Juventud, divino tesoro

Estas últimas décadas han colocado como problema a un conjunto de seres humanos dentro de la categoría de jóvenes. La primera definición que se nos presenta es: son aquellos que tienen entre 15 y 25 años. Sin olvidar que estos límites han pasado a ser sumamente flexibles en ambos extremos, sobre todo en estos tiempos en que ser joven (o parecerlo) se ha convertido en un valor en sí mismo. Tenga la amplitud que quiera dársele a esta categoría, todo lo que incluye ha pasado a ser un serio tema que insume horas de charlas, lecturas y reflexiones sobre él. Estas líneas intentan ser un posible modo de encuadrar este tema para que nos permita avanzar y esclarecernos sobre él. Un poco de historia.
Para no ir tan atrás, desde comienzos hasta mediados del siglo XX, ser joven era ser portador de unas carencias que no permitían ingresar a la categoría de adulto. Dado que ésta era la portadora de una libertad a la que no era posible acceder hasta madurar, ser adulto, estatus respetable y deseable en aquella época. La cultura determinaba con toda claridad las exigencias que se le imponían al joven para pasar de una a la otra condición, pero creo que podría centrarse en una cualidad: ser responsable. Los símbolos exteriores que denotaban su ingreso estaban, en parte, representados por el uso de pantalón largo en los varones, junto a la posibilidad del bigote y el sombrero. Para las damas el uso del taco alto y el maquillaje. Esto dicho en términos muy esquemáticos.
La posguerra desató un vendaval de cambios que comenzaron a irrumpir en los cincuenta y se desataron con más virulencia en los sesenta. La presentación en sociedad de los jóvenes nacidos después de la II Guerra Mundial no presentó una dificultad en sí misma, pero éstos se sintieron con mayor libertad para expresar muchas cosas sabidas pero ocultas sobre las insatisfacciones de la sociedad moderna. Éstas podían ser expresadas como las promesas incumplidas que se postergaban siempre para un mañana, el monopolio de la verdad en poder de los mayores, la subordinación de la mujer al hombre, valores morales que no eran más que mero formalismos, etc. Se fue asumiendo un modo un tanto desfachatado de mostrar sus verdades, muchas veces con el simple propósito de escandalizar. No por ello dejaban de poner frente a la cultura tradicional temas que debían ser asumidos para un debate necesario.
La necesidad de ese debate era dejada de lado, o postergada, bajo el pretexto del rechazo a las formas que adquirían desvalorizando el contenido de las protestas. Debemos plantearnos, al decir del profesor Joseph M. Lozano: “Resulta, pues, decisivo no caer en la trampa de hablar de temas como «el problema juvenil»; sino afrontar los hipotéticos problemas que (se supone que) plantean los jóvenes. Problemas que son reflejo –a veces espejo, a veces retrato, a menudo caricatura – de problemas que comparten con otras generaciones… y, también, como problemas de algunas instituciones para con los jóvenes”. Debemos detenernos a reflexionar si es que existe realmente el problema joven o si, en cambio, éste no está encubriendo un problema mucho más general y abarcador de la cultura moderna, en épocas de agotamiento de un modo de pensar y vivir. (Sigue)

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