Mirando al mundo LXVII– De qué se trata la posverdad – 19-7-17

Hemos analizado el debate televisivo entre el canciller Dante Caputo y el senador Vicente Saadi.  Debemos ahora hacer un recorrido en el tiempo para encontrar el origen de los debates televisivos. El momento que marcó el punto de inflexión en este tema, y generó un modo diferente, fue el primer debate televisivo de 1960 entre los candidatos a presidente de los EEUU John Fitzgerald Kennedy (1917-1963) y Richard Nixon (1913-1994). En ese debate se presentó un factor que inclinó la balanza hacia el lado del triunfador, Kennedy, fue la preparación previa. Ese encuentro ante las cámaras de televisión se convirtió en un documento de estudio en las carreras de Ciencia de la comunicación y Ciencias políticas, en muchas universidades del mundo.

Abrió una nueva escuela de análisis sobre la comunicación política, una nueva práctica para los debates televisivos de cierre de campaña, que fueron definiendo de allí en más las elecciones presidenciales:

Nixon no había alcanzado a comprender los cambios que se estaban produciendo por la introducción de la imagen en los canales de televisión y en los cambios necesarios del discurso político que esto imponía. Descuidó una preparación adecuada para las circunstancias que debía enfrentar. Kennedy estuvo dos semanas ensayando con asesores las características posibles del debate. En cambio Nixon llegaba al canal después de una fatigosa campaña: esa misma mañana había estado en un acto político pronunciando un discurso en Chicago. Llegó muy cansado, afiebrado y no se maquilló, su imagen transmitía agotamiento. Kennedy se presentó descansado, relajado y maquillado, con un aspecto juvenil, bronceado y deportivo, que cautivó al electorado norteamericano.

Las encuestas previas daban una clara ventaja de los votantes para Nixon, esto contribuyó a que éste descuidara la instancia de ese debate, a la que no le asignaba mayor importancia. Por falta de asesoramiento se había vestido con un traje gris que, en la pantalla, se distinguía escasamente del fondo; su imagen se diluía, aparecía pálido y sin afeitar, abatido, casi vencido. Presenciaron el debate desde sus hogares 70 millones de personas, cifra récord para la época.

Los estudios realizados algunas semanas después de las elecciones, arrojaron el siguiente resultado, altamente revelador de lo que había ocurrido:

Los votantes que habían escuchado el debate por radio habían votado mayoritariamente por Nixon, los que lo habían visto por televisión le habían dado el triunfo a Kennedy. El dato altamente significativo era el siguiente: en los inicios de la década del sesenta ya el 80% de los hogares tenían, por lo menos un televisor.

Nixon escribiría en sus memorias, tiempo después, lo siguiente:

“La conclusión más aplastante en torno a la televisión como medio político fue para mí también la más angustiante; no fue decisiva la sustancia del debate, sino el contraste desfavorable de nuestras apariencias externas”.

La respuesta, más de una década después, del presidente Ronald Reagan (1981-1989) a la pregunta de un periodista acerca de cómo un actor pudo llegar a ser presidente fue muy clara:

“¿Cómo podría haber llegado a presidente sin haber sido actor antes?”.

Reagan, en su respuesta, demostraba haber comprendido el fenómeno mediático. Debemos recordar, a partir de Reagan Presidente, la cantidad de figuras ajenas al ámbito político que se postularon como candidatos apoyadas en su imagen o popularidad. La consultora en el área de comunicación María von Harper decía:

Michael Deaver, jefe de “Imagery” de Reagan, comercializó a Reagan sirviéndose del siguiente reconocimiento: “Noté cómo la gente que dirige noticias en televisión reducía las cosas a frases cortas y acertadas… El único día que me preocupaba era el viernes… porque es un día aburrido en cuanto a noticias… porque si uno no tenía nada que ofrecer ese día, ellos encontrarían algo”. Deaver no dejaría nada librado a la casualidad. En los eventos electorales se planificaba la escena, el fondo, los colores, el enfoque de las cámaras, la música, así como el lenguaje corporal y verbal del orador como si se tratara de una función de teatro. La división de Relaciones Públicas de Reagan logró que su popularidad subiera del 50 al 60%.

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