Las dudas de mi ignorancia

Yo me sentía seducido por el desarrollo del tema tal como lo exponía Smith, me sonaba a cierta música celestial. Todos los hombres cumplían con su deber, hacían lo mejor que podían y ponían lo mejor de sí para satisfacer del mejor modo posible las necesidades de los demás. Si bien esto no impedía que cada cual velara por su interés personal, al contrario ello era necesario para un mejor funcionamiento del mercado, dado que así todos saldrían satisfechos con la conciencia del deber cumplido y con el bolsillo lleno con sus ganancias. Nadie salía disconforme ni daba lugar a conflictos. “Todos eran felices”, me sonaba a final de cuento infantil.
Volví a encontrarme con mi viejo profesor y le manifesté mis dudas. Le pregunté si en la Inglaterra del siglo XVIII no había gente mala que pudiera dar lugar a disturbios o a pretender quedarse con lo que no era de ellos. Me tranquilizó afirmando: “Hombres así ha habido en todas partes, por lo menos desde que hay historia escrita. Por tal razón, si bien Smith apela a la conciencia moral de los hombres postula también la necesidad de la presencia del Estado, y a su fuerza policial para recomponer el orden allí donde fuera alterado, vea como lo dice: «Si un soberano se ve sostenido, no sólo por la aristocracia del país, sino por un ejército permanente y bien disciplinado, las protestas más anárquicas, infundadas y violentas no le causan la menor inquietud. Puede tranquilamente despreciarlas o perdonarlas»”.
Me aclaró: “Si bien ningún funcionario debe inmiscuirse en el libre funcionamiento del mercado, como ya le leí el otro día, esto no significa que todo el sistema productivo y de cambio en el mercado no esté protegido por la fuerza del Estado. Éste es el que debe velar, como dice Smith, por el cumplimiento de los contratos, sobre todo el que se realiza entre el trabajador y el capitalista, y por la protección de la propiedad privada, sin la cual no hay mercado capitalista”.
Partiendo de lo que sucede hoy en las relaciones laborales, entre el que compra la mano de obra y el trabajador, y dadas las disparidades de fuerza y poder entre unos y otros, me atreví a plantearle otra duda. Dije que lo que yo observaba era que los fuertes se aprovechan de los débiles en la fijación del precio de la mano de obra, y que el Estado no interviene, o lo hace poco, en esos contratos que, por regla general, benefician al contratante.
Me contestó el profesor: “El tema de las necesidades de los trabajadores lo trata como un problema al final de su estudio, no es para él un tema relevante. Smith sostiene que debe pagarse respetando un límite «lo necesario para el propio sustento». Pero esto lo soluciona remitiendo el tema a la «armonía del mercado». Sin embargo Smith no ignora que «en ciertos lugares mueren los niños antes de la edad de cuatro años, esta gran mortalidad se advierte generalmente entre los niños de las clases bajas, en las cuales la mortalidad es todavía mayor». Sin embargo, estos problemas, lo que podríamos denominar los resultados no armoniosos, no pueden ser solucionados por el hombre porque superan el conocimiento humano sobre la totalidad del mecanismo y su saber es finito. La «mano invisible» se encargará de ello”.
Ya había comprendido hasta donde llegaba Adam Smith, no alcanzaba, por lo que debería seguir estudiando.

La ignorancia sobre el mercado

Como seguí leyendo a Smith, pero con las dudas de haber comprendido mal, recurrí a mi viejo profesor para preguntarle sobre el famoso egoísmo que asegura el buen funcionamiento del mercado. Puesto que yo había entendido que el autor, como moralista cristiano, había postulado la simpatía entre los hombres, lo cual los llevaba al cumplimiento del deber de producir lo mejor que pudieran para satisfacer las necesidades de los demás. El profesor me aclaró: “Él no sostiene que el origen del intercambio sea el egoísmo, ni rechaza la benevolencia como sentimiento moral como motivo del intercambio. Indica que las relaciones de mercado, además de esos sentimientos de benevolencia, debe saber manejarse el amor a sí, el interés de la «conservación de sí mismo», que se entendió como egoísmo, porque este interés mueve con mayor fuerza el mercado”.
Y me leyó una cita de Smith: «Como cualquier individuo pone todo su empeño en emplear su capital en sostener la industria doméstica y dirigirla a la consecución del producto que rinde más valor, resulta que cada uno de ellos colabora de una manera necesaria en la obtención del ingreso anual máximo para la sociedad. Ninguno se propone, consciente o explícitamente, por lo general, promover el interés público, ni sabe hasta que punto lo promueve. Pero… es conducido por la mano invisible a promover un fin que no estaba en sus intenciones. Mas no implica mal alguno para la sociedad que tal fin no entre a formar parte de sus propósitos, pues al seguir su propio interés promueve el de la sociedad de una manera más efectiva que si esto entrara en sus designios».
Y agregó el profesor: “Para Smith el conocimiento de cómo funciona la totalidad del mercado es imposible, no está al alcance humano. Escuche lo que dice: «El propietario del capital industrial no debe angustiarse de no conocer el funcionamiento total del mercado. Ese conocimiento es imposible y además innecesario. El mercado funciona con «armonía» llevado por la providencia como si compusiera un reloj la mano experta de un relojero. Hay que hacer con conciencia moral responsable lo que toca obrar como deber, en la especialidad de la que pueda tener conocimiento, respetando el derecho a la propiedad del capitalista y el contrato de trabajo, lo demás funciona automáticamente. Este automatismo produce un resultado armónico: el bien para todos». Por ello, para Smith: «El gobernante que intentase dirigir a los particulares respecto de la forma de emplear sus respectivos capitales, tomaría a su cargo una empresa imposible, y se arrogaría una autoridad que no puede confiarse a una sola persona, ni a un senado o consejo».
Comprendí que Smith transmitía, como buen cristiano puritano, una fe inconmovible en el cumplimiento de las leyes del mercado, la famosa ley de la oferta y la demanda, puesto que estaban gobernadas por la mano de la Providencia. Esta «mano invisible» garantizaba la «armonía del mercado» cuyo resultado aportaba a la felicidad de todos los ciudadanos. Me quedé pensando en los resultados de ese mercado libre en nuestros días y una duda me recorrió desde los pies a la cabeza: ¿qué había pasado con la «armonía» para que hoy haya tantos pobres. Pero comprendí la fatiga de mi viejo profesor y decidí volver otro día.

La ignorancia preguntona

Después de haber pensado que tipo de lectura me sería útil para comenzar a entender un poco de economía, habiendo comprobado que los especialista de hoy hablan en una jerigonza incomprensible, pregunté a un viejo profesor. Esta hombre, con una sonrisa bonachona ante la confesión de mis cuitas, me recomendó una perogrullada: comience por el principio. Debo confesar que, con no poca vergüenza, me vi obligado a volver a preguntar: cuál es el principio. Entonces se levantó, fue a su biblioteca y me entregó un grueso volumen cuyo título era “Una investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones”, escrito en 1776 por Adam Smith.
No podía salir de mi sorpresa por lo grande y por lo antiguo del libro, pero una vez planteada mi situación y habiendo encontrado una sabia respuesta no podía retroceder. Así que me dediqué un tiempo a su lectura. Por ello quiero compartir lo que fui comprendiendo. Debo decir que aprendí que este señor no fue un economista, tal como se entiende esto hoy, era un escocés profesor de filosofía moral y rector de la Universidad de Glasgow. Por lo tanto sus preocupaciones intelectuales fueron de orden moral. Pero, siendo testigo directo de los cambios que estaba produciendo la Revolución industrial, comenzó a estudiar economía leyendo a las figuras más representativa de su época. El resultado de estos estudios quedó plasmado en el libro que estoy leyendo. Debo decir que aprendí que antes había escrito “La teoría de los sentimientos morales” donde sostiene la necesidad de la «simpatía» entre los ciudadanos para el buen funcionamiento de la sociedad.
La Revolución industrial despertó su admiración por los avances que produjo como proceso civilizatorio que camina hacia la «armonía universal», que incluía el «cosmos y sus leyes naturales» además de las leyes que rigen la naturaleza humana y la sociedad a través de «la mano invisible». Esta mano, que era una metáfora de las leyes de la Providencia, gobernaba las acciones de los hombres sin que éstos lo percibieran, dado que sus designios escapan al conocimiento humano. El mundo de lo cotidiano que es un «mundo armónico», se presenta ante los hombres como un mundo aparentemente caótico. Sin embargo, está ordenado por la «mano invisible, es decir Dios. Este Dios actúa en «el tribunal interno» de nuestra conciencia con reglas de moralidad que permiten «sujetar la fuerza de la pasión» y en especial «el amor propio», despertando el sentido del deber en los hombres.
La moral que rige los actos de los hombres se manifiestan como reglas generales «del sentido del deber y de las virtudes, que ordenan las pasiones morales positivamente y las restantes negativamente, restringiéndolas hacia la concordancia con el movimiento uniforme y armonioso del sistema». Así veía Smith al sistema del capitalismo industrial naciente. Para que este sistema funcione correctamente debe sustentarse en «la división del trabajo, la propiedad y el cumplimiento de los contratos, que por ello mismo hay que garantizar por medio de la institución mercado, bajo el ejercicio del poder del Estado».
Por ello las reglas generales de la ética, que había estudiado primero, se transforman después en las leyes del mercado, o de la economía capitalista. De allí se deriva la necesidad de la «división del trabajo» por la cual cada ciudadano se ocupará de producir lo que mejor sepa hacer y que le garantice la mayor utilidad, acompañado por la necesidad de «fijar la propiedad» (unos son propietarios del dinero y otros lo son del trabajo). Así los poseedores de dichos productos diferentes pueden cambiar lo que producen por lo que necesitan. La ética, que ahora es mirada como regla desde el mercado, obliga al cumplimiento del deber que se desprende de la «división del trabajo», cada uno debe hacer lo que le corresponde, puesto que de no hacerlo no se dispondría de bienes para el cambio.

La soberbia y la ignorancia

Terminé afirmando, en una nota anterior: el principio de la sencillez, que tiene una extraña proximidad con la ignorancia. Sólo el que se sabe ignorante de algo, poco o mucho, está dispuesto a escuchar, estudiar, reflexionar, y por ello puede aprender. Por el contrario, el que se sabe poseedor de la verdad, toda o de una parte, no encuentra ninguna inclinación por el aprendizaje. Nuestro Alfredo Zaiat, ya cita en otras oportunidades, sostiene: “La soberbia del saber económico convencional se enfrenta a problemas que no encuentran respuestas en las tradicionales ecuaciones… En la actual etapa del desarrollo, la ciencia económica tal como se la difunde ha llegado a la frontera del conocimiento, síntoma que se expone cada año en los premios Nobel a esa disciplina… Todo lo que tenía para dar esa ciencia ya fue entregado” (Página 12 – 28-10-07).
Lo que yo había insinuado con mucha timidez, dada mi confesión de ignorante, parece ser una constante en ciertos economistas, que parecen saber mucho de economía salvo que está va en vías de agotarse tal como se presenta en sus saberes. Saben todo, o casi, menos el corto alcance de ese saber. Por eso nos explica Zaiat: “Mientras tanto, la dinámica del sistema capitalista, ya extendido a todo el planeta, va presentando desafíos, nuevas situaciones, que la mayoría de los economistas hoy no dan cuenta de ellos enfrascados en sus viejos debates”. Creo que hemos llegado al momento de la “iluminación”. Esos “viejos debates” están refiriéndose a los manuales que se regodean del saber de Adam Smith, quien pensó y escribió hace más de dos siglos, partiendo de la observación y el estudio del mercado inglés. La famosa “Riqueza de las naciones tiene nada más que 231 años. Me dirán que mucho avanzó la teoría económica, pero nunca abandonó su punto de partida, el decir de su padre.
Tal vez, esto lo lleva a decir a Zaiat: “… el impresionante avance de la tecnología aplicada a la producción y el proceso de globalización de la economía mundial ha desencadenado un fenómeno de transformación de las estructuras productivas acerca del cual se sabe relativamente poco. Por lo pronto, los economistas dan constancia de que ese proceso está sucediendo, pero en general no ofrecen elementos muy convincentes de por qué ocurrió de esa manera”. Posiblemente, y esto lo digo yo, una ciencia que nació dentro del marco del capitalismo moderno no está en condiciones de revisar el supuesto sobre el que está parada: la existencia de la sociedad capitalista como condición de su razón de ser. El horizonte de su aparición posibilita un conocimiento acotado a ese tiempo pero, al mismo tiempo, delimita el ámbito de su posibilidad de comprensión,.
Como toda reflexión sobre la actividad humana, es siempre un saber de la ya acontecido. Se le puede aplicar lo que Hegel decía de la filosofía que era “como el ave de Minerva que remonta su vuelo al atardecer”, es decir puede hablar de lo que ya pasó nunca está en capacidad de dar cuenta de las nuevas situaciones. Si esta ciencia estuviera en condiciones de conocer el futuro los miembros de esa cofradía serían todos millonarios. Pueden acertar las carreras del domingo con el diario del lunes. Lo que estamos viendo es que leen periódicos de más de un siglo atrás.

Ventajas de la ignorancia

He estado dándole vueltas al problema de la economía por razones que están lejos de ser inquietudes académicas. Como se ha dicho algunas veces, Argentina es una excepción a las reglas de la economía. Varias décadas atrás nada menos que el Nobel de economía Paul Samuelson escribía en su famoso manual las categorías en que podían clasificarse los países. El nuestro quedaba fuera de competencia. El tema es saber si esto es bueno o es malo. Como los economistas tienden a resolver todo metiendo cada caso en una de las categorías, se parecen a los médicos con las enfermedades. Creen resolver de este modo cualquier dificultad que pueda presentárseles. Cuando la realidad no se aviene a tal metodología, pues “peor para ella”, algo está mal en ella. Equivale a decir que el manual es el “cristal” a través del cual se estudia la realidad.
Pero, he aquí la “madre” del problema: la realidad social se presenta con particularidades culturales, políticas, económicas, propias de cada pueblo (perdón por el arcaísmo) que se impone como una verdad irreductible a la abstracción teórica simplista. No es la realidad la que se debe adaptar al concepto, sino todo lo contrario. Esto me lleva a afirmar la mayor de las “herejías” científicas: es necesario desarrollar ciencias nacionales, es decir que partan de la realidad única e irrepetible que es cada pueblo y, a partir de allí, intentar llegar a conclusiones generales.
Me tranquiliza el saber que una brillante economista inglesa Joan Robinson se preguntaba “si lo que la economía estudia y afirma sirve para otra sociedad que no sea la de los países altamente desarrollados”. Es decir que ella pensaba que lo que servía a su país podía no ser útil para otro. La economía que se estudia en nuestras universidades está hecha “a imagen y semejanza” de los centros imperiales. ¿Es demasiada agudeza suponer que, por lo tanto, deben estar al servicio de sus intereses? Puedo decir esto porque también expresó, en otra oportunidad, que la economía “ha sido siempre, en parte, vehículo para la ideología dominante en cada período”. El pecado de pretender ser ciencia, como lo es su modelo paradigmático, la física, la empuja a pensar en términos de un universalismo abstracto, a lo que se le suma poder ser así un instrumento de dominación económica.
Afortunadamente, la historia no es estudiada en esos mismo términos, de haber sido así tendríamos sólo una historia universal que se repetiría como un calco en todos los pueblos. Como esto sería demasiado evidente no se ha operado así, aunque esto no impide que la historia también esté contada desde la mirada de los centros del poder, es decir, los vencedores. La “liberación”, mentada en el marco de la cultura occidental desde el Génesis hasta nuestra versión amerindia, no debería dejar de lado la “liberación científica e ideológica”, que debería producirse en la cabeza de muchos de nuestros intelectuales, investigadores y científicos.
Sólo desde la ignorancia del saber “dominante”, respetando aquel comienzo de la sabiduría: “sólo sé que nada sé”, es decir el principio de la sencillez, creo que es posible retomar el camino de un pensar liberador.

Mi insistencia en la ignorancia

Para continuar con mi confesión, que no habla bien de mí, debo seguir afirmando que hablo de lo que no sé. Esta afirmación, en sí misma infamante, me desprestigia pero al mismo tiempo me libera de decir cosas inteligentes. La confesión me coloca en estado de impunidad intelectual. Y como de economía estamos hablando voy a aprovechar un privilegio muy común en ciertos estratos de nuestra sociedad: los inimputables. Habiendo asumido esta condición puedo seguir avanzando con tranquilidad de conciencia, la misma tranquilidad que exhiben aquellos que no han ahorrado esfuerzos en hacer las peores trapisondas.
Bien, como dijo Clinton: “Se trata de economía, estúpido”. Pero como pretendo estar atento a lo que dicen los especialistas y sus asesorados debiera modificar ligeramente la frase clintoniana: “Se trata de economía, hipócritas”. Y si me atrevo a hacer esta acusación pública es porque me baso en lo que dice el economista Alfredo Zaiat: “La hipocresía del discurso del poder económico es uno de sus rasgos característicos, pero en Argentina asume una particularidad que no deja de llamar la atención. Con la cuestión de los precios se parece al zorro que está cómodo en medio del gallinero pidiendo protección para la granja mientras se va comiendo a los pollitos” (Página 12, 21-10-07).
Esto viene a cuento por el debate acerca de la supuesta explosión inflacionaria que se está produciendo en nuestro país y que tan preocupados tiene a nuestros dirigentes. Partiendo de lo que leí alguna vez en un manualcito de economía, cuando estaba intentado entender algo de esta materia, la ley de la oferta y la demanda es la reina del mercado. Bajo su imperio el precio es inversamente proporcional a la oferta, o dicho de otro modo es directamente proporcional a la demanda. Por lo que podemos concluir que hay dos modos de resolver el aumento de precios: se aumenta la oferta o se achica la demanda. La primera condición depende de los productores, producir más, la segunda (¡que casualidad!) también de ellos, puesto que si congelan los aumentos de sueldos baja la capacidad adquisitiva y disminuye la demanda.
Ya estoy oyendo a algún especialista que está diciendo ¡qué bruto! Debo recordarle que ya me declaré en ese estado, y es precisamente esa condición la que me permite estar diciendo barbaridades, ya que sólo un bárbaro puede ser tan ignorante. Bárbaro es todo aquel que está fuera del ámbito de los cultos, es decir los especialistas. Pues bien desde esa situación pregunto: ¿aumentar la producción exige mayor inversión? ¿se puede acusar a los consumidores de no invertir más?, entonces ¿quiénes deben invertir, los mismos que se quejan de que no hay inversión? Si no son los productores/inversores los que lo deben hacer no puedo explicarme cómo se sale de este problema.
Aparecen, ahora, las razones de las dificultades para invertir: la inseguridad jurídica, la desconfianza en las reglas que no son estables, la presión de los costos, etc. De todo ello saco como conclusión, y los lectores perdonarán la barbaridad, que los compradores extranjeros de las grandes empresas, que siguen llevándose las estrellas productivas de nuestra industria, son más brutos que yo en materia económica: no se dan cuenta del pésimo negocio que están haciendo. Esto me deja tranquilo, somos muchos los brutos ignorantes.

La opción por la ignorancia

La ciencia que se fue encargando de estudiar los fenómenos económicos se fue convirtiendo, con el paso del tiempo en estos dos últimos siglos, en un problema semejante al de la física cuántica. Uno intenta leer y comprender pero es una tarea penosísima. En algún momento se me ocurrió estudiar economía para tener una visión más clara de esta fundamental problemática. Pero desistí, tal vez por incapacidad, por falta de volunta, etc., pero yo me dije que lo hice por “salud espiritual”. Aunque esa respuesta no haya sido muy clara, ni para mí, la acepté como buena. Entonces, me declaré ignorante, por las ventajas que otorga poder preguntar todo, aún lo más trivial y obvio, debiendo soportar la mirada superior de los especialistas. Ellos, con un lenguaje cargado de anglicismos, pueden responder con suficiencia.
Como la ignorancia otorga impunidad permite volver los intrincados problemas a su status más simple, al nivel de la discusión de la feria. Todos sabemos que estamos ante un proceso inflacionario. Según entiendo, esto se puede definir como un aumento de precios de los bienes que el ciudadano de a pie compra cotidianamente. Digo esto porque la propiedad inmobiliaria ha aumentado significativamente en los últimos años pero nunca apareció en los grandes titulares con caracteres de catástrofe, sin embargo el tomate si logró ese notable triunfo.
Ahora bien, por qué aumentan los precios. La pregunta nos remitiría a los que fijan los precios, es decir a los grandes productores o distribuidores. Por lo tanto, si algunos de los actores del mercado no deberían quejarse éstos serían los empresarios de esos rubros. Sin embargo, si leemos o escuchamos sus declaraciones (hechas por ellos o por los economistas que hablan en su nombre) nos enteramos de las preocupaciones que ellos tienen sobre este problema. Preocupaciones que les presentan a todos los candidatos que se reúnen con ellos. Éstos, como están en campaña, repiten esas preocupaciones textualmente. Lo insólito es que algunos funcionarios oficiales se dejan arrastrar por esta corriente y hablan desde los mismos problemas.
Por lo que todo el tema de los empresarios gira alrededor del aumento de costos de su producción, lo cual los obliga a aumentar sus precios. El sentido común, arma a la que apela la ignorancia, diría que entonces ellos están disgustos a reconocer que esos aumentos deben ser trasladados a los salarios. Perdón, una vez más mi ignorancia. Esto no se puede hacer porque aumentaría la inflación, ya nos lo explicó un economista serio como es el Dr. Lavagna.
Ahora bien, si el aumento de los insumos es el determinante del aumento de precios, la energía y demás servicios, en caso de aumentar agravarían la situación. Nuevamente la ignorancia mía. No puedo explicarme cómo los empresarios y sus asesores aconsejan el aumento de las tarifas de los servicios públicos.

Pensando hacia adelante

Estamos muy cerca de la definición electoral y, aunque todo pareciera decir que la “elección” ya está hecha, no debemos quedarnos con la mente en octubre y pensar qué deberíamos exigirle al próximo gobierno dado las materias que estamos lejos por debajo de cuatro, es decir no aprobadas. Y el uso de la primera persona del plural intenta introducirnos en un pensamiento de tipo comunitario, que nos incluya a todos y nos permita asumir la cuota de culpas, irresponsabilidades, desidias, desentendimientos, en la que hemos caído como comunidad nacional. Continuar depositando en los dirigentes las falencias que asolan a nuestra Argentina es, por lo menos, caer en un autismo político que es una parte importante de las causas que nos ha depositado en este presente.
Nuestra realidad de hoy, aunque es conocida por todos, requiere de un recordatorio de temas fundamentales. Creo que en primer lugar debe colocarse la miseria reinante para una parte nada despreciable de nuestra población, y aquí despreciable tiene varias acepciones. Si bien se puede decir que no es despreciable en cantidad, lo es también por el desentendimiento que de ella hacemos. Hay datos que lo demuestran: la colecta “más x menos” de Caritas cada año recibe menos aportes en un país que ha mejorado notablemente su promedio de ingresos. Si bien es cierto que el promedio siempre engaña respecto de su distribución, por lo menos aquellos que más han recibido no lo reflejan en lo que aportan. El consumo ostentoso, el aumento del turismo interno, la facturación de los grandes centros comerciales, son un indicativo de que un sector de la población, aunque no sea importante si lo es el nivel de sus gastos, dispone de un plus que lo dedica a sí mismo. No estoy hablando de privarse de todo, simplemente recordar que hay otro sector que no recibe nada.
Esto está ligado directamente a cómo percibe la situación ese sector privilegiado cuando refleja su modo de entender el problema son su voto. Si dirigentes que exponen el tema de la seguridad sosteniendo que se resuelve con la policía recogen una cantidad importantes de votos queda claro que para aquellos el problema les es ajeno. No relacionan miseria con delito. Olvidan que la fiesta de los noventa fue para algunos mientras otros perdían sus puestos por fábricas cerradas. Cuando hoy comienza a verse que estamos frente a la tercera generación de niños que no vieron trabajar a sus padres ni a sus abuelos y que el trabajo perdió el carácter de dignificador de la persona, acusar a aquellos que caen en la delincuencia es, en el mejor de los casos, una liviandad.
Entonces, creo que la Argentina del 2008 en adelante debe ser pensada como un problema de todos, superando las parcialidades políticas pero acordando prioridades comunes, encontrando o construyendo espacios de debate político que nos permita hablar y escucharnos a todos a partir del compromiso de pensar para todos, incluyendo pensar en aquellos que perdieron la posibilidad y la voluntad de hacer oír sus reclamos. El futuro es el resultado del esfuerzo compartido o es el fracaso de todos como Nación. Debiendo recordar que este mundo globalizado ya no es el receptor de los emigrantes, sino, por el contrario es el expulsador de aquellos que intentan resolver su futuro en el extranjero.

Las derechas y las izquierdas

Es necesario detenernos a pensar el contenido de las palabras que utilizamos en nuestra habla cotidiana. Prestando una atención especial en las que hacen referencia al quehacer político. Las palabras en las que me voy a detener en esta nota son dos: derecha e izquierda. Debemos señalar que la palabra derecha está asociada a lo correcto, a lo bien recibido, a lo que se debe acordar. De allí la expresión “hay que darle la derecha” queriendo significar que se le otorga razón o veracidad a lo afirmado; o “hay que andar por la derecha” lo que indica estar en lo correcto o por el buen camino. Por el contrario, la palabra izquierda parece referirse a lo opuesto. Alguien que no se comporta como es esperable “ha tomado por la izquierda”; el que compra ilegalmente lo hace “por izquierda”, o el que “trucha” una firma se dice que “firmó con la izquierda”, entonces queda asociada a lo falso. Si recordamos el idioma del Dante aparece la siniestra, de la que deriva lo siniestro y estamos ya en lo repudiable.
Por lo que vemos cada una de estas palabras contienen valores opuestos que definen lo que está bien o lo que está mal. Podríamos decir que se reservan para sí un valor moral sobre el bien y el mal. Se podría conjeturar que, si la mayoría de los humanos tienden a utilizar su mano derecha como la más hábil, y algo parecido sucedería con las regiones del cerebro, la izquierda sería menos hábil, es decir menos útil, lo que equivaldría a decir que quien no usa la derecha algo tiene que no anda bien. Dicho esto con todo respeto por los zurdos, me refiero a los que utilizan la mano o el pie izquierdo. Aunque, pensándolo un poco, se ha hecho famoso y muy respetable en fútbol el puesto de “el diez” que está colocado a la izquierda del ataque y por lo tanto debe ser ocupado por un zurdo. Y me viene a la memoria que Vilas era zurdo, que el pibe Messi también lo es, etc. Bueno serán excepciones que no atentan contra la sabiduría de la norma. Pero en el box los zurdos son los más peligrosos porque alteran la técnica de la defensa al pararse al revés de lo que “corresponde”. ¿Será de allí que viene el cuidado que hay que tener con los que cultivan la izquierda? Ya me desvié de lo que quería tratar.
El tema es la política. Hablar en política de las derechas y las izquierdas es una herencia de la Convención de la Asamblea francesa en la que ubicando a la presidencia en el centro del salón se sentaron a cada lado de ella unos y otros. Dándose la particularidad de que los “revoltosos” estaban a la izquierda y la “gente razonable” estaba a la derecha. Precisamente éstos eran los que se oponían a seguir cambiando el mundo porque lo fundamental ya se había logrado. La burguesía había desalojado del poder a la monarquía que era lo que se habían propuesto. Lo demás no era necesario: los derechos de la “gente de bien” ya se habían conseguido, pero la “chusma” pretendía más. Es decir, la misma historia de siempre.
Creo que, ahora que hemos podido desentrañar el más oculto misterio de porque unos son buenos y los otros son malos, es mucho más fácil entender la política en este mundo. Todo lo que está a la izquierda debe ser rechazado, salvo los que están en el centro-izquierda (debiéndose descifrar cuánto de centro y cuánto de izquierda tienen). Está también el centro-derecha (acá me parece más fácil saberlo, porque siendo la derecha lo correcto en todo caso sería lo casi correcto, que no está mal). Nos queda la derecha que no parece presentar problema alguno para definirla: debe ser mala porque nadie es de derecha. Por último, el centro que me cuesta pensarlo porque el centro debe ser el punto medio. Aristóteles lo definía como el ideal, claro que él no tuvo que pensar la política como nosotros, le tocó un momento más sencillo. Antes los esclavos eran esclavos y se terminó. Hoy todos creen que tienen derechos y es esto lo que complica las definiciones.
Si ser de izquierda se caracteriza por las demandas vociferadas y ser de derecha por el discurso razonable se podría resolver sin muchas dificultades el tema: con hablar bajo y pausado se adquiriría el derecho a la verdad. Sin embargo, parece que esto no alcanza para remediar la situación. Si tuviéramos una derecha vociferante, como había en otros tiempos, resolveríamos el asunto despreciando los extremos. Esto nos dejaría un espectro menos amplio que iría desde el centro-izquierda al centro-derecha, con lo cual los matices nos obligarían a hacer un análisis mucho más fino de las diferencias entre unos y otros. Puesto que de no hacerlo nos parecería que todos son lo mismo y dicen cosas semejantes.
Creo estar arribando a un pensamiento más sereno. Si la dificultad del análisis radica en lo fino de los matices el problema no radica en los políticos sino en un público que no es capaz de percibirlos con nitidez. Pero como es muy difícil asumir la culpa lo más sencillo es acusar a los otros y quedarnos en paz. No son los políticos los que no presentan un discurso comprensible y coherente, es la gente que no está en condiciones de entender lo expuesto. Por ello he oído a muchos políticos quejarse de la ignorancia de la gente cuando expone lo mejor para la sociedad y ésta no lo acompaña en sus propuestas. Cuando tengamos un público preparado nuestros políticos podrán resolvernos los problemas. Mientras tanto no nos quejemos, la culpa es nuestra.

El tomate periodístico

La vorágine informativa nos arrastra a someternos a la lógica del periodismo. Debe entenderse por periodismo eso que se hace hoy en los medios masivos, muy lejos de lo que hayan sido en otros tiempos las plumas que se podían leer en los periódicos como, por ejemplo, Ortega y Gasset escribiendo en La Nación. Pero dejémonos de nostalgias. Sin embargo, esta sensación deprimente que le ataca a uno cuando abre un periódico, escucha la radio o ve televisión no es algo que sólo me pase a mí. Por ello me sentí mejor cuando leí las palabras que Ignacio Ramonet dijo, hace pocos días, en la clausura de la Bienal Iberoamericana de Comunicación en Córdoba (Argentina). Después de detallar el estado actual de los medios masivos y las consecuencias que ello tiene en la conformación de la “opinión pública” (sobre ello hablaré en otra nota) nos alentó a seguir teniendo esperanzas porque el público comienza a darse cuenta de sus juegos. Según este profesor de la Sorbona de París ha comenzado a generarse un gran descrédito de “las verdades” de estos medios.
Dijo entonces: “En la mayoría de los países – no sé si es el caso en Argentina- se han desarrollado ediciones cómicas que tienen vocación por hacer reír en los que los tema es el telediario, y los periodistas son los personajes más payasos de la sociedad”. A partir de allí dio unos cuantos ejemplos acerca de cómo funciona el humor como modo de expresar el descreimiento sobre algún tema. Sostuvo que cuando se toman satíricamente las afirmaciones que circulan en la información pública esto indica que el gran público ya no cree en ella. Bien, esto abre un ámbito de espera para ver estas manifestaciones en nuestro país.
Como cierre de sus palabras exhortó a que deberíamos iniciar un nuevo camino para que circule la información y que ésta sea creíble: “Hay que desarrollar la comunicación comunitaria, hay que crear una nueva generación de periodistas –no estar condenados a hacer lo mismo que sus predecesores- porque el mundo mediático está viviendo una revolución radical y esa nueva generación debe utilizar Internet con sentido de la creatividad, con sentido de la imaginación para inventar el periodismo de nuestro tiempo. Una información mejor es posible y entre todos lo vamos a lograr”.
Todo esto viene a cuento de los dolores de cabeza que les estamos dando al tomate. Nunca este pobre fruto se ha sentido más vapuleado, más desprestigiado, más insultado, que en estos días. Pero me he encontrado con un comentario radial en el que uno de los periodistas de la mesa le propuso a sus compañeros que trataran de adivinar de cuándo era la noticia que les iba a leer. Esta noticia hablaba de una suba del tomate del 360% debido a dificultades climáticas en la zona. Ninguno pudo acertar con la respuesta. Entonces, el que proponía el acertijo informó: apareció en diario Los Andes de Mendoza en noviembre del 2006. Para completar el juego les pidió a sus compañeros que buscaran en Internet los diarios y revistas de aquella época y se fijaran si alguno de ellos había hecho algún comentario en lugar destacado de semejante aumento.
Ahora bien, un alimento que puede ser sustituido por otros, que hasta no hace tanto tiempo era un fruto estacional que se consumía en período muy corto del año, ¿a qué se debe que se haya convertido en noticia relevante de todos los medios? Noticia que dentro de unos pocos días desaparecerá. No quiero avanzar con conjeturas, se las dejo al amable lector.