Ya llegaremos a ser totalmente democráticos

Hemos llegado a disfrutar de una maravillosa democracia en la que se puede opinar sobre todo. Tenemos la tranquilidad que esta democracia está garantizada por Busch (el de la W) que se ha impuesto la titánica tarea de implantarla en todo el mundo. Cierto es que el muy obstinado a veces se pasa de impetuoso, pero no puede negarse que sus propósitos son nobles. La democracia se ha ido desarrollando en los Estados Unidos desde los Padres Fundadores hasta nuestros días. Pero el pragmatismo anglosajón se ha mostrado muy flexible en cuanto a la formulación jurídica de esa democracia. Por ello a aquella acta fundacional le fueron haciendo Enmiendas para adecuarla a las cambiantes situaciones históricas. Las enmiendas vienen a ser como parches que se le van agregando, pequeños retazos que se le colocan a una tela, algo así como sucesivos zurcidos, de modo que algunos ya no recuerdan como era el paño original.
Será, tal vez, por ello que a ciertos islámicos les cuesta tanto entender eso de la democracia occidental. Ellos intentan leer lo que se escribió y luego pretenden corroborar en la práctica que lo escrito se convierta en realidad. En esto demuestran la distancia que hay entre el pragmatismo anglosajón y el idealismo musulmán. Pretender que las leyes se reflejen en la vida cotidiana es suponer que ya llegó el paraíso a la tierra. Ellos son prácticos, sobre todo los norteamericanos. Ellos rezan todos los domingos, agradecen a Dios antes de cada comida, y como ya han limpiado su alma, después le pegan al alcohol en todas sus variantes, se divierten con algunas otras cosas. Pero todo ello no altera su moral puritana.
En cambio, los musulmanes tienen una actitud dogmática ante el alcohol y otras “yerbas”. A uno le cuesta mucho entender tanta rigidez. Se horrorizan ante lo que ellos llaman la “lujuria de occidente” porque ellos enclaustran a sus mujeres dentro de sus casas y las tapan desde la cabeza a los pies. No son democráticos como los norteamericanos que les dan la libertad a sus mujeres de bailar desnudas en el caño en cuanto bar existe. (En esto no han sido muy originales, copiaron todo esto a Tinelli que es el verdadero creador de tanta libertad de expresión).
En occidente se respetan todas las profesiones, y hasta se las incentiva y se las aplaude. Por ello la más vieja profesión es desempeñada en todo el mundo libre a la vista de todos. Y como se pregona el libre mercado se traen chicas de diversos países para que desarrollen su vocación. El libre comercio, que no reconoce fronteras, posibilita que en París, como en muchas otras ciudades europeas, uno pueda encontrar mujeres polacas, rusas, chinas, etc. Ejerciendo su vocación sin ningún impedimento. Acá, en la periferia, se pueden ver dominicanas, paraguayas, colombianas, porque el cambio no nos favorece. Esta es la razón por la que escasean las rubias, pero en cuanto volvamos al “uno a uno” volveremos a importar de todo.
Es cierto que América, la parda, está pasando por un momento de gran confusión por lo que nos cuesta, tal vez como a los musulmanes, comprender todas las virtudes del libre mercado y la democracia estadounidense. Por eso, creo yo, que rechazamos el ALCA. Pero es evidente que es mucho más fácil oponernos a ciertas medidas económicas que a la homogeneización cultural. Nos oponemos al libre comercio con los EE. UU. pero comemos hamburguesas a reventar, usamos un mal inglés y en lo posible reemplazamos el vetusto idioma de Cervantes por el moderno “lunfardo de Harlem”. Pero, por fin, llegó a Buenos Aires la liberación: seremos macrísticamente libres.

El profeta de la amargura

Metidos en un mundo de inmediateces pragmáticas ¿cómo pensar en idealismos? Pareciera que todo eso que se pensaba no hace más de treinta años fue un simple espejismo. En esos tiempos algunos depositaban sus mejores esperanzas en un mundo socialista, otros en una democracia con amplia participación, algunos en un capitalismo con rostro humano que distribuyera equitativamente la renta que iba en aumento, pero casi todos estaban convencidos que caminábamos hacia un futuro mejor.
Una personalidad intelectual como Eric Hobsbawm escribió en uno de sus libros esta reflexión: el más pesimista de los hombres de fines de los años sesenta, que fuera preguntado sobre el peor de los horizontes posibles para el año dos mil, hubiera descrito un futuro paradisíaco comparado al mundo con que nos encontramos al llegar al fin del siglo. Esto habla de la imposibilidad de pensar en aquella época de que podía pasar en el mundo todo lo que pasó. No quiere decir esto que “todo pasado fue mejor”, de ningún modo, sólo pretendo colocarme en una perspectiva que nos permita pensar en qué es lo que pasó y por qué pasó.
Si bien la década de los sesenta tenía razones para estar esperanzada no faltaban hechos que mostraran negros nubarrones sobre el cielo de aquellos tiempos. A pesar de ello, imperaba un espíritu esperanzado cuando se elevaba la mirada hacia el largo plazo. Parecía que, de un modo u otro, el futuro sería mejor. ¿Dónde quedó?
Pero si volvemos la mirada a los años treinta, el profeta de los cafetines, que siempre nos acompaña en el pensamiento, le hacía decir a la mina ya cansada de idealismos: “No puedo más pasarla sin comida, ni oírte así, decir tanta pavada…”. La crisis de 1929 hacía sentir todo su rigor y el ideario de socialistas y anarquistas predicaba la cercanía de la revolución. Por eso, ella harta de todo esa perorata le reprochaba: “¿No te das cuenta que sos un engrupido? ¿Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos?”. Y no le faltaban razones a la mina, desde su realismo cotidiano qué podía significar tanto idealismo delirante. Entonces, para que el fulano ponga los pies sobre la tierra, le dice: “Lo que hace falta es empacar mucha moneda, vender el alma, rifar el corazón”. Duras palabras que reflejan la verdad inmediata de las exigencias del mercado, frente a la ensoñación del Sermón de la Montaña.
Hoy, a más de setenta años de haber sido escritas esas palabras, pareciera que toda la razón la tenía la mina. Su profecía se fue cumpliendo con todo rigor a partir de la década de los ochenta y se convirtió en religión diez años después. “¡El verdadero amor se ahogó en la sopa, la panza es reina, y el dinero Dios!”. Pero, en ese triunfo en la carrera del amarroque tenemos que aprender que son muchos más los que pierden. Mirando nuestra vida actual debemos coincidir con esa profeta de feria que advertía: “Que la razón la tiene el de más guita, que la honradez la venden al contado y a la moral la dan por moneditas”. Sin embargo, de aquellas locas ilusiones, creo, que todavía quedan brasitas sin apagar.

Yo acuso II – Confesión de un título

Vuelvo con mi indignación. Hasta dónde puede llegar la impunidad que este tipo de libertad sin límites permite. Cómo es posible que se pueda convertir en una burla las palabras condolidas, emocionadas, sinceras, dichas desde lo más profundo del corazón, de quien se arrepiente en público. ¿No nos enseñó ya el cardenal Bergoglio que debemos aprender a perdonar? Sobre todo a quien tiene la voluntad y la hombría de bien de confesar sin retacear detalles su falta. ¿Por qué estoy indignado? Porque encuentro en uno de esos llamados “blogs” a alguien que, escudándose cobardemente en el anonimato, publica esta atrocidad.

Confesión… de un título – Versión libre blumbergiana

Fue a conciencia oscura
que perdí mi título… nada más que por salvarlo.
Hoy me odian y soy infeliz, me arrincono pa’ llorarlo.
El recuerdo que tendrán de mi será derechoso,
me verán siempre golpeándolos como un represor…
Y si supieran que lo horroroso
fue que pagara así mi deshonor.

Ay de mi vida… soy un fracasao.
Y en mi caída no pude hacerme a un lao,
Porque el poder lo quise tanto… tanto…
que al rodar, para salvarme, sólo supe hacerme odiar.

Como respeto a la gente de bien, esa que ya ha dado muestras de su inteligencia en las elecciones porteñas, me detengo en mis comentarios y cedo la palabra a los “hombres y mujeres de la República”.

Yo acuso

Yo acuo

Estamos viviendo tiempos difíciles. Si hay frases gastadas esta debe estar entre las que ya cuesta trabajo leerlas. No por ello deja de decir una verdad inconmovible. Lo que no estoy en condiciones de afirmar es que estos tiempos habiliten a hacer cualquier cosa, con el asunto de la relatividad de valores ya no hay uno que se mantenga en pie. Sin embargo, esto no impide que gente con firmes convicciones dejen de decir lo que es necesario decir. Traigo de la memoria el recuerdo del escritor francés Emilio Zola quien no pudo dejar de decir que lo que se estaba haciendo con el militar Dreyfus, acusado de “alta traición”, era una injusticia. Por ello publicó en el diario L’Aurore su famoso “Yo acuso (Carta al Presidente de la República)”, con lo cual logró que le fuera restituido el grado al militar y su buen nombre y honor. Pagó con la cárcel su osadía en un proceso por difamación que le condenó a un año de cárcel y a una multa de 7.500 francos (con los gastos). Magnífico ejemplo.
Comprenderán que yo no me atrevo a ser ni la sombra de un Zola, pero no puedo dejar de decir que se está difamando a los prohombres de la patria. Ya vimos que una minucia como ser portador de un título que no habían conseguido echa por el piso trayectorias impecables como la del, ya citado en esta página, ex –Licenciado Telerman, ahora la del ex –Ingeniero Blumberg. Ante tantas cosas importantes que pasan en este país, como dijo otra eminencia de los medios de comunicación, Llamas de Madariaga, se puede perder tiempo en esas minucias. ¿Quién que se acostumbra a que lo llamen Doctor, Licenciado, Ingeniero u otras denominaciones triviales como esas, no puede estar acordándose de si había estudiado la carrera? ¿Qué importancia tiene?
No será que, ante el majestuoso avance de la derecha, imparable en el mundo, otro tanto en nuestro país, hace que esos demagogos del progresismo izquierdoso, esos que pretenden que la gente de bien “viva tras las rejas, mientras los delincuentes andan libres por las calles” (otra frase bastante gastada) se ponga en duda la prosapia de los mejores. Me parece que ya hemos perdido el parámetro de quienes somos gente de bien y quienes son delincuentes. Debe quedar claro que los honestos somos siempre nosotros y los delincuentes son ellos.

La moral de los mejores

A esta altura de la historia no sorprende que reine un escepticismo galopante. Cuántos de aquellos valores que fueron “columnas de la sociedad”, que funcionaron como el sustrato de la cultura moderna, que permitían diferenciar al ciudadano honesto del simple ladronzuelo (porque los delincuentes de alto vuelo fueron siempre respetados), sostuvieron y posibilitaron una sociedad de “gente como uno”. Por ello, mi abuela podía decir con todo orgullo “pobre pero honrado” lo cual la colocaba, a ella y a su familia, del lado de los buenos (¡pobre abuela! ¡qué ingenua era!).
Insistiendo con el profeta de los cafetines, nos obliga a tomar conciencia de que “Lo que hace falta es empacar mucha moneda, vender el alma, rifar el corazón”, frente a tanta pavada como “estudiar para mejorar”, lo que se tiene “debe ser fruto del esfuerzo cotidiano”, “una vida honesta permite caminar con la frente en alto”, “es más importante el buen nombre que una fortuna”, “el buen nombre dura toda la vida, la fortuna va y viene”. Mi abuela tuvo la suerte de irse a tiempo, cuando todavía este derrumbe no estaba tan claro como ahora. Cómo no va a llorar la Biblia “herida por un sable sin remaches”, que para empeorarla es probable que estuviera oxidado.
Algún optimista empedernido me dirá que soy un amargado, que veo “la mitad del vaso vacío”, que con gente como yo es imposible salir adelante. Puede ser que tenga razón. Pero le ruego a ese “sermonista” que me comprenda. Yo me fui aferrando a cada rama que me pudiera sostener mientras iba cayendo del árbol, finalmente encontré un tronco fuerte en el que me senté aliviado, para retomar el aliento, para recuperarme, levantar la mirada al azul del cielo buscando una bocanada de esperanza. Y me acomodé tranquilo.
Pero “la suerte que es grela” me jugó una mala pasada, apuntó justo contra una de las pocas columnas sólidas que me permitían hacer pie en medio de este desbarajuste. Sr. “sermonista”, le ruego que me comprenda: cayó a mis pies un baluarte de los valores de esta sociedad. Le cuento: me levanté como todas las mañanas, me preparé el mate, encendí la radio para seguir alarmándome con lo que pasa en este mundo, con la misma actitud de quien tiene paciencia esperando que algo mejore. De pronto, como un rayo que me partió la cabeza, oigo la nefasta noticia “Blumberg no es ingeniero”. Dígame, ¿cómo tomó Ud. semejante sablazo? ¿Puede, comprenderme ahora? Lo mío no es escepticismo, es desmoralización, es desilusión. Me siento estafado en lo más profundo. Yo creí en ese hombre, creí en la verdad que encarnaba. Ahora ¿qué hago? “Levanté un tomate y lo creí una flor”.

Ya llegaremos a ser totalmente democráticos

Hemos llegado a disfrutar de una maravillosa democracia en la que se puede opinar sobre todo. Tenemos la tranquilidad que esta democracia está garantizada por Busch (el de la W) que se ha impuesto la titánica tarea de implantarla en todo el mundo. Cierto es que el muy obstinado a veces se pasa de impetuoso, pero no puede negarse que sus propósitos son nobles. La democracia se ha ido desarrollando en los Estados Unidos desde los Padres Fundadores hasta nuestros días. Pero el pragmatismo anglosajón se ha mostrado muy flexible en cuanto a la formulación jurídica de esa democracia. Por ello a aquella acta fundacional le fueron haciendo Enmiendas para adecuarla a las cambiantes situaciones históricas. Las enmiendas vienen a ser como parches que se le van agregando, pequeños retazos que se le colocan a una tela, algo así como sucesivos zurcidos, de modo que algunos ya no recuerdan cómo era el paño original.
Será, tal vez, por ello que a ciertos islámicos les cuesta tanto entender eso de la democracia occidental. Ellos intentan leer lo que se escribió y luego pretenden corroborar en la práctica que lo escrito se convierta en realidad. En esto demuestran la distancia que hay entre el pragmatismo anglosajón y el idealismo musulmán. Pretender que las leyes se reflejen en la vida cotidiana es suponer que ya llegó el paraíso a la tierra. Ellos son prácticos, sobre todo los norteamericanos. Ellos rezan todos los domingos, agradecen a Dios antes de cada comida, y como ya han limpiado su alma, después le pegan al alcohol en todas sus variantes, se divierten con algunas otras cosas. Pero todo ello no altera su moral puritana.
En cambio, los musulmanes tienen una actitud dogmática ante el alcohol y otras “yerbas”. A uno le cuesta mucho entender tanta rigidez. Se horrorizan ante lo que ellos llaman la “lujuria de occidente” porque ellos enclaustran a sus mujeres dentro de sus casas y las tapan desde la cabeza a los pies. No son democráticos como los norteamericanos que les dan la libertad a sus mujeres de bailar desnudas en el caño en cuanto bar existe. (En esto no han sido muy originales, copiaron todo esto a Tinelli que es el verdadero creador de tanta libertad de expresión).
En occidente se respetan todas las profesiones, y hasta se las incentiva y se las aplaude. Por ello la más vieja profesión es desempeñada en todo el mundo libre a la vista de todos. Y como se pregona el libre mercado se traen chicas de diversos países para que desarrollen su vocación. El libre comercio, que no reconoce fronteras, posibilita que en París, como en muchas otras ciudades europeas, uno pueda encontrar mujeres polacas, rusas, chinas, etc. Ejerciendo su vocación sin ningún impedimento. Acá, en la periferia, se pueden ver dominicanas, paraguayas, colombianas, porque el cambio no nos favorece. Esta es la razón por la que escasean las rubias, pero en cuanto volvamos al “uno a uno” volveremos a importar de todo.
Es cierto que América, la parda, está pasando por un momento de gran confusión, por ello nos cuesta, tal vez como a los musulmanes, comprender todas las virtudes del libre mercado y la democracia estadounidense. Por eso, creo yo, que rechazamos el ALCA. Pero es evidente que es mucho más fácil oponernos a ciertas medidas económicas que a la homogeneización cultural. Nos oponemos al libre comercio con los EE. UU. pero comemos hamburguesas a reventar, usamos un mal inglés y en lo posible reemplazamos el vetusto idioma de Cervantes por el moderno “lunfardo de Harlem”.

La vaca científica

Cuando yo era chico (ruego no preguntar cuánto hace) se cantaba una canción que decía: “Tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera”, y en aquella época no alcancé a comprender la profundidad de esta letra. Era entonces mucho más ingenuo de lo que soy hoy (¡Todavía?). Creo que pensé que se trataba de una simple canción para chicos. Hoy, después de haber ido a la universidad, de haber estudiado algunas cosas y haber entrado en contacto con la hermenéutica, puedo comenzar a comprender cuanta sabiduría encerraba aquella letra.
Todo esta reflexión, que algunos calificarán de chabacana, tal vez con razón, pero por el mismo efecto de los años me cuesta mucho distinguir lo banal de lo importante. En mi cabeza todo se mezcla “como en la vidriera de los cambalaches”. Ya me perdí. ¿Qué era lo que quería decir?… Ya me acordé, el tema era la vaca. Decía Marx: “A primera vista, parece como si las mercancías fuesen objetos evidentes y triviales. Pero, analizándolas, vemos que son objetos muy intrincados, llenos de sutilezas metafísicas y de resabios teológicos”. Pues bien, no tengo la menor duda que lo mismo pasa con la vaca. ¿Estarán pensando que me piré otra vez?, no lo creo, Permítanme avanzar.
Las vacas no sólo son objetos metafísicos, son sujetos de un pensamiento muy cultivado. Si en el siglo XIX (les aseguro que yo no estaba) se podía llegar a las conclusiones que hemos leído sobre la mercancía, que es un objeto inerte, podríamos contestar desde la vaca, siguiendo a Calderón de la Barca: “¿Y teniendo yo más vida tengo menos libertad?”. Y no sólo libertad, sino una capacidad nada despreciable para analizar la realidad que la rodea. Es muy probable que esto sea el resultado de las innumerables veces que el hombre de ciencia ha metido la mano entre los genes. Y como se sabe las consecuencias de las mutaciones pueden ser imprevisibles.
Bien, de eso se trata. Se ha conseguido una vaca economista, analista del mercado, con una agudeza envidiable para detectar dónde está el mejor negocio. Y con una objetividad, que debiera envidiar tanta gente, definió cuál era su mejor oportunidad. Se paseó por las góndolas de los supermercados, hizo una comparativa de precios y decidió su estrategia. Si dar leche de segundas marcas rinde una utilidad muy baja, si la leche en polvo, en cambio, se cotiza muy bien en el mercado internacional, la decisión es muy clara “voy a dar leche en polvo”. Vamos tras la mayor rentabilidad. Se me dirá ¿cómo y los chicos pobres? Señores, por favor, no es suficiente con que tenga una envidiable capacidad de análisis, pretenden además que se conduela por lo niños. Pero si ni siquiera los “hombres de números”, los políticos, los funcionarios hacen eso ¿cómo pedirle a una vaca que lo haga? Es un despropósito.

Se insiste con la historia de la corrupción

Les había contado que al pobre héroe porteño lo perseguían los malos. Y como ocurre en toda historieta, se decían de él todas cosas malas, inventadas, con el solo propósito, como es ya clásico, de desacreditarlo. Pero, como también es ya clásico, al final ganan los buenos. ¿O no? Sería un verdadero fracaso como héroe que perdiera. ¿Tanta mala suerte tendremos los argentinos? Ya sabíamos que el gaucho Martín Fierro no había terminado bien, pero era un gaucho y cómo va a ser un héroe triunfador en plena globalización, si no sabía meterse en Internet. De nuestro Capitán Marvel no se supo más nada, por lo tanto muy bien no le puede haber ido, porque si no la tele se hubiera ocupado de él como de un triunfador. Como se sabe en la tele están todos los triunfadores: Mirta, Susana,… en fin, no quiero resultar cargoso, todos los premiados por APTRA.
Volvamos a nuestro héroe. Resulta que todo comenzó como un juego, él repetía bromeando el consabido “Dígame Licenciado” y los que lo rodeaban le decían Licenciado siguiendo la broma, sin ninguna mala intención. Así fue pasando el tiempo y se acostumbró a que le digan Licenciado, sonaba bien y como todo era broma no se preocupó por aclararlo. Ya siendo mayorcito, por esas vueltas que tiene la política, fue a parar a un puesto de gobierno donde la broma siguió. Se convirtió en una costumbre tan cotidiana que él se confundió y comenzó a usarlo como parte de su nombre, pasó a llamarse el Licenciado Telerman sin más. Pero la gente, que sabe poco de estas cuestiones académicas, no se dio cuenta de que era una broma y se lo tomó en serio. Así fueron pasando los años y otra vuelta de la política lo lleva a posiciones más encumbradas… Y participó en programas de televisión, en actos públicos, firmó documentos oficiales como Licenciado, claro que siempre como broma. Muchas de esas veces, firmaba antes de que le colocaran el sello, y su secretaria poco avispada le ponía después ese sello debajo de su firma, pero él no se daba cuenta.
Pero nunca falta un buey corneta que percibe la falta y, tal vez, comprendiendo mal la prédica de la enviada del Señor, lo denunció. Tras eso se agregó una diputada que envidiaba la fama y lo atractivo de la personalidad del héroe. No hay héroe que no sea envidiado, porque ¿quién no quisiera ser un héroe, y sobre todo uno que fuera señalado desde el cielo como el vicario en la tierra rioplatense? Se siguió, entonces, investigando y se agregó a lo ya dicho que algún tonto empleado, de esos que abundan en la burocracia municipal, le liquidó sus haberes con el agregado de lo que corresponde por título universitario. Pero la maldad de los hombres de Buenos Aires les impide comprender que un héroe no se detiene a revisar su recibo de sueldo, porque ellos no están acostumbrados a cobrar por lo que hacen, ellos llevan la justicia a donde haga falta, sin mirar a quien.
Ahora podrán ustedes comprender por qué la enviada se puso de parte del héroe y salió a defenderlo. ¿Será una historia parecida a la del “Hijo pródigo”? Nuestra pequeñez y mezquindad nos impide comprender la transparencia con que actúan aquellos elegidos que, medidos por el parámetro de nosotros los humanos, parecen ante nuestros ojos como corruptos. Ellos se rigen por una justicia superior que está fuera del alcance de nuestra estrechez mental, es una “justicia del amor”. Por eso no comprendemos lo que ha hecho el héroe y lo que hace su defensora. (¿Terminará ahora?)

¿Cómo no se puede entender?

El resultado de las lecciones de Capital ha generado un notable desconcierto. Algunos se preguntan ¿qué pasó? Ya estamos en condiciones que hemos importado un tornado, se llama Mauricio (que también es Macri). Pasó como un vendaval por sobre los barrios porteños. Pero esto no debe sorprendernos. Si el ídolo mayor de Buenos Aires es Gardel, y Carlitos aplaudió el golpe de Uriburu, por lo que podemos atribuir el fenómeno al espíritu gardeliano. En 1955 las calles se poblaron de gente que festejaba la caída del “tirano”, por lo cual el segundo golpe militar gozó de la confianza de nuestras clases medias y altas. Después llegó ese gobierno a paso de tortuga y nuevamente se aplaudió a las fuerzas militares por sacarnos del “marasmo” de ese gobierno. Años después, con el aprendizaje de las bondades de los golpes militares, se volvió a respirar hondo porque venían los que iban a castigar a “los que algo habrán hecho”.
Después de todo eso, una propuesta de “centro-izquierda” que logró “salvarnos de un nuevo gobierno peronista”, a poco de andar cambió a su ministro de economía que proponía “la disparatada idea de investigar la deuda externa”. Como si dudar de “la autenticidad de las deudas” fuera una conducta aceptable para todo país que se precie de ser “respetable”. Los países que son “como se debe ser”, según dicen los mejores economistas “honran sus deudas”. Y es lo que hicimos. Por ello tuvimos un Plan Primavera que nos permitió seguir siendo honorables. Como decía mi abuela “pobres pero honrados”, ¡qué antigüedad”!
Tanta honorabilidad nos depositó en el desorden provocado por los pobres que “no aceptaron ser honrados” y saquearon los supermercados. Esto nos hizo quedar muy mal ante la opinión de los mejores analistas internacionales. A partir de allí, por nuestra inconducta, recibimos la reprimenda del “riesgo país” que, como todos recordarán, debíamos oír cada mañana como ese número raro, difícil de comprender, subía y subía, para vergüenza de todos nosotros. Y nuestros mejores periodistas nos lo repetían para que aprendiéramos a portarnos bien. Entonces llegó la dupla de oro que “encarriló” el país en la década de los noventa: tuvimos el uno a uno, ingresamos al primer mundo, pudimos comprar barato lo importado, por ello aceptaron renegociar la deuda cuantas veces se lo pidiéramos.
Pudimos aprender que un país serio se hace a partir de la “libertad de mercado”, abriendo las puertas a las inversiones extranjeras, dejando entrar los contenedores con maravillas del sudeste asiático. Comprábamos y vendíamos en dólares, como allá en el norte, hablábamos de todo en dólares. Bueno, después llegó la catástrofe. Pero esto fue culpa de algunos desmanejos, de ineficiencias, de algunos vivos que se llevaron los dólares hacia paraísos fiscales. No por ello debemos rechazar las enormes ventajas que nos enseñó esa década. Debemos aprender de algunos errores pero no volver a pensar en la política. Es necesario incorporar a los “buenos administradores”, a los que proponen encargarse de arreglar todo, porque saben, porque tienen experiencia empresaria.
Entonces, después de revisar esta historia ¿cuál es la sorpresa? Si alguien encarna todos estos valores, si le agrega a ello una concepción clara de cómo combatir la delincuencia, si sabe como dejar limpia la ciudad porque desde hace más de treinta años gerencia Manliba, si conoce el problema del transporte porque es parte, con su familia, de la empresa Plaza, etc. ¿No es la persona indicada para ocupar la posición a la que aspira, con una profunda vocación de servicio?

La relatividad de la política o la politicidad de lo relativo

Las ideas de cada época han sido siempre el resultado de una larga y dura batalla para imponerse. Desde Sócrates para acá, pasando por el de Nazaret, Juana de Arco, Galileo, Marx, Einstein, Menem (Táchese lo que no corresponda) etc., todos ellos fueron parias incomprendidos en vida, y muchos pagaron muy caro su osadía de contradecir las ideas imperantes. Por ello habrá sido que el de la Palestina dijo “nadie es profeta en su tierra”. El caso de Einstein me llevado a algunas reflexiones que quiero compartir con Uds.
Después de mucho pensar y de llenar de cuentas cuanto cuaderno le ponían enfrente se atrevió a contradecir a Newton, y si no lo contradijo en algo no estuvo de acuerdo. De allí sacó esa disparatada idea de la relatividad por la cual anunció que el tiempo modifica la distancia, o la distancia achica el tiempo, o algo parecido. Esto dio lugar a que a algún romántico se le ocurriera sostener que “dicen que la distancia es el olvido”. Pero en una muestra más de lo difícil que es modificar las ideas de la gente agregó de inmediato “pero yo no concibo esa razón”. Testarudo, como muchos otros. De allí en adelante, pero mucho tiempo después, la gente comenzó a reconocer la verdad de lo que el sabio había sostenido, aunque no se comprendiera bien de qué se trataba. Y el lenguaje cotidiano incorporó la famosa frase “todo es relativo”. De ahí en más, cuando no se tenía argumentos suficientes para rebatir alguna afirmación en medio de un debate, aparecía la frase salvadora. No se decía nada, pero sonaba a profundo.
Así las cosas, con esto de que la relatividad era el camino para entender el mundo real, ya ni en el tiempo ni en las distancias se pudo creer porque la velocidad de la luz modificaba todo. Le dieron la razón a nuestro máximo profeta de los cafetines, si todo es relativo, entonces: “verás que todo es mentira, verás que nada es amor”. De lo cual yo saco la siguiente conclusión: si todo es relativo lo es también el espacio, donde estés depende de donde está el otro. De este modo somos occidentales porque miramos el mapa con el Atlántico en el centro, por culpa de la ignorancia de Mercator. Si hubiera colocado el Pacífico en el centro seríamos orientales.
¿Comprenden ahora porque no hay más izquierdas ni derechas en la política, sino sólo centristas? La culpa de todo ello la tiene Einstein, porque los políticos, lectores atentos de la física de la relatividad, comprendieron que se podía ser de derecha sólo con respecto a los zurdos, y éstos lo eran porque había derechistas. Pero se desmoronó el Muro y desapareció la izquierda, que se fue transmutando de a poco en Socialdemocracia, luego en Tercera vía y después en… (nosotros que hace rato estamos “en la vía” nunca pudimos encontrar esa tercera). Y lo mismo le ocurrió a la derecha, se fue cayendo hacia el centro. La velocidad con que esto sucedió achicó las distancias. Está claro, el problema es cosmológico.