Las palabras y los hechos

Los economistas hacen gala de una gran inventiva cuando cincelan nuevos conceptos para poder dar cuenta, según ellos, de las nuevas realidades. Los manuales nos enseñaban, décadas atrás, que el crecimiento económico que daba lugar a una suba de la demanda podía provocar un alza de los precios. Cuando éstos se descontrolaban se decía entonces que había inflación. De manera tal que estos dos conceptos crecimiento económico e inflación formaban una especie de dupla por la cual ante la aparición de uno debía rastrearse la posibilidad del otro. Esto posibilitaba las explicaciones, generalmente post factum, de los fenómenos económicos.
Tiempo después se observa que era posible que se dieran procesos inflacionarios en momentos de recesión económica lo que alteraba la sabiduría de la academia. Fue entonces que se comenzó a hablar de la estanflación (stagflaction). Jobless Recovery la define “como una situación en la que coinciden elementos aparentemente antagónicos: una desaceleración económica, o recesión, y un aumento de los precios, o inflación”. Este concepto permitió la explicación de nuevas situaciones de mercado no previstas dentro de la terminología en uso. Nada tiene de reprochable la creación de nuevos conceptos, es una metodología en uso en todas las ciencias. Siempre que estos conceptos, que se acuñan con un propósito específico, no adquieran patente universal y su uso se haga extensivo para dar explicación a una gama mucho mayor de hechos. Cuando estas cosas suceden, y no son excepcionales, se diluye la capacidad explicativa del concepto para convertirse en un lecho de Procusto, en el cual se corta lo que sobra y se agrega (estira) lo que falta.
Estas reflexiones encuentran cierta justificación ante la aparición de un nuevo concepto económico: la aginflación, es decir la inflación producida por el incremento de los productos del agro. No está mal y si responde a fenómenos reales comprobables, circunscriptos a una cierta serie de variables medibles y analizables, tendremos un enriquecimiento del lenguaje científico. Pasos como estos van posibilitando una inteligencia cada vez mayor de los fenómenos de nuestro tiempo.
“En las últimas semanas hemos dado cuenta de los más importantes indicadores económicos a la hora de reflejar el pesimismo reinante a la hora de interpretar los datos del Producto Interno Bruto (PIB). Ahí están las encuestas sobre la confianza del consumidor, la actividad manufacturera o el desplome en las ventas de casas. Hoy se destaca el alza de la inflación; ahí tiene usted, por ejemplo, el 1% de incremento en el precio de las computadoras, uno de los productos que hasta la fecha han dado la impresión de ir costando menos cada día a medida que aumenta su poder de computación. Pero no sólo son las computadoras las víctimas de la inflación. También lo son la energía (20% en un año), los alimentos (5% en 12 meses), el tabaco, las materias primas, el cuidado de la salud y ¡cómo no!, el petróleo que ya esta semana rebasó la mítica barrera de cien dólares el barril”. Esto lo transcribo de una revista de negocios refiriéndose a los EE. UU. “En todas partes se cuecen haba”.
Y viene a cuento por la razón de que nuestros economistas tienen una gran dificultad para ver el bosque, porque piensan y escriben detrás de un árbol. (Tarea para el hogar: ¿cómo se llama ese árbol?) Deberíamos seguir sus consejos y acuñar un término que nos permita hacer referencia a esto con toda claridad: ¿Estupidanflación? ¿Distorsionanflación? ¿Corrupcionanflación?

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