El mito del mercado libre V

Lo que estoy proponiendo es un ejercicio que intente modificar las preguntas que han dado lugar a las respuestas ya conocidas. Ellas son las que conforman un núcleo de ideas que aparecen repetidas en los grandes medios de información, en las cátedras de diversas universidades. Por lo tanto, se han establecido como un saber compartido por muchos, un saber no cuestionable ya que le fueron otorgados los laureles de la ciencia. Esta puede ser una verdad aceptable para quienes han sido educados en el respeto al orden establecido, aunque éste demuestre en los hechos que produce cada vez más pobreza y concentra la riqueza en cada vez menos manos. En los países del norte esto se expresa como el 99% de perjudicados y el 1% de los beneficiados. Sin embargo, el peso de las verdades que se expresan a través de ese sentido común ha mostrado poseer una fuerza casi invencible. Esos ojos no ven más que lo que se dice que pasa. Ello nos remite a la importancia de saber formular nuevas y propias preguntas.

Volvamos ahora a las reflexiones del Doctor Boaventura de Sousa Santos, dado que nos hemos topado con algo que también ha sido convertido en una verdad de sentido común: «los grandes cambios estructurales –revolucionarios en el sentido etimológico del concepto− ya no son posibles». Él nos había propuesto pensar si las dificultades no son nada más que el resultado de la falta de convicciones serias y firmes respecto de resolver las penurias de tantos. Tal vez se pueda pensar qué es lo que sostiene esas otras convicciones. Yo propongo, para este análisis, dejar de lado los discursos de los políticos profesionales – en el peor sentido del concepto: ese tipo de políticos que se manejan sólo con las reglas del marketing − porque en ellos no vamos a encontrar convicciones. Todo lo que se dice está condicionado por las encuestas de las consultoras de opinión. Esa clase de políticos dice lo que le dicen los expertos que deben decir. Afirma el profesor:

La falta de convicción es la manifestación superficial de un malestar difuso y profundo. Surge la sospecha de que lo que se difunde como verdadero, evidente y sin alternativa, de facto, en realidad no lo es. Dada la intensidad de la difusión de esas ideas, se torna casi imposible para el ciudadano común confirmar esa sospecha y, ante la ausencia de confirmación, los mejores quedan paralizados en la duda honesta. La fuerza de esta duda se manifiesta como la aparente falta de convicción. Para confirmar una sospecha de peso el ciudadano común debe recurrir a conocimientos a los que no tiene acceso y que no ve divulgados en la opinión pública, porque también ésta ha caído en las redes de la mentira. Es decir, es víctima de la manipulación que está al servicio de los peores.

El profesor nos propone analizar algunas de esas verdades que se presentan como irrebatibles que, sin embargo, logran ese estatus social por la repetición machacona que padece el ciudadano de a pie. Algunas de las convicciones que se fueron convirtiendo en sentido común son ilusorias y absurdas, pero con mucha fuerza de penetración que nos obliga a nuevas luchas contra ese modo del sentido común:

La desigualdad social es el precio necesario de la autonomía individual. Por lo contrario, para niveles altos de desigualdad social, la autonomía no es de fácil obtención; los beneficiados por esa desigualdad ven facilitada su capacidad de alterar las reglas del juego para controlar y dificultar las opciones de vida de los que están en los escalones más bajos. Sólo es autónomo quien tiene condiciones para serlo, y ello está estrechamente relacionado con su capacidad de ingresos: dinero y poder aparecen hermanados.

El Estado es por naturaleza un mal administrador. Muchos Estados europeos de los últimos cincuenta años prueban lo contrario. El Estado es considerado mal administrador cuando pretende defender una distribución de riqueza más equitativa y protege a sectores, medios y bajos, de la vida social de la pretensión del lucro del capital.
Las privatizaciones permiten eficiencia que se traduce en ventajas para los consumidores. Las privatizaciones de los servicios públicos casi siempre se han traducido en aumentos de tarifas. Por tal razón se traducen en una mayor exclusión social de los ciudadanos que no pueden pagar esos servicios.
La liberación del comercio permite crear riqueza, aumentar el empleo y beneficiar a los consumidores. Tal como muestra la experiencia, la liberación del comercio concentra la riqueza en manos de una pequeñísima minoría y los trabajadores pierden empleo y los derechos sociales.
La política de austeridad buscar remediar la economía, disminuir la deuda y llevar al país a crecer. Los países sometidos a un ajuste estructural terminaron en profundas crisis. La producción de bienes fue a parar a las manos de los bancos y han creado una miseria en aumento.

Estas son algunas de las tantas verdades inobjetables que encierran mentiras graves y ocultan los intereses de los que se benefician. Lo más grave es que esas verdades se enseñan como contenidos del saber científico en la mayoría de las facultades de economía y ciencias políticas: sus alumnos las repetirán como dogmas inconmovibles.

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