Miremos hacia adentro XV – La dimensión nacional

No quisiera que se malinterpretaran mis palabras. Podrían haber dejado la impresión que todo aquel que defiende las ideas de la ortodoxia liberal es un mercenario a sueldo de los poderes internacionales. Que estos existen no debe quedar la menor duda, la historia está llena de ejemplos y entre nosotros no escasean. Son lo que son y no merece detenerse a hablar de ellos. Los que deben preocupar son aquellos que actúan bajo la convicción de sus ideas. Esto puede sonar a nazismo, no, permítanme explicar. Las convicciones fuertes son los motores que mueven la historia. Pero, el problema se presenta cuando éstas están sostenidas por ideas erróneas que han sido presentadas de modo tal de ser fácilmente digeribles por porciones importantes de gente. Para ello llevamos ya décadas de estudios especializados en manejo de la opinión pública, que ha derivado en la “ciencia” del marketing y en la publicidad motivacional. Las universidades norteamericanas están repletas de especialistas en estas disciplinas y cuentan hoy con un aparato propagandístico descomunal a su servicio. Bruno Lima Rocha, politólogo y docente universitario, lo plantea de este modo:
«Durante la mayor parte de la década de los ’90 del siglo pasado, el llamado pensamiento único neoliberal consiguió hegemonizar las formas de raciocinio analítico del gran público, a partir de algunas técnicas discursivas. Una de ellas fue la de ocultar las premisas en las que se basaba este razonamiento y “naturalizar” su propia motivación de base. Todo ello ha sido la garantía de un “elevado grado de certeza” para estas fórmulas de democracia competitiva de base económica presentada como la analogía con un sistema de capitalismo competitivo, basada en una mentira. Esta base mentirosa es la presunción de una economía de mercado que tiende al equilibrio, por la previsibilidad de la actuación de los agentes participantes en el sistema de mercado. Para fundamentar esa doctrina en la forma de “ciencia”, los fundadores y los seguidores doctrinarios del neoliberalismo se valieron de trabajos importantes en el ámbito académico». Uno de los pensadores fundadores ha sido el premio Nobel de Economía (1976) Milton Friedman (1912-2006), padre del neoliberalismo.
El economista estadounidense Mancur Olson (1932-1998) gran amigo y admirador de Friedrich August Von Hayek (1899-1992), otro de los padres del neoliberalismo, hace un elogio del uso de la fuerza como reguladora de las relaciones sociales y se expresa con estas palabras textuales (lo subrayo porque puede costar trabajo creerlo): «Aunque los miembros de un gran grupo anhelen racionalmente una maximización de su bienestar personal, ellos no actuarán para alcanzar sus objetivos comunes o grupales a menos que haya alguna coerción para forzarlos a ello, o al menos que algún incentivo aparte, diferente de la realización del objetivo común o grupal, sea ofrecido a los miembros del grupo individualmente, con la condición de que ellos ayuden con los costes o cargas envueltas en la consecución de esos objetivos grupales». Podrán preguntarse qué está diciendo, importa poco, pero eso se repetirá en muchas cátedras universitarias y así se formará el coro de los que repiten esas “verdades reveladas” con carácter de “verdades científicas”.
Vean como sigue: «Hay paradójicamente, la posibilidad lógica de que los grupos compuestos de individuos altruistas o de individuos irracionales puedan a veces actuar a favor de intereses comunes o grupales», equivale a decir se corre el riesgo de que haya gente que se preocupe por los demás. Nuestro emérito profesor nos tranquiliza: «esa posibilidad lógica generalmente no tiene la más mínima importancia práctica. Por lo tanto, la visión de costumbre de que grupos de individuos con intereses comunes tienden a promover esos intereses parece tener poco mérito, si es que tiene alguno». El supuesto que sostiene toda la teoría es que lo que abundan son los egoístas que sólo atienden a su interés personal, que vienen a ser los “normales”.
Estas “verdades” han calado muy hondo en las últimas generaciones y son repetidas con toda fidelidad por todos aquellos comunicadores que respetan los “saberes académicos” de estos profesionales, muchas veces laureados por las academias internacionales. Esto permite comprender que haya una cantidad de gente que crea sinceramente en todo ello.

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