V.- Reflexiones sobre la política – Los límites de la democracias -LU3 – 13-12-16

 Sigamos más en detalle la así llamada Primera Democracia de América, aunque este título esté en debate por varios investigadores. Para poder colocarnos en contexto transcribo un texto mío anterior:

Los puritanos que llegaron en el siglo XVII a tierras de América del Norte eran parte de una secta disidente de la Iglesia anglicana, que adoptaba formas de la moral más radicales que la de los calvinistas. El dogma central del puritanismo era la autoridad suprema de Dios interviniendo sobre los asuntos de la Tierra. Esa autoridad se expresaba en dos dogmas: el de la Predestinación y en el de la Doctrina de los Elegidos, enseñados por el teólogo francés Jean Calvino (1509-1564): sostenía que «desde el principio de la Creación Dios había predeterminado el destino de todos los humanos disponiendo quién se salvaría y quién sería condenado»; los primeros eran los elegidos.

Puede parecer, a primera vista, un aporte erudito. Sin embargo ruego que se  acepte su lectura y se preste atención a lo allí afirmado, dado que está planteado allí cuáles son las bases ideológicas sobre las cuales se construyeron los Estados Unidos; éste sería el territorio político-espiritual sobre el que se va a definir el sistema político estadounidense. Tal vez, esto suene extraño porque los manuales de Ciencias Políticas por regla general no se detienen en estos aspectos, sin los cuales no es sencillo comprender el funcionamiento de ese país: hacia adentro y hacia afuera.

Nuestra perspectiva de pensamiento, apegada y muy influenciada por la Ilustración francesa (antirreligiosa), desecha con facilidad esa dimensión. Pero en el caso del gran país del Norte es necesario integrarla para tener una aproximación más clara y detallada en el tratamiento de la problemática institucional.

Los fundadores de las Trece Colonias llegaron a las tierras del Norte sostenidos por una sólida fe, ciega e inconmovible. Son conocidos como Los Padres Peregrinos quienes vivieron bajo el imperio de una gran rigidez moral. Esa convicción estaba fundada en el convencimiento de que ellos estaban elegidos por Dios y habían sido enviados a las tierras de América para construir una Nueva Jerusalén: la nueva ciudad celeste que sería el centro de la purificación de la tierra y la construcción de un mundo santo. Esta férrea convicción explica mucho de lo sucedido en los siglos siguientes.

Sobre la base de esa creencia los colonos se fueron convenciendo de que su destino era expandirse hacia el Oeste hasta alcanzar el Pacífico. Se fue construyendo paralelamente una ideología justificatoria con graves consecuencias históricas. Entrado el siglo XIX se formuló la Doctrina del Destino manifiesto, que expresaba los fundamentos ideológicos de la misión que los Estados Unidos de América se habían asignado: la expansión desde las costas del Atlántico hasta las del Pacífico. Esta doctrina justificaba la conquista territorial definiendo la expansión: no sólo por buena sino también que estaba destinada por «un Designio Divino que obra sobre los hombres y los sucesos», y era manifiesta, descubierta, clara y patente; se sintetizó en la Doctrina Monroe (1823): «América para los americanos».

El historiador estadounidense Frederick Merk (1887-1977), profesor de la Universidad de Harvard, confirmó en sus investigaciones que el concepto Destino manifiesto había nacido de la tradición puritana:

Un sentido de la misión de redimir al Viejo Mundo con un alto ejemplo que desarrolla las potencialidades de una nueva tierra para la construcción de un nuevo cielo.

El origen del concepto Destino Manifiesto, que señala el profesor, se encuentra sustentado en la tesis de un ministro puritano de nombre John Cotton (1585-1652), quien escribió en 1630:

Ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas, a menos que los nativos obraran injustamente con ella. En este caso tendrán derecho a entablar, legalmente, una guerra con ellos así como a someterlos.

Basado en las palabras del Reverendo Cotton el periodista estadounidense John L. O’Sullivan (1813-1895) intervino en el debate sobre la apropiación territorial del oeste afirmando que es necesaria en cumplimiento del Destino manifiesto. Fue publicado en la revista Democratic Review de Nueva York, en julio de 1845, en el cual sostenía:

Todo el continente nos ha sido asignado por la Divina Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino. No es una opción para los norteamericanos, sino un destino al que éstos no pueden renunciar porque estarían rechazando la voluntad de Dios. Los norteamericanos tienen una misión que cumplir: extender la libertad y la democracia, y ayudar a las razas inferioresLa nación americana ha recibido de la Providencia divina el destino manifiesto de apoderarse de todo el continente americano a fin de iniciar y desarrollar la libertad y la democracia. Luego, debe llevar la luz del progreso al resto del mundo y garantizar su liderazgo, dado que es la única nación libre en la Tierra.

En cumplimiento de ese designio desarrollan la Conquista del Oeste. Desde 1823, se amparan en la Doctrina Monroe, por medio de la cual «ningún territorio del continente americano podía ser ocupado por potencias europeas», aunque en la práctica no se aplicaba a las colonias francesas, inglesas, holandesas o danesas existentes.

La democracia tendrá, como se desprende de lo dicho, un marco conceptual religioso que les impone el cumplimiento del mandato divino. Como se puede ver es una democracia que se fundamenta en un mandato divino, superior a la voluntad de los hombres: una especie de teo-demo-cracia, si se me permite la expresión.

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