Ni Dios nos salva

En los días que van corriendo es imposible evitar hablar de lo que está sucediendo en el mundo, en eso que se ha dado en llamar “la crisis de los mercados” o la crisis del mundo financiero”. Es notable el uso que el periodismo, en todas sus modalidades, hacen del uso del lenguaje. Si se vuelve a leer la oración anterior se debe reparar en el modo impersonal del enunciado. Hay una entidad que se llama “mercado” que no tiene nombre y apellido, es un mecanismo neutro en el que opera una “mano invisible” y cuyo resultado no es previsible. Sólo después que opera el mercado podemos saber cómo ha funcionado y cuál ha sido el resultado. Cada mañana, en estos días, nos levantamos con la noticia que nos anuncia que ninguna de las medidas que se han tomado en los diversos países ha logrado “corregir” el comportamiento de los días anteriores.
Uno se pregunta ¿cómo corregir? ¿se puede corregir lo que no es previsible y que, por lo tanto, es difícil saber cómo funciona? Entonces debemos enfrentarnos a la teología del mercado. Si, no se asuste lector, lo que está escondido detrás de la mano invisible es la “mano de Dios”, y esto por dos razones: a.- Quien habló de esta “mano” fue Adam Smith (1723-1790) que era profesor de Teología Moral en la Universidad escocesa de Glasgow, por lo tanto su preocupación respecto de la economía partía de sus reflexiones teológicas. La utilización de esa metáfora es claramente teológica; b.- La respuestas que los especialistas tienen acerca de por qué las correcciones no han logrado todavía los resultados esperados es que no se ha recuperado la “con-fianza” en los mercados, es decir una de las manifestaciones de la “fe”. Otro modo de expresarse es que no se ha recuperado la “credibilidad”, equivale a decir que si no se ha “recuperado” es porque antes la había. Se trata, entonces, de un problema de “Fe”.
De lo que se desprende es que esta “ciencia” que estudia la economía, que dice ser una de las ciencias sociales pero que argumenta sostenida por las matemáticas, en todas sus versiones, que construye estadísticas a partir de las cuales se proyectan cursos futuros posibles, las “tendencias”, resulta que se cumplen “si Dios quiere”, cuando hace funcionar su “mano invisible”.
Ahora bien. Cómo recuperar la “fe” en ese Dios si los funcionarios le mienten constantemente. Al menos eso dice ese niño terrible de la economía estadounidense que es Paul Krugman. Este brillante economista escribía hace siete meses atrás, el 18-3-08: «Muy bien, prepárense: lo impensable está a punto de ser inevitable. La semana pasada, Robert Rubin, el ex secretario del Tesoro, y John Lipsky, alto funcionario del Fondo Monetario Internacional, sugirieron que quizá haga falta recurrir al dinero público para rescatar el sistema financiero estadounidense. Lipsky insistió en que no estaba hablando de una operación de rescate: pero la verdad es que sí. Es cierto que Henry Paulson, el actual secretario del Tesoro, sigue diciendo que cualquier propuesta de utilizar el dinero de los contribuyentes para ayudar a resolver la crisis no tiene «la más mínima posibilidad». Pero es una afirmación tan creíble como todos sus pronunciamientos anteriores sobre la situación financiera». (subrayados míos)
La afirmación del funcionario no es correcta, ni acertada, ni factible, es simplemente poco “creíble”, no se le puede creer. Si no se le puede creer al funcionario es porque está sospechado de mentir y queda claro que Dios no ayuda a los mentirosos. Por otra parte, los señores financistas no son muy dados a las experiencias religiosas (digo yo maliciosamente) y no creo que se pueda esperar la ayuda de Dios, por ser pecadores (perdonen mis prejuicios). En definitiva estamos en un verdadero atolladero del que ni siquiera Dios nos puede ayudar, según parece.

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