superado el pasado dogmático, que imponía el infalible recurso de argumentar que “así estaba escrito” y que las cosas sucedían “para que se cumplan las Escrituras”. En ese pasado se podía ver pasar un elefante ante los ojos y sostener, sin más vacilaciones, ese animal no existe porque la Biblia no lo nombra (o sí… no me acuerdo). Bueno, algo parecido le dijo Belarmino a Galileo cuando éste lo invitó a mirar por el telescopio. Cuesta creer hoy que se tuviera tanta fe. En estos tiempos posmodernos en los “que la razón la tiene el de más guita”; no como aquellos a los que se le podía decir “que culpa tengo si has piyao la vida en serio”. Hoy, como ya quedó dicho “todo es relativo”.
¡Qué facilidad tengo para irme por las ramas! Unos siglos después, ya en el siglo XX, aparecieron unos delirantes, seguidores de Einstein, que se les dio por decir que las inmutables leyes del cosmos no se cumplían en la microfísica. Así fue que aparecieron ideas imposibles, que ni el más imaginativo escritor de ciencia ficción hubiera pensado. (Cuando digo ciencia ficción me refiero a tipos como Asimov, no a los berretas de hoy que creen que ciencia ficción es inventar monstruos terribles). Entre ellos Don Hawking cuya tesis doctoral habla de los agujeros negros. Como si no fueran negros todos los agujeros profundos, asómese a cualquiera y vea. Lo que sí parece novedoso es que esos agujeros se chupan todo lo que pasa cerca y no lo devuelven. Su capacidad de tragar parece inagotable, como la famosa copa el derrame, nunca se le cayó ni una gota.
Y por aquello de que “en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida”, hoy aparece todo entreverado, tal vez aceptar eso quiera decir ser “posmo”. Pero, todavía nos queda un poco de chispita para decirle al eminente Don Hawking: perdónenos pero su tal genialidad es poca cosa al lado de lo que somos capaces de hacer en la periferia. Comprendemos que en Inglaterra poco se sepa de lo que hacemos, tal vez por lo de “animals”, o lo de las Malvinas, nos desprecien. Pero lamento informarle que su tesis no sólo ha ido superada aquí largamente, sino que se le han anticipado en más de un siglo. Desde Don Bernardino en adelante nuestros funcionarios son todos agujeros negros, mangos que pasan cerca desaparecen y no los devuelven más. Además nuestra justicia es también un agujero negro, por ello desaparecen las pruebas y se estira el tiempo. La Universidad de la Vida tiene aquí doctores eminentes.

¿Corrupción? Eran las de antes

Los que hemos pasado el punto de inflexión de la curva de la vida tenemos una tendencia a creer que “todo pasado fue mejor”. Una expresión que horroriza a los jóvenes es “¡Qué tiempos aquellos!” Mostramos, en ese modo de pensar y sentir, una tendencia melancólica que confunde los tiempos de nuestra juventud, pletóricos de vida, con los tiempos históricos. En éstos los procesos se deben apreciar y comprender dentro de la parábola que describen los procesos civilizatorios. Así, no son los mismos tiempos los que se viven en los inicios de esos procesos, con mucha pujanza y certeza de que se han resuelto todos los problemas de la etapa anterior. En esos momentos históricos prevalece la certeza de que ha comenzado una etapa de progreso indefinido que, poco a poco, se irá aproximando al reino de la felicidad. Después se llega a la maduración de esa etapa de la historia en que se va adquiriendo una cierta calma, una actitud más comprensiva de las finitudes humanas. Muchas cosas son posibles, pero no todas, se dice con algo de sabiduría.
Y, finalmente, se transita por la etapa de la decadencia de esa cultura en la que se percibe cuántas de aquellas hermosas intenciones quedaron en el camino, cuántas frustraciones se han acumulado en el alma. Es, entonces, cuando un tibio escepticismo se anida en la conciencia, pero con un talante de “claro realismo”. Como demostrando que “uno ya ha aprendido y no se engaña fácilmente”. Se mira con condescendencia a aquellos que creyeron infantilmente que era posible un mundo mejor. Y se cita, con aire del que ya se las sabe todas, a Discépolo: “me he vuelto pa’ mirar y el pasao me ha hecho reír, las cosas que he soñao, ¡me cache en die qué gil!”.
La última etapa es la más triste, el escepticismo ya es un frío sentimiento que se afirma en la certeza de que todo idealismo no fue más que vanas ilusiones de quien ha querido creer, incapaz para ver la realidad “tal cual es”. Entonces ya entona con toda amargura: “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé”. Siempre ha sido así y no hay Dios que lo cambie. Y si hay un Dios se le puede decir, desgarradamente: “El seguirte es dar ventaja”. Estamos ante el espectáculo decadente de la pérdida de la creencia en los valores, ya nada vale la pena, y “cada cual atiende su juego”.
¿Para qué me mandé toda esta parrafada? Para que sepan que “Chiquito Reyes no es ningún gil”. Yo no me engaño fácil y tengo el ojo siempre abierto para ver que pasa a mi alrededor. Por eso qué me vienen con que hay tanta corrupción, que nunca como ahora se ha robado tanto. Maestros de este tema hemos tenido y de los grandes. Ya en los comienzos tuvimos al muy admirado Don Bernardino, el del sillón, que hizo maravillas con el primer empréstito, ese sí que fue de avanzada, un pionero. Más tarde vino Don Julio, el general, que salió de safari por la provincia de Buenos Aires y repartió hectáreas a manos llenas (claro, entre sus amigos, como debe ser). Lo siguió el otro Julio, el doctor, que arregló con don Runciman, el inglés, algunos dinerillos. Y sierro, para no cansar, con Don José, el estanciero de la hoz, que la primera medida de gobierno que tomó fue eliminar el impuesto a la herencia, porque tenía que arreglar un tema familiar.
Así que hoy hay corrupción. ¡Por favor! Corruptos eran los de mis tiempos.

Una historia de la corrupción

La corrupción no es un mal que haya aparecido hace un tiempo. Es un problema que lleva siglos en esta humanidad débil. Probablemente desde la aparición de este “homo sapiens-sapiens” que somos nosotros, equivale a decir unos quince o veinte mil años o, tal vez un poco más, pero por allí. Alguno podrá sorprenderse por la cifra, pero debe ser colocada dentro de la historia del hombre, unos dos millones de años. Alguna pista podemos encontrar dentro de la tradición judeo-cristiana, que está en la base de la cultura occidental moderna. No debe confundirse con una muletilla de hace unos treinta años que repetía que “somos occidentales y cristianos” y predicaban de noche con las armas en la mano.
Los rabinos de hace unos tres mil años tuvieron la intuición de que algo debió haber pasado para que el mal existiera sobre la tierra. No podía ser creado por Dios, porque éste era bueno. No podía ser la consecuencia de la existencia de un dios del mal, porque había un solo Dios. Por lo tanto, miraron en derredor y vieron a los hombres, ellos mismos. Por lo tanto, algo había pasado en ellos para que vivieran del modo en que lo hacían. Recordemos que estamos ya en épocas de Salomón (el que se hizo famoso por las minas), que éste era un rey que construyó palacios, templos, ejércitos, trajo esposas de Egipto, etc. Y como dijo el filósofo Barrionuevo “nadie se hizo rico laburando”. Por lo tanto, si tenía tanto ¿cómo lo había conseguido?
También veían los rabinos que había mucha pobreza, mucha explotación, mucha desigualdad, y al mismo tiempo, oían a los profetas advertir: “Acuérdate Israel que tú también fuiste esclava”. Les recordaba que por ello unos siglos antes habían huido de Egipto y al llegar a las tierras de la Palestina (¿justo allí tuvo que ser?) se había realizado el Pacto de la Alianza (cualquier parecido con nuestra Argentina es mera coincidencia). Por este Pacto se había adoptado el Decálogo como regla de vida comunitaria. Pero, como en estos tiempos, en aquellos esto no se cumplió, a pesar de que todavía no se habían inventado los abogados. Se les hacía evidente que la “carne es débil” y las tentaciones muy fuertes. Entonces construyeron un relato que catorce siglos después san Agustín denominó “el pecado original” (en el texto hebreo no existe la palabra pecado, se habla de errar el camino). ¿Qué nos dice hoy el relato?
Nos cuenta que durante mucho tiempo los hombres y mujeres (en plural: Adam y Eva son sustantivos colectivos, ver El Libro del Pueblo de Dios) vivían en paz recogiendo alimentos en el Jardín del Edén. Este Jardín se hallaba ubicado entre los ríos Éufrates y Tigris. Los muy cristianos soldados del muy cristiano Busch, que parece leen otra Biblia, fueron a destruir lo que quedaba del Edén, no sea cosa que los hombres pretendan volver a esa tierras y ser felices. Pero, como en los mejores cuentos, un día se les apareció la tentación encarnada en una serpiente que les propuso hacer justo lo que no se debía hacer, violar la ley. Esta violación convertiría a los hombres en dioses y quien se puede resistir a tamaña tentación. Así fue que, como dijo Vacarezza “entró la envidia a roer”, y se terminó la paz, la armonía y la felicidad. Fueron expulsados del Jardín y tuvieron que empezar a trabajar. (Continuará)

Sigue la historia de la corrupción

No debe entenderse de esta historia que el laburo fue un castigo, como alguna interpretación que anda por allí dice. El relato en este aspecto no hace más que reproducir en un mito la historia de la evolución humana. Prueba de ello es que poco más adelante habla de Caín y Abel (que tampoco son personajes reales sino que representan a los agricultores y a los pastores – ver Libro del Pueblo de Dios). Es decir, un acontecimiento de la historia entre pueblos que se habían hecho sedentarios, los agricultores, y pueblos que eran nómades, los pastores. Las diferencias entre esas formas de vida crearon conflictos. Y si los agricultores “mataron” a los pastores es porque así lo muestra la “civilización”, cultura de ciudad, los sedentarios se impusieron sobre los nómades. De no haber sido así hoy andaríamos tras las cabras y las ovejas caminando por el mundo. Probablemente hubiera sido una vida más sana, pero ¿quién quiere tanta salud?
Y como una cosa trae la otra, pelea va pelea viene, el mal se aposentó sobre la tierra. Parece que le gustó esta vida, y aquí lo tenemos. Ahora que me detengo a pensarlo, no eran nada tontos aquellos rabinos, entendieron cómo fue la historia mucho mejor que otros. Supieron colocar el problema donde debió estar siempre entre nosotros los humanos, los que inventamos el mal y lo cultivamos con un empeño digno de mejor causa. Es cierto que esto de culpar a todos hace que los que son malos de verdad se escuden en el mal de todos y safen. Nosotros los argentinos decimos con aire de tipos experimentados: “Si vos hubieras estado en ese lugar ¿no hubieras hecho lo mismo?”. Y el guiño que acompaña la pregunta, con mucho de cómplice, deja afirmado que en el fondo la diferencia entre el chorro y el decente no es más que la oportunidad. Nosotros los decentes (tengan la bondad de permitir colocarme entre éstos) no hemos tenido suerte, caso contrario seríamos un Gostanián, un Cavallo, un Kohan, un Daniel Marx, para no abundar. Esos sí que fueron “vivos”.
Así fue transcurriendo la historia hasta que Dios, cansado de ver que el mal se había apoderado de los hombres y que daba patente de “piola”, sino miren a Tinelli, tuvo conciencia que lo que había predicado Jesús no alcanzaba para el mundo globalizado. Y comenzó una nueva etapa. Tenemos entonces a la segunda enviada del Señor. Primero nos había enviado a Jesús pero como el movimiento feminista se quejó nos envió a una mujer: la inefable Lilita. Esta enviada pertenece a una especie desconocida: la de los abogados honesto e incorruptibles, claro viene del cielo. Si bien no anda por la calle con la espada flamígera en la mano, por pura modestia, no deja pasar delito de corrupción sea del tipo que fuera. Si Escasany hizo alguna tramoya con el Banco de Galicia aparecía la “chapulín colorada” y denunciaba; si en Mendoza el criador de caballos había hecho algo incorrecto ella denunciaba;… y denunciaba y denunciaba. Nunca probó nada, pero esta no es tarea “divina”.
Pero ello no le llevaba todo el tiempo del que disponía. También se ocupaba de los maltratados, de los perseguidos, de las campañas sucias. Y encontró a un personaje que bien podía ser un héroe de historietas, como Batman, Superman, Spiderman, todos ellos son tan puros que no tienen pareja (por lo del pecado, se entiende ¿no?). Pero éste era un personaje porteño, por lo que podía ser un digno representante de la “viveza criolla”. Se llama Telerman, no se si siguiendo la tradición este nombre quiere decir “el hombre de la tele”. Pero éste en lugar de ser un perseguidor es un perseguido. ¡No podemos ganar una! Conseguimos un héroe, pero es un perdedor. Los malos, que existen en todas las historietas, quieren convencer a la gente que se hizo pasar por Licenciado. Él, en realidad lo tomó del chapulín, sin ninguna mala intención. (Espero que continúe)

La Patria quiere ser Nación

Necesitamos sacudir nuestro espíritu nacional en esta semana maya. No hace tanto tiempo corría una advertencia ante el peligro en que se encontraba nuestra Nación. Esto iba acompañado de denuncias sobre la gama de problemas que nos embargaban, problemas que de algún modo todos conocemos, pero que sorprende a la mirada del extranjero la impasividad con que los padecemos y sobrellevamos. Pareciera que el sólo verlos no alcanza para que sintamos la imperiosa necesidad de hacer oír nuestra palabra, la de todos, y comprometernos en las propuestas y acciones necesarias que deben seguir a las denuncias.
Pareciera que el dolor de tanta sangre vertida inútilmente en nuestra historia, pasada y presente, no basta. Digo sangre y no debe leerse en clave blumberiana. Todos los días, todavía, se producen muertes evitables, se siguen desnutriendo niños, siguen abandonando el colegio, etc. Debemos abrir los ojos a tiempo: una sorda guerra se está librando en nuestras calles, la peor de todas, la de los enemigos que conviven entre nosotros y no se ven. Los que lucran con la decadencia, aunque se llenen la boca con grandes palabras.
Nos encontramos ante una oportunidad histórica, como no se había dado en los últimos treinta años. Estamos ante la posibilidad de refundar nuestro vínculo social, de reconstruir los lazos fraternales. Es posible que todo esto pueda sonar a delirio romántico, pero creo que si no modificamos el modo de pensar, si no nos alejamos de la necesidad de soluciones inmediatistas, si no levantamos la mirada hacia un horizonte más lejano, poco es lo que podemos esperar de nuestra Argentina. Digo nuestra porque no es de los dirigentes políticos, empresariales, sindicales, eclesiásticos, etc. Es nuestra. Como reza una frase de moda hoy: “Argentina somos todos”. No importa con que intención la pongan, hagámosla nuestra, de todos.
La gran dificultad que debemos enfrentar es la renuncia a querer tener toda la razón; a mantener las privilegios; a la vida y la renta fácil,… con el grave riesgo de seguir tinellizándonos. Se percibe en nuestra patria una sensación de hartazgo, por una parte, y de esperanza, por otra. Hoy la consigna ya no puede ser “el pueblo quiere saber de que se trata”, hoy debemos reclamar la participación en la cosa pública y definir lo que se debe tratar. La conmemoración de aquel 25 de Mayo, es una oportunidad más de memorar con los otros, partiendo de las cosas pendientes que todavía no solucionamos y agregando las que el tiempo fue acumulando. El presidente nos recuerda que “todavía estamos en el infierno”. Lo que debemos decirnos, los unos a los otros, que del “infierno” no nos sacan “los demás”. Tal vez ellos puedan salir, y no hay duda de que muchos salían mientras nos metían a todos dentro. De allí se sale tomados de la mano con el propósito de construir una nación que contenga a todo su pueblo.
La esperanza sigue estando al alcance de nuestras manos, porque sobran energías y voluntades dispuestas a un sacrificio más, pero al servicio de recuperar la felicidad perdida y los derechos abandonados en el camino, bajo los argumentos falaces de que “atraería los inversores”, que generarían trabajo. Y la confianza se fortalece al recordar que la historia nos enseña que muchos pueblos que tocaron fondo, al que nosotros no llegamos, se levantaron de sus ruinas y abandonaron sus mezquindades. Esto no se logra en plazos inmediatos, pero podemos ponernos en camino. Hay que dar lugar al tiempo y a la constancia organizativa y creadora, y dedicarnos a la acción firme y perseverante. No todo está perdido, pero no nos sobra el tiempo. No queda lugar para demoras ni dilaciones. La patria nos convoca a convertirnos en una Nación. Pongamos como meta el bicentenario para celebrar todos juntos un paso hacia delante, para todos y entre todos.