La ignorancia sobre la Nación – II

Avanzando en la lectura, encontré en Fichte otras semejanzas con nuestra historia, dignas de ser mencionadas. Ese “hundimiento paulatino” que él observa en aquella Alemania no es muy diferente al de nuestras últimas décadas. Alemania venía de una etapa en que la comunidad había logrado grandes progresos, según él: «Para sí mismos necesitaban poco, para empresas comunes efectuaban ingentes gastos. Raras veces sobresale y se distingue aisladamente un nombre; todos mostraban el mismo sentido y entrega a la comunidad». Aun aceptando que haya una gran dosis de idealización en la descripción de ese pasado, debemos rescatar de esa historia el sentimiento colectivo de comunidad, identificada con una patria, que empujaba al emprendimiento de grandes realizaciones en pos de un destino común.
Todavía en aquella Alemania no había penetrado la idea del individualismo burgués de cuño anglosajón. Por ello Fichte exhorta al cuidado y protección del mercado interno, que no es sólo un objetivo económico, es fundamentalmente la preservación de la cultura nacional sostenida por su base de pueblo, como él defiende. Advirtiendo que: «Ciertamente entre nosotros hubo pensadores de segunda fila y faltos de originalidad que imitaron doctrinas del extranjero –mejor la del extranjero, según parece, que la de sus compatriotas- tan fácil de conseguir, pues lo primero les parecía más selecto; estos pensadores intentaron convencerse a sí mismos de ello en la medida de lo posible. Pero allí donde se movía el espíritu alemán de manera autónoma, surgió la tarea de buscar crear una filosofía propia, convirtiendo, como debía ser, el pensamiento libre en fuente de verdad independiente».
Pareciera que este filósofo alemán nos habla a través de los siglos de lo que nos ha ocurrido a nosotros. No deja de sorprender cuántas semejanzas, a pesar de la distancia en tiempo y geografía. Pensadores (¡!¿?) de “segunda fila” abundan por estas tierras y “faltos de originalidad” absorben extasiados doctrinas extrañas a nuestra idiosincrasia, pero muy afines con los propósitos de los “dueños del mundo”, muchas veces ocultos a su ignorancia. La importación de ideas ha sido una de las tareas más fructíferas en los medios intelectuales. Citar lo último que se escribió o dijo en cualquier lugar de los países centrales, importando muy poco la calidad de lo afirmado, da patente de persona culta y bien informada (¿o deformada?).
Podríamos parafrasear diciendo: “pero allí donde se movió el espíritu indoamericano de manera autónoma, surgió la tarea de crear la filosofía de la liberación, convirtiéndose en un pensamiento libre, fuente de verdad independiente”. Y diagnostica nuestro autor: «Mientras no volvamos a producir nada digno de tenerse en cuenta, entre los medios concretos y específicos para elevar al espíritu alemán, uno muy eficaz sería disponer de una historia fascinante de los alemanes de esa época que fuese libro nacional y popular… Sólo que una historia así no tendría que narrar los acontecimientos a modo de crónica, sino que tendría que meternos dentro de la vida de aquella época impresionándonos profundamente… y esto, no mediante invenciones infantiles, como tantas novelas históricas han hecho, sino mediante la verdad; de su vida deberían dejarnos entrever los hechos y acontecimientos como testimonio de la misma».
Nos está hablando de nuestra “historia oficial” y de la necesidad de reescribir la “historia de nuestra patria y la de nuestro continente”, para reencontrarnos con un pasado que nos devuelva la dignidad de ser lo que prometíamos ser. En esa senda descubriremos nuestra originalidad como pueblo que nos devolverá nuestra identidad y nuestra autoestima.

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