78- ¿Salud pública o negocio? Una historia repetida que puede iluminar este presente

Por Ricardo Vicente López

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Parte II

La importancia de lo que expone la Doctora Forcades i Vila, quien dedica su vida al servicio de la comunidad, nos alienta a avanzar sobre la denuncia de su trabajo de investigación. Un año después de lo relatado anteriormente[1]: se apoya en un artículo de la revista especializada (JAMA)[2], titulado Disfunción sexual en EE.UU.: prevalencia y variables predictivas. En él se afirmaba con seriedad científica que un 43% de la población femenina sufre la “nueva enfermedad” que se define, de acuerdo a lo que ya se ha mencionado antes:

Los pasos seguidos para identificar a la “población enferma” fueron los siguientes: 1) se elaboró una lista de siete “problemas” considerados cada uno de ellos de suficiente peso como para justificar el diagnóstico de la nueva enfermedad: 1) si una mujer los había presentado durante dos o más meses en el último año; 2) se pasó el cuestionario a una muestra de 1.500 mujeres; 3) se evaluaron los resultados de forma que responder “Sí” a uno solo de los ítems se consideró criterio suficiente para identificar la enfermedad.

Queda claro que la manipulación en el manejo de las preguntas y las respuestas conseguía que la investigación demostrara, precisamente, lo que se estaba buscando. Comenta nuestra autora que de este modo todas las mujeres que no habían sentido el deseo sexual durante dos meses o más, cualquiera fuera la causa de ello, quedaban encuadradas dentro de la definición de la enfermedad:

Independientemente de si estaban de luto por la muerte de un ser querido, preocupadas por falta o por exceso de trabajo, atrapadas en una relación insatisfactoria o gozando de una etapa de plenitud interior, todas ellas eran consideradas enfermas. Dos de los tres autores del citado artículo tienen vínculos económicos con laboratorios farmacéuticos.

Continúa afirmando:

El mismo año, 1999, tuvo lugar un tercer encuentro sobre el mismo tema organizado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston, promovido y financiado por 16 compañías farmacéuticas. El 50% de los asistentes admitieron tener intereses en la industria farmacéutica. Del encuentro surgió el Forum para la Función Sexual Femenina, que celebró dos conferencias más en los años 2000 y 2001 en Boston gracias a la financiación de 20 compañías lideradas por Pfizer.

En 2003 todas estas maniobras fueron denunciadas por Ray Moynihan[3] en una de las revistas médicas de mayor prestigio, el British Medical Journal. Los editores de la revista recibieron 70 respuestas con relación a ese artículo y dos tercios de las respuestas fueron en apoyo de Moynihan, éstas recogían la indignación de los médicos ante esas maniobras comerciales.

En diciembre de 2004, la agencia reguladora de los medicamentos en EE.UU. impidió que se comercializara el primer medicamento destinado a sanar la “disfunción sexual femenina” denunciando:

«Los responsables de los estudios clínicos –todos ellos financiados y supervisados por Proctor y Gamble (laboratorios)- habían presentado sus resultados de forma sesgada, de modo que lo que se anunciaban como beneficios claros eran resultados dudosos que podían con mayor probabilidad producir efectos secundarios peligrosos −cáncer de pecho y enfermedades cardiacas−».

La doctora Forcades i Vila concluye esta parte afirmando:

La disfunción sexual femenina (como cualquier otra enfermedad) tiene que ser estudiada en función de los intereses médicos de las mujeres afectadas y no en función de los intereses económicos. Yo comenté con algunos médicos esto y me contestaron que no era novedad, que cualquier profesional con años de práctica había ya visto muchas cosas como estas. Todo esto le permite afirmar: «Si los médicos no colaborásemos con los abusos de las compañías farmacéuticas, esos abusos no acontecerían». La connivencia de cierto sector de la profesión médica con las prácticas comerciales de los laboratorios internacionales posibilita el ocultamiento de este tipo de maniobras. Al utilizar los medicamentos con el mismo criterio con que se maneja cualquier otro tipo de mercancía, éstos no se distinguen del manejo comercial en general. De este modo los medicamentos se convierten en el mercado en un objetivo comercial sin más.

Las maniobras comentadas dan una idea de la cantidad de dinero que se mueve en este tipo de negocios y la disposición de tantas personas que lucran dentro de esa ilegalidad en perjuicio del público. La Doctora nos comenta al respecto:

El extraordinario incremento de poder político y económico de las grandes compañías farmacéuticas estadounidenses se inició con la ley de extensión de patentes (Ley Hatch-Waxman) que la mayoría republicana de la era Reagan aprobó en 1984, y se consolidó con la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1994, destinada a asegurar que la globalización no atentara contra los intereses del gran Capital. Los márgenes brutos de los laboratorios son del 70 al 90% y su tasa de ganancias es la más elevada de todas. Según la revista Fortune fue del 18,6% el año 2000 versus el 15,8% de los bancos comerciales. La tasa de ganancias del laboratorio Pfizer, la mayor compañía farmacéutica, fue en el año 2004 del 22% del total de las ventas 53 billones de dólares.

Es difícil pensar que la industria farmacéutica fuera algo parecido a una organización para la beneficencia. Los pacientes deben ser conscientes de todo ello. Esta permitiría trabajar en la formación de una alianza médico-paciente que posibilitaría un mejor cuidado de la salud social.


[1] La primera parte de este informe se publicó en esta página

[2] JAMA es la sigla de Journal of the American Medical Association (Revista de la Asociación Médica Estadounidense), su nombre oficial, es la de más amplia difusión en el mundo. Se publica semanalmente, 48 veces al año, siendo la revista médica de más amplia difusión en el mundo.

[3] Multi-galardonado investigador australiano, periodista y documentalista especializado en salud. Trabaja como investigador en la Australian Broadcasting Corporation, y en el Australian Financial Review;  actualmente es editor del British Medical Journal.